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Gigante - Mayte Aranda

Gigante

Buenas noches. Tengo Twitter.

Me llamo @maytearanda74 y nadie me hace ni puto caso. Yo, francamente, lo encuentro un poco caótico y bastante más impersonal de lo que esperaba. Porque me dijeron que sería algo al estilo muro del Facebook, pero yo hablo y a mí no me contesta ni el Tato. Claro que la paciencia nunca ha sido una de mis mayores virtudes…ni de las medianas…ni tampoco de las diminutas. Mi paciencia es tan pequeña, que no pasa ni desapercibida. Por cierto… ¿quién sería el Tato? (Nota personal: mirarlo después.)

Pues eso. Que la cosa esta del twitter, el instagram y todos estos rollos  que el atajo ese de personas que controlan el mundo se han inventado para que los españoles abandonemos de manera paulatina nuestra lengua vernácula, finalmente, contra todo pronóstico y muy a pesar de aquí una servidora, han terminado por colarse en mi vida. En fin…renovarse o morir. De momento hoy ha sido mi primer día. Y como la web va retrasada y lo más probable sea que cuando leas ésto mi twitter ya habrá cumplido unas semanas y tal vez alguien haya tenido la amabilidad de contestarme o retwittearme (joder, que ascazo de anglicismos…con lo bonita que es la eñe) o lo que sea que se hace en el twitter este del demonio, pues entonces lo retiro todo (lo del twitter del demonio también).

Y hablando de esto precisamente, hoy me he entretenido buscando la traducción de twitter, en uno de esos momentos de imbecilidad suprema que con bastante frecuencia me asaltan, iba a decir últimamente, pero entonces me ha entrado la risa tonta. Significa “gorjeo”. Que viene a ser lo del “pío” de los pájaros de toda la vida de dios. Por lo tanto retwittear debe significar regorjear(o repiar) y lo del twitt, pues digo yo que será un simple “pío”(o gorjeo). Entonces. Un twitt es un pío (o un gorjeo), dos son pío, pío (o gorjeo, gorjeo) y luego, si resulta que te gusta alguno de estos twitts, o píos (o gorjeos), pues coges y lo retwiteas, o lo regorjeas (o lo repías). Facilísimo, claro, sencillo…chupao.

En fin…Qué iba yo a decir?

Ah, sí. Iba a hablaros del libro. Ya sabes, del mío. Porque me lo ha pedido esta mañana mi hermana. Me ha mandado uno de sus wasaps con “puntillo” para recordarme que la web es del libro, no de mis prosaicas, soporíferas y delirantes divagaciones. Así no me lo ha dicho, por supuesto (no estaría viva). Me lo ha dejado caer con la gracia esa que ella tiene, o que cree que tiene, pero que yo sigo sin vérsela…qué quieres que te diga.

Yo le he contestado que vale (con el emoticono del dedo pulgar, por dos veces), que “en cuanto llegue a casa me pongo” y que luego se lo mando, por no mandarla otra vez a la mierda. Porque creo que ya la mandé en mi último post y, claro, dos veces seguidas podría resultar un pelín cargante (aunque todo es ponerse).

Aaaale pues. Hablemos del libro.

Dibujos en la pared nació de una siesta. Eso ya te lo dije, no sé si te acordarás. Si no es así (y siempre y cuando quieras enterarte), retrocede hasta, lo siento no sé qué post.

Pues total, que un día me desperté de una siesta (en un sofá que me hice yo, partiendo un colchón de espuma en dos, porque…otro día te lo cuento, que es un poco largo) con los restos de un borroso boceto dando tumbos dentro de mi cabeza. Poca cosa. Leo (que aún no tenía nombre), los contenedores de basura y el diminuto piso de Elena. El mismo que hace tiempo alquiló Esther con su hijo. Mismo tamaño y misma ubicación, al menos en mis recuerdos. Mucho tiempo. De repente los recuerdos van de decenios en decenios. Una sensación curiosamente desagradable porque yo, hasta ayer mismo, juro que me estaba tirando por el tobogán metálico asesino de mi pueblo. Que si osabas deslizar tu culo por aquella plancha de hierro incandescente en un maravilloso día de sol, tu piel adquiría una bonita tonalidad rojo púrpura, del color previo al de las ampollas. Y si te salvabas de las temidas ampollas, siempre podías caer de cabeza contra el pegote de cemento (del duro), que aguardaba al final del tobogán metálico asesino de mi pueblo. El resto del suelo del parque era de tierra, pero justo ahí (y seguro que por motivos de seguridad, no me cabe la menor duda) alguien que entendía mucho de niños, se afanó en que aquello estuviese duro de cojones. Pese a todo sobrevivimos y a día de hoy, a nosotros sólo nos matan las balas de plata. De todo lo demás estamos inmunizados. Dios mío, lo que me enrollo…

Entonces eso…que el libro lo empecé al cabo de unos meses, cuando conseguí terminar de atar la historia con la que me desperté de aquella siesta. Que no fue así, porque el final, hasta bastante después de haberlo empezado, no lo tuve claro del todo. Aun así decidí ponerme, confiando en que mi imaginación no me defraudaría. Y no lo hizo, la verdad. La idea se me vino encima de repente, como siempre suele hacerlo. Un par de semanas recabando información a ratos, y a darle a las letras.

Y luego está lo de Diana. Que me vais a permitir que diga esto que voy a decir ahora, aunque suene raro: No Inma. Aún no se puede hablar de Diana.

Inma es quien se encarga de las redes, pero de la parte tecnológica. De crear, curar, amputar, medicar, recetar, operar y meter palos por la garganta a la cosa esta de los datos y sus chips. Y créeme que es una buena metáfora, porque te aseguro que las redes sociales también se ponen malitas. Mira a ver si no los virus. Que resulta que funcionan exactamente igual que en las personas. Yo es que alucino. Te lo juro.

Ha sido Inma quien me ha pedido que hable de Diana. Pero yo, con vuestro permiso y mucho cariño, me voy a negar a hacerlo. Porque Diana es la clave de todo. Hablar de ella sería destapar demasiadas cosas. Y mi libro acaba de nacer. Ya llegará el día de la boda. No le arrebatemos el misterio.

Sí puedo, en cambio, pues no sé…contar alguna curiosidad. Por ejemplo, que Leonor era real (aunque cueste trabajo creerlo). Y no diré quién es, pero os aseguro que la doña tiene su molde y que sigue viva. Porque los malos también tienen derecho a vivir, aunque a veces resulte injusto. El mundo es de todos, chicos. Lo siento.

El resto de los personajes (salvo aquel de quien os hablaré al finalizar este párrafo) son míos. Y aunque cada uno de ellos a veces me recuerde demasiado a personas que han pasado por mi vida (o que aún siguen aquí) en principio nacieron con el único propósito de acompañar a Elena en su aventura. Pues sí…claro que tengo mis favoritos. Pero jamás lo diría. Porque eso, una buena madre, no lo haría nunca (aunque tal vez, una buena madre lo que nunca haría sería tener favoritos).

Y luego está Gigante. El perro de mi hermana que después fue mío, y más tarde de todos, hasta morir a mi lado. Gigante se fue hace cuatro años, viejecito y repleto de gloria. Un Golden Retriever tan grande, que al final de la carrera, sus enormes patas apenas lograban sujetarle. Su nombre original era Giant (preferí traducirlo para el libro) y jamás, por muchos años que viva, o deteriorada y podrida esté mi memoria, podré olvidarle. Y es cuando hablo de él que no me salen bien las palabras. Con su pelaje color canela y su cara de noble. Sus tristes ojos, siempre mirando hacia nosotros. Siempre detrás, siempre pendiente. Siempre queriendo y nada más. Bueno…y siempre rascándose. Que de tanto hacerlo se arrancaba el pelo. Era una manía, como en nosotros comernos las uñas. Y le poníamos de todo en la piel para que el sabor desagradable le ahuyentase de hacerlo. Pero terminaba por acostumbrarse y acaba volviendo a las andadas.

Gigante era la extrapolación de todo lo bueno del mundo, concentrado en un perro. Jamás le vi mostrar un diente, ni siquiera a los conejos o gatos que traíamos para los niños, y que siempre terminaban durmiendo entre su pelaje. Él fue comadrón en el parto de una gatita. Él limpió a las crías y cuidó de ellas hasta que se marcharon de casa. Él era nuestra almohada y nuestro corazón. Nunca se enfadó y nunca nos pidió nada. Aparte de caricias sin fin, y cualquier cosa que estuviésemos comiendo, ya fuese carne, pescado o pieles de mandarina. Si nosotros lo comíamos, él lo comía. Cuidaba de los niños como si de su propia piel se tratase. Jamás entraba en casa sin que ellos lo hiciesen primero y jamás les perdía de vista.

Gigante fue el único personaje de Elena Luna que siempre supe que aparecería. Todo lo demás vino después. Saldría en mi libro y sería muy importante. Casi tanto como lo fue mientras compartió su infinita nobleza con todos aquellos que le conocimos. Él me ayudará. Lo haría aunque ni siquiera le hubiese nombrado. Sin pedir nada a cambio. Sin dejar de mirarnos y sin mostrar un solo diente. Por ello, y por todo lo que juro por mi propia vida, no sabría cómo expresarlo, él siempre será aquel que riega con ternura mi alma, cada vez que mis dedos escriben su nombre.

Perro cabezón… Para ti este post y un pedacito de mi vida. La que te llevaste contigo el día en que te fuiste.

Ojalá supieras cuánto te quisimos.

 

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