Y una mierda me quisiste_capítulos

Y una mierda me quisiste-Mayte Aranda

Y una mierda me quisiste

Cuando el amor se quedó dormido


1. DOCE DÍAS, SIETE HORAS, VEINTE MINUTOS

El enfado siempre ha sido cosa suya. Lo de gritar antes de preguntar, o arrugar el morro y mantenerlo apretado, aunque del mosqueo no queden más que un montón de cenizas apagadas, de las que uno ya ni siquiera recuerda a qué fuego pertenecieron. Aunque le hayas dicho: «Vale, la culpa es mía» o «¿Meto una pizza al horno y nos olvidamos?». Le corresponde por antigüedad y justicia divina, si es que acaso tal cosa existe. Y juraría que le viene de serie, si no fuese porque la vio sonreír el mismo día en que nació, acurrucada y arrugada como una de aquellas pasas que guardaba mamá en la estantería de los turrones abandonados de Navidad, para que nadie se los comiese jamás, o como la piel de la abuela Jesusa recién salida de su ineludible baño semanal. Que no sería una sonrisa, porque la criatura apenas contaba con un suspiro de vida. Pero se le estiraría algún músculo de la cara y a Sam le sirvió como tal. En la foto apenas se aprecia el gesto, porque al revelar el carrete el negativo se veló por algunas partes y la imagen se ve un poco borrosa. Sentado en una enorme silla de hospital, al menos comparada con él, un niño de dos años y once meses sujeta con cierto reparo y gesto prudente el cuerpecito de un bebé recién nacido entre sus brazos, y la sombra de algo parecido a su primera sonrisa dibujada en aquella desconocida y diminuta carita. De eso hace ya veintiséis años, dos meses y diecisiete días, aunque él lo recuerde con tanta claridad que le duele. Un dolor lento y acompasado como una herrumbrosa máquina de tortura que, pese a estar rota, no deja de funcionar con asombrosa precisión. Nadie lo sabe, pero guarda la foto en el bolsillo izquierdo de su pantalón, desde que hace unos días se escapase a casa de mamá para tomarla prestada del álbum familiar. Ahora la foto tiene un parche de pegamento seco detrás en forma de círculo, y algún resto del cartón de su antigua residencia. Tiene el tacto de las fotos viejas. Ese que recuerda a la pana en miniatura. Como si en vez de papel utilizasen alguna clase de tela, para estampar sobre su superficie la vida en blanco y negro de un tiempo pasado.

En todo el día no ha levantado la cabeza más que para mirar con desgana y cierto asco a la enfermera de turno. Apenas un segundo y ella sola vuelve a su sitio, como si aquella fuese la postura más lógica del ser humano. Si sigue así, no tardará en vomitar. Y vomitar cuando el estómago está vacío promete ser tan desagradable como la detestable presencia de cualquiera que entre por la puerta.

Mira en la pantalla del móvil la hora y tensa la mandíbula, un par de segundos antes de apagarlo, porque la buena de Rita no tardará en preguntar cómo está Mina y hoy tampoco va a tener muchas ganas de contestar. En tres, dos, uno… entrará mamá, apretando el llanto por dentro y sin mirarle, hasta después de besar su frente. Dirá: «Buenos días, mi niña. ¿Cómo has pasado la noche?», y se volverá hacia él con los brazos colgando a los lados, como una madre rendida ante la más ingrata de todas las impotencias. Hoy tampoco piensa comer y, si se le ocurre hablarle, la tendrán una vez más, como con la enfermera del otro día. ¿O fue la de ayer? Entre tanta mierda se le ha perdido el tiempo y ahora lo único que le importa de él es la aversión que le producen los momentos en que toca que vengan a verla. La falta que le hará a ella que la gente acaricie su cuerpo inerte, y lo poco que le gusta que lo hagan sin su permiso. ¿No la conocéis? Joder, dejarla en paz…

Con un poco más de ánimo, que sería cualquier cosa superior a la nada, levantaría las comisuras de los labios, para esbozar una de esas muecas de complicidad con uno mismo. Una de esas que se exhiben para nadie y que esconden un secreto por dentro. Porque si Mina pudiese hablarles, y eso Sam lo sabe de muy buena tinta, ninguno de ellos se atrevería a rozar dos veces su piel. Y de poder hacerlo, él mismo se encargaría de hacer el trabajo por ella. Pero a Sam la voz se le secó hace exactamente doce días, siete horas y veinte minutos, momento en que la policía les comunicó la gran noticia. A Mina la había arroyado un camión. Traumatismo craneoencefálico severo y pérdida excesiva de sangre, y bueno… toda esa bazofia de datos que no sirven para nada, porque ella ya no está. O sí… pero da lo mismo porque ni se mueve, ni se comunica ni tampoco sabe que existe. Solo duerme, indefinida y desesperadamente, hasta nadie sabe cuándo, o hasta siempre.

Las diez y cuarto y unos cuantos segundos. Laura abre la puerta con su cotidiana expresión de fingida esperanza, copiada de la última adquisición en libros de autoayuda, y entra en la habitación con la misma mentira en sus andares. Camina hacia la cama, mirándole, pero sin hablarle. Ni siquiera un «Buenos días» se le ocurrirá pronunciar o el silencio de su hijo tirará por tierra todo el trabajo que ha empleado en componer esa expresión de «Abrirá lo ojos, lo sé», que tanto esfuerzo le ha costado.

Samuel traga saliva y agacha un poco más la cabeza. Increíble pero posible. Un buen gesto que viene cargado de «Ni se te ocurra intentarlo».

Laura besa la frente de Mina.

—¿Cómo ha dormido hoy mi princesa?

Vaya por Dios. Hoy tenemos frase nueva. A lo mejor de la impresión se despierta y los manda a todos a tomar por culo. Que sería lo más normal viniendo de ella.

Laura se vuelve hacia él, con los brazos colgando hacia los lados, como una madre rendida ante la más ingrata de todas las impotencias. Aprieta el llanto hacia dentro y compone su cotidiana expresión de fingida esperanza, copiada de la última adquisición en libros de autoayuda. La fe mueve montañas, o las montañas de la fe… o manden ustedes su fe a las montañas. Lo mismo da. En todos dice que Mina despertará, porque todos están basados en historias reales de americanos, con nombres muy americanos, que daban a sus familiares por perdidos y lograron despertarles con la fuerza de su inquebrantable fe, «este maravilloso libro que tienen ustedes en sus manos, y la suerte de haberse encontrado con él… por los siglos de los siglos… Amén». Debe de llevar gastados como doscientos euros desde el accidente. Porque no se vaya usted a creer que los libros de autoayuda ayudan a nadie a dejar de gastar ingentes cantidades de dinero en papel relleno de las mismas tres o cuatro frases, pero vueltas del revés las veces que haga falta hasta completar doscientas páginas. Y el rollito debe tener su mérito, no vaya a pensar nadie lo contrario. Decir lo mismo una y otra vez, sin que lo parezca, y que la gente gaste en ello más dinero que en uno de Pérez-Reverte.

Laura camina en su dirección, se sienta a su lado y le observa, pero con disimulo y sin la fuerza que una buena madre coraje debería tener. No es culpa suya, pero su hijo la mira como si lo fuese. Como consuelo debería servirle el que mire igual a todo el mundo, si es que acaso les mira, que bastante raro es. Pero el verdadero consuelo está tan lejos de Laura que ni se ve, ni se siente, ni tampoco se le espera, aunque ella quiera agarrarse a sus libros de autoayuda con nombres de americanos muy americanos, lo mismo que si fuesen clavos ardientes, porque lo contrario sería enfrentarse a la realidad a palo seco y eso tiene pinta de doler demasiado. Mucho mejor hacerse la imbécil. Dónde va a parar.

Y Sam continúa con la cabeza gacha, los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas por no dejarlas caer. Y quisiera levantarla, aunque fuese para ver el bulto que los pies de Mina forman bajo la sábana que cubre su cuerpo. Pero es que si lo hace corre el riesgo de confundir a mamá y que crea que por fin ha llegado el momento de enfrentarse al duelo. Y a lo único que Sam quiere enfrentarse en estos momentos es a la inútil y agotadora tarea de respirar que su cuerpo insiste en obligarle a continuar haciendo, ignorando su ferviente deseo por dejarlo.

Y papá lleva un par de días sin venir porque hasta el tuétano le tiembla cuando la ve, ahí tumbada pero sin ver, ni oír, ni hablar ni tocar las narices de esa manera tan suya. Vendrá. Por supuesto que lo hará. Viene todos los días, desde la hora del almuerzo, y hasta que su corazón ya no puede soportarlo más. Pero en el bufete le necesitan, y los acontecimientos le han obligado a postergar demasiados asuntos por demasiado tiempo. Así es que se ha metido en el despacho y de allí no ha querido salir hasta ponerse al día de nuevo, porque el resto del mundo no tiene la culpa de su dolorosa desgracia. Y mientras tanto, ella duerme sin descanso, quietecita y completamente sola, allá donde quiera que esté.

Laura suspira, se rasca la oreja con la mano derecha y pone cara de dejar que pase el tiempo. Durante un instante se plantea acariciar la cabeza de Sam y acerca la mano, tímidamente, hasta casi rozar su nuca. Pero desiste y opta por mirar hacia el exterior, a través de la ventana, por si algún pájaro pasa por allí con un mensaje del universo para ella. Oye… nunca se sabe. Que cosas más raras se han visto por ahí, o al menos eso pone en uno de sus libros. Que mire siempre en todas direcciones, porque la magia puede aparecer en cualquier parte y en cualquier momento. Está a la vuelta de una esquina. Como no hay esquinas en el mundo… Y que tenga fe. Sobre todo, que tenga fe. Porque la fe todo lo puede y si aprovechásemos todo nuestro potencial, entre todos seríamos capaces de hacer que el mundo caminase al revés. De modo que Laura apunta hacia la cama, después de comprobar que ningún pájaro ha venido con mensaje para ella, y se dedica a mirar fijamente el cuerpo inconsciente de su hija para enviarle a través de su mirada los litros de energía que necesite cuando decida volver.

El tiempo transcurre pesado y frío, como un reptil desmesuradamente gordo que lánguidamente arrastra su vasto cuerpo por el resbaladizo suelo de un hospital. El silencio se viste con el habitual sonido del aparato que la tiene monitorizada, hasta que ella decida si quiere seguir o no. Será cuanto escucharán hasta que Sam resuelva moverse o su propio cuerpo lo haga por él.

La mañana está triste. De haber salido el sol tal vez… no. Qué tontería.

 

2. DOCE DÍAS, QUINCE HORAS, TRES MINUTOS

Maestra más de vocación que de profesión, Lola ejerció hasta el mismo día en que le llegó la hora de la gran despedida en el colegio Ramón Tomaso primero, adorando hasta el último de sus múltiples y en exceso variados quehaceres por encima de todos los demás, sobradamente y sin el menor síntoma de petulancia. Amaba la enseñanza mucho más que a sí misma y devoraba libros sin conocimiento ni mesura. Por eso le puso Mina. De Wilhelmina Harker, la dulce y valiente doncella que un día tuvo el valor de enfrentarse al mismísimo Conde Drácula, en la mejor novela jamás escrita.

A Lola se le adelantó el parto casi un mes y no le quedó otra que despertar a Laura a las siete de la mañana, empapada en aguas y con su hijo David enfermo de varicela. Teo estaba en una convención en Galicia y hasta bien entrada la mañana no dieron con él. Y el pequeño Sam, que a regañadientes tuvo que acompañar a mamá al hospital porque aún no era lo suficientemente mayor para quedarse en casa solo, o con la abuela Jesusa que casi era peor, fue el primer hombre que la sostuvo entre sus brazos. Porque en el parto la asistió una comadrona y cuando la enfermera se la trajo, tan pequeñita y envuelta de tal modo en una manta que a Samuel le recordó a uno de esos capullos de gusano que se guardan en cajas de zapatos con agujeros en la tapa, lo primero que a la buena mujer se le ocurrió fue preguntarle al niño si quería ser el primero en cogerla. Él dijo que sí, claro. ¿Qué va a decir un niño con dos años y once meses? Pues eso y pensar dos cosas: que aquel bicho tenía más arrugas que una de aquellas pasas que mamá guardaba en la estantería de los turrones abandonados de Navidad, y que el bebé no era suyo, sino de su amigo David, que llevaba nueve meses esperando para conocer a su nueva hermanita, y resulta que ahora no podía estar con ella, porque la varicela se pegaba y uno de aquellos granos en esa cara tan pequeña podría afearla un poco más de lo que ya era. Así es que en aquella foto debería haber salido David. Pero las cosas del destino y sus singulares planes prefirieron al pequeño Sam.

Y después, bueno, pues crecieron. Los mayores a lo suyo y los niños a estirar. Siempre juntos porque Laura y Lola no supieron, ni quisieron, vivir de otra manera. Tantos años siendo tan amigas que incluso planearon tener los mismos hijos y a la vez. Y con los primogénitos les salió bien. David y Samuel se llevaban un mes y dos días. Marta, la pequeña de Laura, quiso hacerse de rogar y demoró un año al alumbramiento de Mina. Pero apenas doce meses no impidieron que las pequeñas creciesen tan juntas como sus respectivos hermanos. Y con el tiempo construyeron entre todos un perfecto enjambre. Una comunidad unida por tantos años juntos, y una de esas conexiones que el porvenir y sus extravagantes motivos se encargaron de ensamblar. Así que allí no había amigos. Allí había dos familias que eran una sola. Lola y Teo, con David y Mina, y Laura y Manuel, con Sam y Marta.

Y luego estaba la abuela Jesusa, madre de Laura y residente en un mundo que era solo suyo desde que su amado Trinitario la dejase, cuatro meses después de la boda y recién embarazada, para marcharse al otro barrio con su macho Gaspar en accidente laboral. En Zargandillo, su pueblo natal, decían que aquel día Jesusa se fue para no volver jamás, aunque su cuerpo estuviese presente. Que cuando recibió la noticia algo le hizo clic por dentro, y a la mujer solo se le ocurrió meterse en su cuarto a tejer una bufanda multicolor para su amado. Que tardó cuatro días en terminarla, con sus soles y sus lunas, y que durante ese tiempo no comió, ni bebió ni se movió del sitio más que un par de veces para ir a buscar lana.

Y como en aquellos tiempos lo de ponerse en manos de profesionales significaba mudarse a uno de esos cómodos manicomios en donde a la gente le echaban de comer como a los burros en un pesebre, la depresión de Jesusa no pudo sino quedarse allí para siempre, enquistada en algún lugar de su conciencia. Después, el lento transcurrir de los años que vinieron le trajeron colores nuevos con los que poder vestir su particular reino. Por este motivo Jesusa vivía convencida de que todos ellos eran de su propia cosecha. Y Lola era tan hija como Laura, y Jesusa tan madre como aquella que Lola nunca tuvo, porque ella nació siendo expósita. Y sus hijos eran tan nietos como Sam y Marta, porque la abuela nunca supo diferenciar entre su realidad y lo escrito en los libros de familia.

Vivían casa con casa y pasaban la vida juntos. Y la vida pasó como pasa la vida, y sin quererlo, o queriendo pero sin haberlo planeado, o planeándolo pero sin haberlo esperado, el plácido devenir de la historia les unió tanto como lo hubiese hecho el más firme de los lazos de sangre. Y entre tanto los niños crecieron como hermanos, y compartieron historias y peleas, llantos, mocos y bacterias, y lo cotidiano pasó a formar parte de todos bajo el amparo de la agradable rutina del transcurrir de las cosas.

Pero Mina nunca quiso a Sam como a un hermano. Porque lo primero que aprendió, puede que incluso antes que andar, fue a mirarle como si aquel muchacho no perteneciese a este mundo. Y desde bien pequeñita su mirada dejaba de ser la misma cuando era Sam el objeto a mirar. Se sonrojaba y a veces le entraba la risa tonta cuando hablaba, aunque el niño hubiese dicho: «Quiero la leche, mamá». Y su preciosa carita exhalaba corazones de empalagosos colores por donde pasaba, mientras todo el mundo vivía su vida, como mandaba el reglamento y sin darse cuenta de nada.

Y el día de la comunión de los chicos Mina ya le amaba tanto que montó un pitote apocalíptico, porque por sus santas narices tenía que sentarse en la mesa de los homenajeados. Y como los homenajeados no querían ni oír hablar de las mocosas, les regaló a todos un día entero de delirante llanto a moco tendido. Y tanto lloró que terminó vomitando de rabia, bajo la asustada y compungida mirada de la pequeña Marta. A partir de entonces, Mina se convirtió en la peor de sus pesadillas. Les seguía a todas partes y no había juego en el que no exigiese participar, aunque para ello tuviese que convertirse en pelota de fútbol o en mascota del Mundial. De día y de noche arrastraba a la pobre Marta que, portando siempre sus muñecas por si en algún momento le daba un mal aire y se le ocurría jugar con ella, la seguía allí donde fuese como una fan incondicional de aquel perseverante acoso. Los muchachos no sabían dónde esconderse y la cosa terminó con dos costillas rotas, tres esguinces y una mandíbula desencajada antes de los siete.

Y un día cumplió los doce y le crecieron los pechos, y las caderas, y su bonita melena del color de la mermelada de miel de abejas. Mina lo supo cuando se miró al espejo. Y el espejo lo supo porque la vio sonreír con cara de «A esto no podrá resistirse». Y entonces soñó que Sam la miraría y aprendería a quererla de aquella manera tan tonta e insensata. Que la besaría irresistible e irrefrenablemente hasta el amanecer, sentados en el porche de mamá Laura, con la luna llena de fondo y el sonido misterioso de una inesperada trompeta, irrumpiendo en el silencio de la noche, y transformando el momento en un fragmento de alguna peli romántica de buena calidad. Y Sam trataría de meterle mano, en la teta o en el culo. El culo mejor, porque así de paso la abrazaría y ella se lo impediría, agarrando su mano para devolverla a su cintura, medio indignada porque era lo que mandaba el protocolo de pelar la pava. Y allí que apretase todo lo que quisiera, que Mina no diría ni mu porque bastante perdida estaría ya, sumergida en el dulce vaivén de su lengua, entre el suave sonido de una misteriosa trompeta y el estruendo ensordecedor de los latidos de su propio corazón, bajo la indiscreta mirada de la luna llena de fondo.

Podría haber sucedido. Quién sabe. El camino tenía pinta de acabar algún día en el valle de sus sueños, porque Mina se transformó en una mujercita preciosa para cualquier chaval que tuviese ojos en la cara. Y Sam los tenía, aunque intentase disimular cada vez que la muchacha le acariciaba con sus encantos. Cuando se paseaba con sus vestidos nuevos delante de él, en la plaza o en el jardín de casa de mamá Laura, o cuando lo miraba un poco más de cuenta, mientras comían. Mina desplegaba sus bonitas pestañas y alzaba sutilmente la comisura derecha de sus labios para que Sam creyese que lo había soñado. Y Sam intentaba no mirarla porque Mina era su hermana, aunque no lo fuese, y a veces se le caía la cuchara de forma inesperada o tiraba su vaso sin querer, al querer cogerlo para humedecer los nervios que secaban su boca.

Si las cosas hubiesen sido distintas…

Pero no lo fueron. Porque las cosas son como son, por lo que sea y punto. Discutir no sirve de nada, como tampoco sirve tratar de cambiarlo o intentar recordarlo de otra manera, o pasarse la vida buscando un culpable, o ese segundo que nunca debió existir, o estirarse de los pelos pensando en lo que pudo haber sido, de no haber sido o de haber sido de otra manera. Es mejor dejar las cosas como están, básicamente porque las cosas nunca van a retroceder para suceder de otro modo. La llaga que supura sangre, dolor y llanto de la herida solo se empieza a cerrar el día en que uno está dispuesto a aceptar lo sucedido como algo que pasa sin más. No hay otro camino ni solución alternativa para los grandes males. Y los grandes males siempre suceden en un segundo. No necesitan más. Un segundo para toda una vida de dolor. Así de simple.

 

Sucedió durante el verano del dos mil tres. Un accidente que, según los peritos, fue culpa de Teo. Iban de camino al camping de la Costa Azul y su coche se saltó la mediana, tal vez porque discutían, probablemente porque a Lola se le olvidó coger las raquetas de tenis. Esa misma mañana las habían estado buscando por todas partes y no aparecieron en ninguna de las casas. Y cuando se montaron, ellos ya iban discutiendo, porque habían sido un regalo de Teo, expresamente para aquellas vacaciones, y Lola no había puesto cuidado en guardarlas bien. Morir por unas raquetas. Cuántas veces tuvo Laura que pensar en ello, durante los años que vinieron, y cuántas veces se desesperó, en innumerables intentos fallidos por exiliar aquel amargo recuerdo de su memoria. El coche dio infinitas vueltas de campana y fue a parar a un campo de naranjos la mar de bonitos, que muy amablemente tuvieron el detalle de dar por concluido el centrifugado. Cuando Manuel logró detener el suyo en el arcén y cruzar los muchos carriles que les separaban, allí solo se la reconocía a ella. El resto había pasado a ser parte integrante de la carrocería. Y con doce años, cuatro meses y diecisiete días, Mina se quedó sola en el mundo.

Se fue a vivir con ellos, por supuesto y por descontado. Manuel se encargó de todo desde su bufete de abogados y la familia creció en uno más, y menguó en tres, en un abrir y cerrar de ojos. Y solo fue necesario quererla un poco más que antes para que Mina se convirtiese en una hija de verdad para Laura, Manuel y la abuela Jesusa, y en lo que siempre había sido para Marta y Sam: su hermana.

 

 

Las tres y cuarto y la enfermera sin venir. Sam vuelve a mirar el reloj, pero esta vez lo hace en el de pulsera, porque el móvil lo tiene apagado y guardado en el bolsillo izquierdo de su pantalón, acumulando mensajes compasivos de su lista de contactos al completo. Se levanta de la silla y se dirige al baño. No tiene ganas de mear, pero necesita estirar las piernas, y como no le apetece salir de allí, decide que tres pasos son mejor que nada. Cierra la puerta y apoya las manos a ambos lados del lavabo. Agacha la cabeza porque lo último que quiere ver es el reflejo de su cara sin vida. Sin color en sus mejillas y sin el brillo que hasta hace tan poco adornaba sus pupilas. Ya no queda nada. Ni rastro de su perenne sonrisa de chico malo a punto de hacer alguna gorda de esas de libro. Ahí sólo quedan ojeras y huesos que empujan la piel hacia afuera como si quisieran abandonar la tierra yerma que les vio nacer. Sam lo entiende. Él tampoco quiere estar con él.

Abre el grifo sin ganas y coloca las manos debajo del chorro, con las muñecas hacia arriba. El agua fría le alivia la piel y durante apenas un par de segundos, las ganas de vomitar parecen remitir un poco. Volverán cuando cierre el grifo, pero de nuevo aquello es mejor que nada.

Lo cierra y vuelve a apoyar las manos a los lados del lavabo, mojadas y chorreando gotas de agua que se estrellan contra el suelo gris de su minúscula estancia, formando sendos charquitos en los flancos. Sam se inclina sobre la pila y ata su nuca con los dedos, sintiendo la calidez que el frío le proporciona en el cogote. Después los desliza por la cabeza desde detrás, arrastrándolos pesadamente hasta terminar cubriendo su cara.

Todo sigue igual. Igual que ayer y que hace doce días, quince horas y a saber cuántos minutos. Puede que en algún momento se haya dejado ver el sol. Pero eso él ni lo sabe ni tampoco le importa.

Laura no está. Ha bajado a la cafetería y subirá con un bocadillo, que él ni siquiera mirará porque lo único que atraviesa su garganta —desde que el puto camión cambió de carril sin mirar— es un nauseabundo sabor a tristeza, y algún que otro zumo de los espesos, eso sí, de vez en cuando. Y a veces piensa en comer, sobre todo cuando Laura aparece con algo comestible y su cara de madre preocupada, para retorcerle un poco más las entrañas, como si lo hiciese a propósito pero sin querer. Pero la sola idea de imaginarse masticando cualquier clase de alimento sólido, le produce arcadas, precisamente debido al despechado vacío de sus olvidadas tripas. Es lo que tiene llevar el cuerpo al extremo. Que lo mismo te entra frío en partes que deberían estar calientes, como que se te comen las ganas de vomitar, sin haber comido nada. Son los mensajes de la máquina. Ella los manda y la gente los ignora, porque cuando uno está mal a un nivel experto, una imperiosa necesidad de frenética autodestrucción se impone de manera tajante. Necesitamos sentirnos mal para no sentirnos tan mal. Es la paradoja de las paradojas.

Las tres y dieciséis del duodécimo día y todavía no se ha atrevido a acercarse al cuerpo inmóvil de Mina. Y quiere hacerlo, pero es que siempre le cuesta mucho. Porque mirarla le duele tanto que las vísceras se le arrugan por dentro, de manera literal. Y el estómago le quema y la garganta se le cierra más todavía. Y siente frío en las manos y tanta rabia que a veces, durante una fracción de segundo tan corta que apenas tiene tiempo de pararse a pensar en ello, quisiera poder matarla para que todo acabase de una maldita vez. Que te quedes o te vayas, niña… pero decídete ya, joder. No te atrevas a tenernos a todos así, sumergidos en esta mierda de insoportable tristeza hasta que a ti te dé la gana. No te atrevas a causar tanto dolor ni te creas con derecho a destrozar tantas vidas. No te adueñes del aire que respiran los demás ni te pienses propietaria de nadie, como para detener su aliento de semejante manera. Así. En seco y para siempre. No me jodas, Mina. No me jodas.

Abandona el lavabo, sin mear y sin haberse atrevido a enfrentarse con su propia mirada, y camina de vuelta al sofá cuando un impulso le obliga a detenerse junto a su cama. Permanece quieto frente a Mina sin saber si quiere acercarse, o si es mejor volver a sentarse de nuevo, y agachar la cabeza y mirar al único sitio a donde quiere mirar. El suelo. Respira profundo y siente el aire penetrar en sus pulmones, caliente y espeso como toca en una habitación de hospital. Se frota los ojos con los dedos y deja caer la mano, ligeramente temblorosa hacia un lado.

Y la mira. Ahí viene el dolor. Se le corta la respiración y entonces piensa que como ya le duele, mejor se acerca para tocar su piel, por amortizar el daño más que nada. Mina duerme tan pálida y quieta que dan ganas de zarandearla. Pero si estás aquí… si respiras… si te he visto mover los dedos… Y cierra los ojos lentamente, aprieta los dientes con fuerza y traga una enorme bola de impotencia que una y otra vez se le forma en la garganta, impidiéndole articular palabra alguna cada vez que trata de acercarse.

La gente viene y habla con ella, porque resulta que han leído en un chorro de libros y artículos relacionados, que es posible, que a lo mejor, que tal vez un paciente en coma profundo pueda escuchar e incluso identificar las voces de sus seres queridos. Sam no ha sido capaz de hablarle todavía. Pero lo tiene en mente y un día de estos se armará de valor y le contará lo del loro de la vecina. Aquel que le dejaron a Laura para que cuidase de él mientras se pegaban un viaje a Benidorm con el Imserso, y cuando regresaron el animal había aprendido a decir «Qué buena estás, Carolina» en honor a la nieta de los paisanos limítrofes. Que eso ella ya lo sabe porque lo han contado mil trillones de veces en la mesa. Pero la historia del loro es un clásico y como todo buen clásico que se precie, ni se gasta ni se pasa de moda. Aquel día les castigaron bien, muy en contra de los deseos de Jesusa que, de tanta gracia que le hizo, les quiso dar cien pesetas a cada uno porque la abuela nunca asimiló el cambio de moneda, y en su monedero negro con cierre metálico y forma de media luna siempre guardó un billete de cien pesetas para cada uno de sus nietos. Y de allí salían y volvían a entrar, en bucle y sin que ella se diese cuenta. Y como no la dejaron, a ella se le olvidó, porque casi todo lo que pasaba por su cabeza se marchaba de allí sin dejar huella. Pero la abuela pronto encontraría un nuevo motivo para poder darles a los chicos sus cien pesetas, pues para eso se habían inventado las abuelas.

Y los chicos castigados castigadísimos en la salita sin tele, ni posibilidad de salir en todo el fin de semana. Pero con dieciséis años, y a dos meses, una semana y dos días de morir en un accidente de tráfico, a David no se le ocurrió otra cosa que saltar por la ventana, con la sombra de Sam pegada a la espalda y sin separarse jamás.

Aquella fue la tarde que hablaron…

 

3. DOCE DÍAS, QUINCE HORAS, OCHO MINUTOS

Había tantas posibilidades de ser descubiertos como estrellas adornando el firmamento en una noche sin luna. Pero meter a dos chavales en un cuarto, sin televisión, con quince años y una ventana abierta a un metro y medio de la acera más cercana, era como llamarles desde el otro lado con cantos de sirena. Que si la idea se les pasó por la cabeza a las seis y once, a y doce ya corrían calle arriba, directos a la plaza, bajo la cándida y voraz filosofía de la tan adorada como fatídica adolescencia: «Que me quiten lo bailao».

Y en la plaza estaban todos, sentados en el banco así como hacen los de quince años. Prohibido hacerlo al estilo viejo. Nada de apoyar el culo en la parte del banco destinada para los culos. Ahí van los pies y eso lo sabe todo buen zagal que se precie y algunas chicas guais. Pero a Mina le daba igual porque ella, con casi trece años y la firme convicción de saberse la más bonita de todas, apoyaba sus preciosas posaderas exactamente en el lugar que le daba la santísima gana. Y allí estaba. Sentada con sus amigas en el banco de enfrente, absorbiendo con gusto y el derecho que le correspondía por haber nacido divina, todas y cada una de aquellas furtivas miradas que con tan poca gracia lograban disimular los pobres patanes.

Otras veces habían hablado de ella en el círculo. Y en una de aquellas a punto estuvo la sangre de llegar al río, cuando uno de los muchachos se atrevió con un «Menudo cuerpo tiene, le metía de todo menos miedo». Pero Sam era un poco más pacífico que David, y logró esquivar el tiro sin que su hermano se percatase, disimulando y fingiendo que no era de Mina de quien hablaban. Y luego él mismo se ocupó de avisar al autor del desafortunado comentario que la próxima vez no le ataría en corto. Y en cierto modo, no dejaba de ser normal hablar de la chica guapa del barrio, cuanto más si ella lo sabía y además lo buscaba con tanto garbo y ahínco. Mina les sonreía de vez en cuando, con esa cara de pequeña diablesa que todo lo sabe pero le importa un mísero comino. Y como además le vio venir a lo lejos, la chiquilla ensanchó un poquito más aquella pícara sonrisa que tan bien le quedaba y se montó la de San Quintín. Porque Sam y David conocían el efecto que causaba en ellos, pero el respeto entre amigos caminaba por delante y allí todo el mundo solía enmudecer cuando los hermanos estaban presentes. Pero es que no les vieron venir. Y cuando llegaron por detrás y escucharon la retahíla de guarradas que allí se estaban cociendo, la que se armó fue de juzgado de guardia. Igualito que en los dibujos animados. Una pierna por aquí, un brazo por allá, un remolino de cuerpos limpiando concienzudamente el poco agraciado suelo de la plaza, y las chicas gritando desde el otro lado, sin saber por dónde vino la guerra. Terminaron cuando alguien corrió con la noticia al bar más cercano y de allí salieron unos hombres a separarlos.

Después todos se sentaron en sus bancos de siempre, a evaluar los daños. Algunas niñas lloraron, y Marta y Mina corrieron a comprobar que sus hermanos seguían vivos, o al menos que no morirían en breve.

Y para rematar la jugada, volvieron a entrar otra vez por la ventana de casa y se quedaron allí, sin atreverse a salir, porque cuando Laura y Lola les descubriesen, lo de la plaza se iba a quedar en un chiste, pero de esos que son tan malos que ni aunque los cuente un gaditano. Y allí estaban los dos. Sentados en el sofá de piel marrón, callados y completamente desvencijados. David sangraba por la nariz y por la oreja izquierda, porque a Sam se le había ido un gancho de derechas, un poco más a la derecha de lo que debía, y le había soltado un pescozón a quien no tocaba. Y Sam llevaba un ojo hinchado, la ceja partida y escupía sangre sobre un pañuelo de papel, por haberse mordido su propia lengua tras tropezar con el enemigo y caer al suelo de bruces. Los pelos revueltos como dos pollos recién salidos de la lavadora, y con tanta mierda en todo lo alto que hubiese hecho falta un domingo entero de limpieza general para solucionarlo. Y entonces Sam se secó la sangre de la comisura de los labios y arrugó el pañuelo entre sus manos. Se rascó con cuidado la cabeza, temeroso de encontrar una nueva herida para su colección entre toda aquella porquería, y abrió la boca con la intención de preguntarle qué harían al respecto, cuando David le interrumpió, antes de que pudiese hablar.

—Tío… —le dijo sin atreverse a mirarle a la cara.

—Qué… —respondió Sam, mirándole con su ojo bueno y dos o tres pinochas adornando su pelo a modo de peineta.

—Dime que tú no.

—Que yo no, ¿qué?…

—Que tú no la miras así.

El muchacho se quedó mudo, porque sabía perfectamente a qué se refería, y sí… pues claro que la miraba así. Pero Sam siempre tuvo claro que antes se secarían los mares. Que antes se apagaría el fuego fatuo del infierno y arderían las puertas del cielo. Que jamás dejaría que se le pasara por la cabeza. Y que cuando alguna vez se le había pasado, en uno de sus momentos de toqueteos individuales e intransferibles, bien poco había tardado en apretar los ojos y cambiarla por la sensual Pamela Anderson.

Sin embargo, David no aguardó respuesta, tal vez por si al imbécil se le ocurría ponerse en plan sincero con él y le estampaba la verdad en toda la cara. Que Mina estaba más buena que un bombón de praliné, y que imaginarse besando aquellos labios de caramelo era, no solo inevitable, sino insultantemente tentador. De modo que optó por adelantarse, y veloz como una flecha del lejano oeste tendió su mano al más puro estilo de cerrar tratos. Le miró muy fijamente como lo hacen los mafiosos en las películas, y aguardó un par de segundos para darle sobriedad al tema y toda la importancia que merecía.

—Nosotros solo seremos hermanos —dijo con la solemnidad de quien jura fidelidad a su bandera—. Ni yo con Marta, ni tú con Mina. Por muy buenas que estén, ni aunque estemos borrachos ni aunque nos lo pidan. Prométemelo tío. Prométeme que tú no. Nunca.

Y entonces se miraron, con aquellas pintas de delincuentes recién rescatados de las mismísimas entrañas del vertedero municipal, y chocaron las manos en el aire con un golpe seco y contundente, produciendo un sonido que ni los años ni los tantos sonidos que vinieron después, lograron arrancar jamás su recuerdo de la memoria de Sam.

Fue la última de sus promesas.

 

 

Las tres y veinte. La enfermera sin venir, Laura sin aparecer con el bocadillo que se comerá cualquiera menos él, y él ahí, plantado delante de ella como un perfecto pasmarote, sin atreverse a tocarla. Aprieta fuerte la mandíbula y se siente un inútil. Pero entre tanto amargo sentimiento, aquello pasa desapercibido. Levanta la mano y la acerca a la suya con un temblor casi espasmódico. Si Mina le viese así, frente a su dormido cuerpo, con aquellas ojeras de campeonato, alimentándose a base de zumos y sin apenas pronunciar palabra desde el accidente… Es imposible que les escuche. De hacerlo ya le habría amenazado de muerte, en al menos dos docenas de ocasiones, a lo Escarlata O´Hara en Lo que el viento se llevó, pero con algún taco de esos que vienen con sustancia.

Cierra los ojos y respira muy despacio, como si temiese sentir un agudo dolor al hacerlo. Como si lo barruntase. Muy despacio porque tiene ganas de llorar un poco, y aunque sabe que hacerlo tal vez le aliviaría en algo esta puerca pena que tanto le pesa, la posible presencia en breve de cualquiera que al verle intentase consolarle, le da fuerzas para tragarse el nudo hasta donde haga falta. El consuelo de nadie es lo último que le apetece. Ni lo quiere, ni lo necesita ni tampoco le serviría de nada.

Y consigue tocar su mano, pero como la suya le tiembla tanto, la retira enseguida por si acaso sin querer le hace daño. Apenas ha podido sentirla. Y piensa que ya que ha podido una vez, tiene que ser capaz de volver a hacerlo. Y entonces cierra los ojos, respira de nuevo lentamente por la nariz y se frota las manos con fuerza para mitigar el temblor. Se concentra al máximo, asiente con la cabeza y se dispone a tocarla. Y allá va… directo y decidido hacia su piel, cuando la puerta se abre y entran dos enfermeras, con esa sonrisa propia de quienes no conocen el verdadero y más puro dolor. El de no saber si ese ser que tanto quieres está o no. O si está, dónde está. O cuánto tiempo estará… o si se quedará así para siempre o se marchará para nunca volver. Su sonrisa es ajena a la mayor y más cruel de todas las verdades: que la incertidumbre es la peor carga que puede soportar el ser humano.

Sam se retira entonces de repente, como si aquellas mujeres le hubiesen pillado haciendo algo malo, sin haber conseguido sentir el calor de su piel entre los dedos. Le hubiese gustado tomarle el pulso. Por sentirla viva… y esas cosas. Pero agacha la cabeza en silencio, se aparta y hace como si no existiera. Las enfermeras saben quién es y cierran el pico cuando comprueban que no hay nadie más en la habitación. Saludarle es como predicar en el desierto. Cualquiera que haya entrado en aquella estancia desde que la joven habita en ella lo sabe.

Camina hacia su asiento, pero una de ellas le interrumpe.

—Es la hora del aseo. Si no te importa…

Sam se incorpora en el aire, justo antes de sentarse, y se dirige a la salida sin decir una palabra.

A medio camino se detiene un instante. Las mujeres no se percatan, porque dan por sentado que el joven no piensa dirigirse a ellas y porque están inmersas en su labor de preparar el baño de Mina. Son todas muy eficaces, limpiando cuerpos vacíos como quien limpia coches en un lavadero. Y así debe ser. Si esta gente empatizase con todos esos muebles medio muertos que se hacinan ordenadamente como latas de conservas en la estantería del supermercado, las bajas por depresión habría que imprimirlas en una máquina expendedora. Solo en esa planta debería haber al menos un par de ellas.

Pero a Sam le gustaría saber si en algún momento las eficaces enfermeras han notado algo en ella, mientras limpian su piel. Algún cambio en su gesto, o algún movimiento que les haya llamado la atención, por lo que sea. Yo qué sé. Un espasmo demasiado brusco, o algo que se le parezca un poco a una sonrisa, un suspiro, o incluso alguna palabra de esas que se escapan a hurtadillas de los sueños, por debajo de la puerta. Y por querer, quisiera saber más cosas. Por ejemplo, qué piensan ellas de su estado. Pero su opinión personal, sin remitirse al diagnóstico oficial del parte médico. Cuántos casos conocen como el de Mina, y cómo creen que acabará la cosa, basándose en su experiencia. Las estadísticas ya las conocen, porque el mismo día del accidente les pusieron al tanto de todo.

Es genial. No hay estadísticas. Bueno, sí que las hay, pero ningún pronóstico es fiable al cien por cien. Por ejemplo, la recuperación total de un paciente que tarde semanas en despertar suele ser de años. El resultado dependerá de la causa, localización, severidad y extensión del daño neurológico. Pero donde la mayoría guardará secuelas para siempre, otros se recuperarán sin más. Y todo se reducirá a un pequeño montón de interrogantes de los cuales algunos tal vez obtendrán respuesta y otros puede que no. ¿Cuánto tiempo durará?, ¿serán días, semanas, meses o años?; si despierta, ¿en qué estado lo hará? Los enfermos pueden perder la capacidad de hablar, temporalmente o para siempre. Y lo mismo ocurre con la memoria. Si vuelve, tal vez nunca consiga recordar cuál es su nombre. El coma puede terminar llevando al sujeto a un estado vegetativo durante años, o incluso décadas. Otros sencillamente mueren sin más.

Pero todo eso ya lo sabe, porque él mismo fue quien acribilló a preguntas al doctor Pinto y a su acompañante, que también se presentó como doctor, pero no recuerda su nombre. Del primero se acuerda porque se apellida como un pobre chaval que iba con ellos al instituto, del que todos se burlaban porque tenía un problema de retención de gases. Y entonces no lo sabían, pero aquello fue un bullying de categoría cinco, en una escala del uno al cinco.

Sam permanece más de un minuto quieto a medio camino de la salida, rumiando si darse la vuelta y preguntar o largarse de allí en silencio a mirar la foto gastada del primer día en la vida de Mina. Las enfermeras siguen a lo suyo y no se percatan de su presencia porque ahora una de ellas está en el lado izquierdo de la cama, colocando las toallas sobre la mesilla auxiliar, y la otra rebusca algo entre los diversos potingues que guardan en el carro de los potingues. Y al final se da la vuelta. Pero por el trayecto le invade el mismo poderoso deseo de mantener la boca cerrada que, desde hace doce días, quince horas y ocho minutos, bombea a través de su corazón con cada latido, y entonces piensa que es mejor continuar como hasta ahora. Que la opinión de aquellas mujeres no servirá para despertar a la bella durmiente, y que si quiere información a dos calles hay una biblioteca. De manera que arruga el gesto y se marcha de allí.

Y al salir cierra la puerta y respira el aire del pasillo. Es un poco más fresco. Más como si allí no hubiese nadie durmiendo eternamente, o decidiendo si quiere vivir, o si muere para siempre.

No piensa ir a ningún sitio. Y podría, debería, bajar a la cafetería en busca de algo que pueda ingerirse, o a la máquina más cercana de líquidos laxantes. Cualquier cosa sería bien recibida en el socavón deshabitado de su estómago. Pero Sam sigue sin querer tragar alimentos, porque su pena le impuso una huelga general e indefinida. Y en la garganta plantó un piquete con forma de nudo marinero, y maroma de barco con olor a salitre seco y amargo fango, para que por allí no pase más que el aire justo que mantiene con vida sus principales funciones motoras. El resto no sirve para nada. Ni siquiera su cerebro. Su maldito cerebro, que a cada segundo le recuerda lo que hay.

Cruza el pasillo y se coloca enfrente de la puerta, con la espalda apoyada contra el cristal del inmenso ventanal que cubre la pared de arriba abajo, y levanta la rodilla para hacer lo mismo con el pie derecho. Está muy cansado. De vivir, de respirar, de recordar, de la huelga de general e indefinida que su pena le ha impuesto, del aire fresco del pasillo y de esta mierda de incertidumbre que acabará pudriendo su carne por dentro.

Respira profundo y cierra los ojos. Chasquearía la lengua si tuviese ganas. Saca la foto del bolsillo de su pantalón y la sujeta entre el dedo pulgar y el índice.

Y la mira… y respira de nuevo.


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