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Sin tetas no hay... que - Mayte Aranda Blog Pasa, que te cuento

Sin tetas no hay… qué

Sin tetas no hay... queTengo por costumbre echarme un rato en el sofá, entre el curro de la mañana y las muchas horas de pantalla y teclado de las tardes.

No suelo dormirme, salvo alguna cabezada de no más de veinte minutos durante la publi. Como no soy de comprar lo que anuncian, porque he tomado la firme determinación de mudarme al barrio de los cuarentañeros fofisanos licenciados en naturaleza avanzada, mi alimentación se compone básicamente de hierbas y leches naturales, que yo misma me fabrico «escuscando» almendras; porque en mi pueblo las almendras no se pelan, se «escuscan» . Elaboro hasta los cosméticos, jabones, champús, agua micelar y pasta de dientes. Soy rumiante. La Hierbas. Por lo tanto, como tú comprenderás, de poco me sirve tragarme lo de las melenas superguays de las megamodelos recién salidas de la pelu, o los jamones de pavo plastificado en su propio jugo. Así es que al primer anuncio, la menda cierra los ojos y le baja voz al aparato, o al revés.

Pues resulta que están echando Sin tetas no hay paraíso. Y como creo que fui la única española de mi generación que no tuvo el gusto de verla, la venerable providencia ha querido que la citada serie y yo coincidamos en ese breve espacio de tiempo que empleo para ver la tele durante todo el día, sospecho que para poder darme el gustazo de criticar dicho espacio televisivo, a todo lo que den mis dedos, y con tanta fogosidad como me salga de lo más hondo de mi desairado bajo vientre. Se lo debo a mi condición de mujer feminista. Por lo tanto, y con el permiso de quien haya cometido el fatal error de sentarse hoy a leerme, estiro los dedos y me pongo a ello.

Pues resulta que el protaRafael Duque, encarnado por el guapísimo Miguel Ángel Silvestre— es un tipo muy honrado que se gana la vida como puede. Y «como puede» viene siendo lo de la cosa del tráfico de drogas a gran escala. Nada de menudeo de ese de pasar de extranjis cuatro chinas a los macarrillas del barrio. Qué va, qué va. El tipo se lo curra por toneladas de cocaína, que buenamente comparte con otros tantos narcos colombianos de Los Chulis.

La serie empieza suave. En el primer capítulo, el chico manda a su hermano —que es uno tonto, pero que muy tonto— a matar a su novia, la verdad es que no sé muy bien por qué. Al poco decide darle matarile también al hermano porque teme que, como es tan tonto, se vaya de la lengua con los de antidrogas, y claro… el negocio es el negocio (yo lo comprendo). Y luego va y se lo confiesa a su madre, un día que la pobre mujer está llorando como una Magdalena; y El Duque se pone nervioso, porque tanto llanto mosquea, y con los nervios una cosa le lleva a la otra y tontín tonteando se le enciende una bombilla que tiene para cuando le vienen las idea. Y entonces se da cuenta de que la mujer siempre ha querido más al hermano tonto que a él. Aquí tengo que darle la razón, porque de verdad que el chaval era tonto y además mucho menos agraciado que él. Muy fuerte. Eso tiene que mosquear mucho, no me digas que no. De modo que agarra a mamá por detrás, así como si quisiera matarla a ella también (normal, el chaval está muy nervioso) y le espeta que el asesinato del tonto ha sido cosa suya. Luego se va y la serie continúa con lo suyo.

El Duque anda de puta en puta, como quien juega a la oca y tira porque le toca. Y como las putas son putas, pues al pobre prota no le queda otra que tratarlas un poco mal, debido a su condición de pilinguis. Las utiliza para amenizar las fiestas de sus colegas del gremio, les paga y después vuelve a tratarlas como putas. Esto también lo entiendo, porque lo de la prostitución está feo, pero lo de traficar con toneladas de cocaína es muy distinto. De todos es sabido.

Y luego está Catalina, que es una chica muy mona con unos ojos como los de Candy Candy, que vosotros no os acordaréis, pero era una niña que tenía dos luceros como dos ruedas de Airbus, que temblaban y brillaban tanto que cuando querías darte cuenta ya habías cogido una depresión, y de allí ya no salías hasta bien entrados los treinta. Que te pone cara de pena y le das hasta la última gota de tu sangre. Por esta, El Duque bebe los vientos. Es modosita, más bien tímida y no puta. Ella se reserva para él, y solo para él. La pobre modosita tiene complejo de poco pecho (deduzco que de ahí lo del título de la serie. Muy acertado) y termina operándose con el dinero que el honrado narcotraficante se gana con el sudor del de enfrente (los matones que trabajan para él, porque los narcotraficantes nunca matan con sus propias manos. Ensucia mucho y, como está peleado con su madre porque se ha ventilado a su hermano el tonto, y con los nervios se lo ha espetado, pues no tiene a nadie que le quite de la ropa las manchas de sangre. Tiene todo mucha lógica).

Total, que El Duque se folla todo lo que respira y se menea, pero Catalina (Cata para sus amigas las putas) reserva su delicada flor de loto solo para él. Y entonces el xiquet acaba marchándose a Colombia, creo, porque la policía lo tiene cercado, y allí el muy rufián finge su propia muerte (esto yo lo haría también, de ser narcotraficante. Es importante saber hilar fino, si te toca ser el malo). Entretanto, la pobre Cata —que reserva su delicada flor de loto solo para su honrado narcotraficante— llora a moco tendido por el amor que se fue (porque ella aún no sabe que el mozo está vivo y coleando a todo lo que le da el rabo), hasta que su amiga, una que es puta y además pelirroja (para parecer más puta), la convence para que se haga puta ella también. Y entonces Cata termina acostándose con uno que también es un honrado narcotraficante, porque se ve que en aquellos años no había otra manera en este país de ganarse la vida (me pregunto qué hubiese hecho esta gente, si la cosa les pilla unos años más tarde. Ni pensarlo quiero).

Entonces El Duque, que se ha pasado en Colombia yo no sé el tiempo, haciéndose el muerto y copulando día y noche con la sobrina de otro de tantos, vuelve vivo pero con pasaporte falso (digo yo), y la pareja de tórtolos se encuentran y se abrazan y hacen el amor así como lo hacen los enamorados de verdad, no como las putas que no saben hacer nada. Y ella le enseña sus tetas nuevas y le pregunta que qué le parecen; y el chico, como la quiere más que a su propia vida, le dice que ella ya era perfecta antes (ahí es cuando se te tiene que caer una lagrimilla porque es cuando te das cuenta de que lo suyo es amor verdadero, no como el tuyo. Que tu novio te quiere, sí, pero si tuvieras más tetas mucho mejor. Ella le entiende, pero como el complejo era tan grande, valió la pena aceptar el dinero de un narcotraficante, aunque ella sea una chica muy buena y decente con ojos de Candy Candy.

Pero, ¡ay! Alma de cántaro. Los designios del malcriado destino son tan crueles como inescrutables, y al final resulta que el otro honrado narcotraficante con el que Catalina se acostó, para tener un mísero mendrugo de pan que echarse al buche, va y resulta que es uno con el que El Duque venía a hacer negocios tras su fingida muerte. Y aunque cuando ella se entregó a él —porque las chicas buenas no follan, se entregan— El Duque estaba muerto —que no lo estaba, pero se lo habían hecho creer a todo el mundo—, al muchacho esta nimiedad de detalle le resbala como la piel de un pescado untada en aceite de coco (que ahora se lleva mucho, por cierto, muy bueno con yogur y miel como mascarilla capilar) y va y la abandona por puta. Hala.

¿Cómo te has quedado? A mí se me ha descolgado la mandíbula, y casi tres horas más tarde aún no me ha vuelto al sitio. Creo que de la impresión se me ha desencajado. Y ahora estoy aquí sentada, con la lengua fuera, los dientes secos y goteando baba de puro éxtasis cinematográfico.

Recapitulemos: El Duque mata a gente como a quien se le caen los pedos tras ingerir media docena de platos hondos colmados de potaje de judías —de ese que lo mismo te alimenta como que te mata—, véase hermano, amigos, exnovias, o cualquiera que tenga la fortuna de cruzarse en su camino. Se gana la vida vendiendo cocaína a espuertas y se cepilla putas de cinco en cinco, véase pelirrojas, morenas, perras verdes y sobrinas de narcos. A día de hoy, lo único que le he visto hacer bien es sacar la pistola para amenazar a todo quisqui (aunque luego no les mate; por lo de la sangre, que ensucia mucho). Trata a las mujeres como a mierdecillas, salvo a su querida Cata, que la trataba como a una rosa de pitiminí hasta que se enteró de que había copulado con otro hombre. Una joya de hombre. A mí póngame medio kilo de macho man de esta variedad. ¿Serán de invernadero? ¿O se crían en el campo?  (Nota: buscar información en Wikipedia).

Conclusión y paro. Si naces guapo, no sufras. No estudies, ni te molestes en aprender la cosa esta del respeto por los seres humanos y las vidas ajenas. Tú dedícate a lo que quieras que ya vendrá una chica mona, buena y tímida con ojos de Candy Candy a entregarte su preciada flor de loto. A las demás puedes tratarlas como a putas. A las que lo son de oficio, y las que se entreguen a cualquiera que no seas tú. Esas pasarán a formar parte del grupo de las pilinguis en el momento dejen de ser tuyas. Si la policía te busca, tú te vas a otro país, que como eres guapo siempre tendrás putas a puñados esperando por ti en cualquier esquina. Eso sí, la tuya solo contigo. Como manda el reglamento.

Para ti también tengo, Cata. No te creas que te vas a ir de rositas, monina. Tú nacerás guapa como cualquier puta, por aquello de que todas las mujeres son guapas (no puedo estar más de acuerdo). Pero cuídate muy mucho de tu flor, querida. Pues si te entregas a más de uno, tu condición de mujer decente dejará de serlo al instante, y en el acto pasarás a formar parte del selecto grupo de mujeres de mala vida que se entregan a más de uno, aunque ese uno tenga el pito empapelado de vaginas ajenas. Quiérele siempre, haga lo que haga, folle lo que folle, y mate a quien mate, salvo al hermano tonto. Eso puedes perdonárselo. Y pon siempre cara de buena, regla fundamental para que no te confundan nunca con una mujer que acepta dinero de un asesino narcotraficante que mata hasta al apuntador, porque el negocio es el negocio. Serás buena hasta que tu flor roce capullos ajenos. Hasta entonces, tú a vivir del cuento, que para eso se inventaron los ojos de Candy Candy.

Guardo mi lengua, cierro la boca y me voy a rumiar un rato.

Hasta la próxima, queridas flores de loto.

P.D: La serie continúa. Esto promete.

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