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¡Sí, hombre! - Mayte Aranda

¡Sí, hombre!

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Lunes 29, 22:30h.
En realidad son y veintiocho. Era por redondear.
Resulta que la gente emplea los blogs para escribir lo que le da la gana. Si no lo he entendido mal, son algo así como diarios de, véase: escritores, pintores, arquitectos, vendedores, peluqueros, lampistas, mercaderes, cantaores, pobres, ricos, guapos, feos, viejos, jóvenes, viejóvenes y todo aquel que guste de hacerlo. Se ve que incluso un notario puede tener un blog. Qué cosa, ¿eh? Imagina cuánta credibilidad debe haber en el blog de un notario. Como nadar en un océano de certidumbre.
Total, que a tomar por saco mi autoimpuesta originalidad. (Maldita vanidad). Tres días centrifugando a mi pobre patinadora para terminar llegando a una conclusión a la que parece ser, todo el mundo había llegado ya, mientras yo me entretenía buscando el interruptor que enciende este trasto.
Si es que al final uno es como es. Y yo soy de las que siempre se enteran de las cosas después del resto. Y darme cuenta de este dato me ha hecho reír durante un buen rato (lo de la rima ha sido sin querer, lo juro), porque esto del blog sólo ha sido lo último de una larguísima cola de “no jodas” “¿en serio me lo estás contando?”, “y eso ¿desde cuándo?” o “Sí, hombre…”. Debe de ser una especie de manía por ser siempre la última, a la que trataré de no darle demasiada importancia.
Así es que le voy a poner título a este post (al que yo, hasta hace tres días, le llamaba podcast, te lo cuento para que te hagas una idea), porque creo de verdad que se lo merece. Se va a llamar “Sí, hombre” y va a venir con una reflexión personal anexada que dice así:
Detecto una cierta necesidad en mí de querer ponerle nombre a casi todo aquello que, a simple vista, no parece necesitarlo. Espero no haya por ahí ninguna universidad buscándole un apelativo a mi problema (si es que no lo tiene ya… y si no ya se lo pongo yo).
Y a propósito de ésto último…
Le puse Tomasa. A mi patinadora.
Tomasa no ha vuelto. Pero a mí me da igual, porque ahora ya puedo despedirme de ella como dios manda. Adiós, Tomasa.
Y ahora sí (y redundando en el “sí”):

SÍ, HOMBRE…
Lunes 29, 22,57h.
Buenas noches, desde mi sofá:
Llevo unos días escuchando un ruido extraño en casa que no logro ni identificar, ni ubicar. Una especie de clap, clap desacompasado y agudo. Como si algún bicho estuviese creciendo en el interior de los ladrillos de la pared. No me preocupa demasiado (supongo que cambiaré de idea justo cuando se desplome la pared delante de mis narices). De día apenas se escucha. Pero por la noche (ahora) aparece de la nada y sin ningún motivo, como si su único objetivo fuese fastidiarme.
Y créeme que debería estar asustada, porque hace un tiempo mi gata logró colarse a través del hueco del extractor de humos (con las uñas separó la madera que lo protege) y estuvo toda la noche desaparecida entre el tejado de la finca y el falso techo. Pasé la noche entera sin apenas dormir, esperando escuchar el sonido de sus patitas regresando a casa. Cuando me levanté a la mañana siguiente, aún no había vuelto. Nerviosa y un pelín desesperada, metí la mano a través del hueco por donde se había colado y disparé un par de fotos con el móvil, para tratar de hacerme una idea de lo que había. Pensé que tal vez se había podido estrangular con algún cable suelto. La idea me horrorizaba, pero el hecho de que no respondiese ni al sonido de su platito de comida golpeando contra el mármol, me empujaba a ponerme en lo peor. A las dos primeras fotos no les presté mucha atención porque estaba de puntillas sobre la encimera y porque me di cuenta de que no había conectado el flash. Habían salido oscuras. De modo que las siguientes las hice con luz y después de bajar de las alturas las estudié con atención.
No había nada. Yo diría que unos treinta centímetros entre la escayola y el tejado, sujetos por yo que sé qué clase de material. Algún tipo de cuerda impregnada en potingues de albañil. El resto estaba hueco y bastante limpio.
Mi problema vino cuando vi las otras fotos. Aquellas dos primeras que hice antes de conectar el flash. Y es que una era negra, completamente y sin más. Pero la otra en cambio, me mostraba dibujado en el centro de aquella oscuridad y bastante claro, el perfil del rostro yo diría de un niño.
Durante un instante me quedé un poco helada, con la boca un poco abierta y los ojos algo más, tratando de encontrarle una explicación a aquello que veía cada vez más nítido. Pero un par de minutos después empecé a escuchar los maullidos de Pipa (mi extraviada gata) no te lo pierdas, encima del tejado. Solté el móvil sobre la mesa de la cocina y corrí a rescatarla. Casi me mato (no es broma).
De la extraña foto me olvidé durante unos días y al cabo empecé a enseñársela a todo el mundo. Porque contar historias raras mola y por asegurarme de que aquel rostro no había sido sólo cosa mía. Y resultó que no lo fue. La gente se espantaba al ver aquello y nadie entendía por qué aún no había salido corriendo de allí (aquí) para nunca más volver.
Bueno…
Pues lo cierto es que mi casa me encanta. Es un precioso piso (de alquiler) completamente reformado, pequeño pero decididamente encantador, que yo misma he decorado con exquisito gusto y que goza de una de las mejores vistas de toda la contornada. Aquí vivimos mis dos preciosas gatitas y yo, la mar de tranquilas y más felices que…yo que sé. Que uno que sea muy feliz. Así es que, si ahí arriba hay un fantasma, o un ente o alguna extraña energía paranormal y quiere bajar aquí abajo, antes debe saber:
– Punto número uno: Que la menda lerenda saldrá corriendo como alma que se lleva el diablo en el mismito instante en que me lo encuentre en cualquier rincón de mi precioso, pequeño y decididamente encantador piso (de alquiler), olvidándome en el acto de sus maravillosas vistas y centrando toda mi atención en agarrar a mis gatas y correr tanto como pueda, sin importarme nada más que salir de aquí cuanto antes.
– Punto número dos: Que regresaré. Oh, sí. Volveré a mi precioso, pequeño y decididamente encantador piso (de alquiler) y lo haré con todo un arsenal de potingues y chirimbolos apropiados para realizar uno, o los exorcismos que hagan falta. Porque yo sin mis vistas no me pienso quedar. Por no hablar del trauma que supone para un gato cambiar de vivienda. Que lo leí un día en un libro de gatos que se titulaba (opino que con mucho acierto) “Su majestad, el Gato”. Así es que yo de aquí no me meneo, ni pienso traumatizar a mis gatas con una repentina espantada (salvo que en un futuro, espero cercano, me mude a un casoplón en primera línea de playa con un tío rico, guapo, simpático, cariñoso, generoso, con sentido del humor, deportista, maduro pero juvenil, que sepa besaaaaaaaar (jolines), bailar, cocinar, que me haga reír, me escuche y se ría conmigo (no de mí), haciéndome sentir cada día como la reina de Saba…pero sin agobiarme, por favor, ¡¿eh?!)
– Y punto número tres: Que, si decide que él también se queda, entonces…no sé. Hablaremos del modo de pago. Podemos compartir gastos. O cobrar entrada. No sé. Ya se me ocurriría algo. Y si se opone a pagar, entonces le miraré de frente y a los ojos (o a lo que sea que quede a la altura de los míos) y le diré: “¡Sí, hombre!”

Lo cierto es que la historia de la foto macabra es cierta. Como también lo es que la borré una tarde, junto con todas las fotos de mi móvil, porque ya no me quedaba espacio para más. Al tiempo descubrí (cuento esto por si alguien aún no lo sabe) que existen las tarjetas de memoria. Estoy siendo un pelín exagerada. Conocía su existencia, aunque no supiese para que servían.
A día de hoy, sigo sin usarlas. Me limito a borrar las fotos, sabiendo que:
– Punto número uno: Las fotos de los móviles nadie las mira nunca.
– Punto número dos: La gente se limita a coleccionarlas en tarjetas de memoria, o en carpetas de carpetas en “sus documentos”. La mayoría de ellas las tiene cualquiera de mis amigos, en cualquiera de sus carpetas.
-Y punto número tres: Lo verdaderamente importante yo lo guardo allí donde nunca se pierde. Y cuando necesito verlo, sólo tengo que cerrar los ojos.
Buenas noches.
P.D: Fue en Pipa en quien me inspiré para dar vida a uno de los gatos de Paula. Concretamente, aquel que se cuela en su casa.

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