Escribires. Entrada Diario 9

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Jueves, 30 de Julio, 20:30 horas.

Poca información he extraído de San Google en relación a los Utukkus. O al menos nada que ver con los datos que me ha proporcionado la señora Sinforosa. Son demonios y aparecen en varias culturas de distintas formas, pero en ninguna como vampiros. Además, esta gente no muerde ni pica, según la Wikipedia. Solo matan o provocan el caos. Los malos, porque los buenos, que también los hay, se ve que se llevan divinamente con los humanos.

Tampoco te creas que le he dado muchas vueltas al tema y no me preguntes porqué. He pensado que tal vez todo esto no es más que un extravagante delirio, provocado por la fiebre que la picadura de algún bicho raro me ha producido.

De pequeño, a mi hermano le picó uno de esos insectos rarunos en el brazo y estuvo a punto de morirse. Él no recuerda nada porque debía tener tres o cuatro años, pero mi madre dice que el exceso de temperatura en su cuerpo le hacía convulsionar como una lagartija viva sobre el fuego, que ponía los ojos en blanco y hablaba de una manera que no se le entendía. Recuerdo burlarme de él cuando nos lo contaban y recuerdo aquella misma noche cuando me asustaba, diciéndome que aquello le transformó en Satanás. Qué irónico todo, ¿no? Yo si fuese tú, me estaría riendo.

He ido a la iglesia, pero no he podido entrar porque estaba cerrada. Closed. ¿No deberían tener servicio de urgencias para casos de vampirismo espontáneo? ¿Y si me planto en la casa del cura, le toco a la puerta y le digo que soy la niña del exorcista? ¿Me atendería? Mira que los curas saben mucho de estas cosas y lo mismo acabo en el Vaticano, expuesta bajo la Capilla Sixtina, como reclamo para demonios y espíritus malandrines. En fin… No sé qué coño hago banalizando acerca del asunto. Será que prefiero reír.

Hace un rato he ido al lavabo y no he tenido narices de mirarme en el espejo. Manda huevos.  Y ahora que lo acabo de escribir y siento la ridiculez que hacerlo me infunde, voy a mear de nuevo y prometo ser valiente. Vuelvo enseguida.

 

20:40 horas.

No he meado, creo que debido a la tensión que el momento de enfrentarme a mi propio careto me ha generado. Sigo siendo igual de normalucha pero blanca como la cal de enjalbegar. Aparte de esto, no ha sucedido nada más. Y eso que me he quedado mirándome un rato, así con las cejas levantadas y los labios un pelín apretados, como esperando a que la del otro lado dijese algo. La moza no ha hecho nada, salvo mirarme con las cejas levantadas y los labios un pelín apretados, como esperando a que dijese algo. Total, que un bucle muy chorra.

Así es que me voy a ir a dar una vuelta, a ver si veo al chico guapo y de camino voy transformándome de una santa vez en tía buenorra, como manda el reglamento de los vampiros, o empezaré a cagarme en Bram Stoker.

 

21:45 Horas

Buenas noches. Sigo sin tener hambre, pero ahora tengo hambre. Patética paradoja, ¿verdad? Y me bebería el Nilo de un trago, pero la sed que tengo no es de agua. No te asustes. Me imagino bebiendo sangre y me entran arcadas de categoría «Casa Sinforosa».

Una noche, hablando con mi amiga Almizcle y el resto salió el tema de la homosexualidad. Por aquella época lo sacábamos mucho, porque Bea decidió durante una temporada que los hombres no le decían nada, y por un tiempo anduvo perdida en la otra acera., como gallina clueca sin cabeza. Consiguió enamorar a una compañera del curro y al poco descubrió que las hormonas le habían gastado una broma de muy mal gusto. La compi quedó destrozada y Bea no volvió a besar labios de la pajarita nunca más. Ni los de arriba, ni tampoco los de abajo.

Y aquí es a donde quería llegar: hablábamos de besar vaginas. Ya sabes, las cosas del amor y sus variantes sexuales. Algo que uno ha de plantearse, si decide modificar sus apetencias carnales. Todas, salvo Bea, coincidíamos en que imaginarnos chupando aquello nos producía rechazo, independientemente de que sea lo más normal del mundo, y poco me importa lo que cada uno haga en la intimidad de su casa, coche, hotel, lavandería, cabina de teléfonos o urinario de un centro comercial.

Pues bien, algo así es lo que siento con el tema del hambre. Que yo respeto a los vampiros y sus tendencias alimenticias, pero es que me visualizo echándome un trago de sangre y las tripas se me pegan la vuelta. Y como tengo un hambre de mil demonios, estoy pensando que lo mismo pruebo a darle un bocado a alguna planta del bosque, a la corteza de un árbol o incluso a algún guijarro que encuentre por la calle. Cualquier cosa que mi cuerpo no rechace será bienvenida y de agradecer.

Mis nuevos amigos de Culodelmundo quieren que me baje esta noche a tomar algo y no sé qué hacer. Tal vez debería ponerme en serio con lo de averiguar qué cojones se esconde en la planta de arriba de La Posada de los Horrores y si tiene algo que ver con lo mío. Y tal vez no debería inmiscuirme demasiado en las vidas de mis nuevos amigos, si lo que sea que me está pasando resulta que va en serio y acabo comiéndomelos a todos. Eso sí que sería de ser una mala amiga.

¡Coño, qué susto! Me acaba de entrar un mensaje y no tengo cobertura. Qué raro es todo, joder. Un minuto.

¡Buah!… No te lo vas a creer. Aunque si te estás tragando lo de los Utukkus, esto te va a sonar a mantequilla. Era de Aarón, aunque no le he dado mi número a nadie, supongo que para que la cosa sea más paranormal de lo que ya lo es, si cabe. Dice que me esperan a cenar en el bar de Manolo, y que si no voy vendrán en manada a buscarme. Suena dulcemente amenazador. ¿Será un clan de vampiros? Voy a vestirme. Bajaré y los observaré a todos, a ver quién come y qué come. Luego te cuento.

 

2:30 de la madrugada.

Me da que la gente del pueblo es inmune a la mordedura de Utukku. Han comido de todo y en grandes cantidades. Como rareza, y por no perder la costumbre, diré que el cura ha salido a tomarse una copichuela. Se llama Luis y no me ha quitado el ojo de encima en el rato que ha pasado con nosotros. De su curioso comportamiento he deducido que Sinforosa ha cumplido su palabra, y en algún momento del día se ha acercado con el chisme de mi mutación. Tiene pinta de ser un tipo agradable, y por ahí se me ha pasado la estúpida idea de sincerarme con él; y como el que no quiere la cosa, me he dejado caer por los alrededores de la barra cuando el hombre charlaba, así como con cara de párroco comprensivo, con una de las chicas del grupo, Jose, la guapa que me describió como cetrina el otro día.

La cosa ha sido tal que así: me he aproximado muy prudente y dispuesta, hasta situarme justo detrás de Jose. El capellán ha tardado cerca de un minuto en percatarse de mi presencia, y un segundo después se ha marchado del local, alegando no sé qué rollo del trabajo de mañana. Probablemente se levante a las seis para irse a sacar piedra. En fin… Si este señor es quien ha de exorcizarme que se ande con cuidado o será el primero a quien me almuerce.

¡Joder, qué hambre tengo!

Aarón me ha acompañado a casa. Por el camino he querido saber cómo ha conseguido mi número de teléfono y el muy bandido no ha querido contestarme. Hemos jugueteado un poco a propósito de este mismo tema, porque yo he insistido y él ha acabado golpeándome coquetamente con el hombro, dos veces. Sospecho que quiere temita.

Y en la puerta de casa nos hemos enredado como quince minutos, hablando acerca de temas que solo sirven para hacerse uno el interesante. Pues yo qué sé… que si el pueblo es un lugar genial para desconectar, que si el cielo de aquí parece tener más estrellas, que si por qué no llevas pendientes… pues porque no me gustan. Antes llevaba de esos redondos tamaño rueda de bicicleta y balancín de loros. Pero hace años que ya no me veo con ellos.

Luego se ha marchado, creo que un poco frustrado por no haber podido visitar mi vieja cama, y tal vez yo también. Y no estoy segura del todo, pero a lo mejor ha intentado besarme, en el mismo momento en que me he dado la vuelta para meter la llave en la cerradura. Y colorín colorado. Nos hemos despedido con un «Buenas noches, que descanses, tú también» y le estampado la puerta en las narices.

No estoy demasiado emocionada y creo que debería estarlo. Primero y principal, por lo de que está muy requetebueno, y segundo porque cuando uno tontea con otro uno, lo normal es llevarse a casa alguna clase de insecto entre las tripas. Una mariposita si el chico no está mal, un águila imperial si el mozo es un Aarón. Joder… soy un No-muerto. Qué asco.

Y a propósito de esto último, y por aquello de que no hay mal que por bien no venga, he pensado en sacar provecho de mi repentina falta de sensibilidad. Así es que te dejo por hoy y, sin pensarlo ni un minuto más, por si acaso mi habitual estado de cobardía decide retomar su antigua posición, me subo directa a la planta de arriba cuando son las tres menos ocho minutos de la madrugada. La hora perfecta para lidiar con el más allá.


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