Escribires. Entrada Diario 8

IMG-Escribires_8

 

Jueves, 30 de julio, 17:50h.

Mala tarde. Hoy las cosas no van a salir bien y, puesto que lo presiento, he pensado que tal vez lo aconsejable sería quedarme en casa. Esconderme bajo las sábanas y quedarme quieta hasta que la solución al problema venga a mí.

Quisiera poder describir con la mayor fidelidad posible el lugar en el que he vivido el episodio más surrealista de toda mi existencia. Voy a intentarlo, a ver si soy capaz de transmitirte la misma absurda realidad que me he traído conmigo.

La residencia de la señora Sinforosa se ha presentado ante mis atónitos ojos como una auténtica oda al vintage más siniestro que jamás estos ojos habían tenido la fatal suerte de ver. Una casa vieja y húmeda que poco tiene que envidiar a la de las caras de Bélmez.

De primeras, tú entras por un estrecho y oscuro pasillo, infestado de retratos de probablemente todos y cada uno de los santos del santoral, en donde los escasos y escurridos huecos que luchaban inútilmente por asomar la nariz entre aquella espesa intemperie, aparecían desconchados y a punto de despeñarse contra el suelo. Es muy probable que los santos estuviesen haciendo las veces de empapelado. Otra explicación no le encuentro al tema, y si la hay, seguro que es algo muy macabro.

Nada más entrar ya me apetecía arrancarme los ojos de cuajo. Pero como la humedad se me ha metido en la boca, como un tapón de corcho de esos que para sacarlo del sitio estiras tanto que se te termina rompiendo un tendón del cuello, pues se ve que el raciocinio se me ha atrofiado temporalmente.

Me ha abierto la puerta un hombre, bastante normal y con cara de no haber mirado jamás hacia los lados, supongo que por miedo a enfrentarse con todas aquellas miradas de gente que en toda su vida se echaron un chupito con un colega. ¿Por qué serán tan importantes las personas que sufrieron mucho? Porque si uno lucha por conseguir algo en la vida, y resulta que el camino es duro, pero al final lo consigue, lo del martirio podría medio comprenderlo. Pero entonces aparecerían sonrientes y triunfantes, no con esas caras de no aguantar una broma. No sé. A lo mejor en aquellos tiempos era normal que la gente no se riese, o que estuviese prohibido posar haciéndolo. Vete tú a saber con las cosas de la Santa Inquisición.

El hombre normal no me ha dicho más que hola. Después se ha dado la vuelta y ha desandado el camino hasta la otra punta del estrecho y siniestro pasillo. En el acto he corrido tras él por miedo a quedarme allí con toda aquella gente. He deducido que estaba muy acostumbrado a las visitas, o muy hasta el cogote. No se le veía muy feliz, para estar casado con una curandera.

Luego he descubierto que no era su marido, porque la diferencia de edad entre ambos era bastante evidente, y porque nada más entrar al siguiente cubículo le ha dicho: «Madre, han venido a verla».

Y entonces la he visto, no sé ni cómo pues el olor era tan fuerte que te juro que podía verse. Se te metía en los ojos y en la garganta, porque por la nariz ya no cabía más. Me ha recordado a un fragmento de una de las películas de Freddy Krueguer, cuando mata a una chica embutiéndole comida a la fuerza, hasta que la hace reventar. Por un momento me he visto como aquella pobre muchacha, y entonces he pensado que es normal que la gente se cure de sus males cuando van a visitar a la mujer. Es una purga, una terapia de choque. Si eres capaz de aguantar dentro durante un determinado tiempo, cuando sales de allí solo te matan las balas de plata.

Olía a puchero caliente de humedad grasulienta, triple de naftalina, tabaco a cascoporro y cerrado de no haberse abierto jamás. La solera se me ha adherido de inmediato a toda mi anatomía, como si entre varios me la hubiesen untado con un cuchillo de untar mantequilla. He intentado disimular una arcada y al respirar ha sido peor. El hombre normal, que yo creo que estaba muerto, porque a algo así es imposible acostumbrarse, se ha largado de allí y yo me he sentado sin pedir permiso, o me caía al suelo.

La estancia, cubículo o sala de estar donde se encontraba la señora Sinforosa, que de momento no me ha prestado atención porque le tenía la mano puesta en la cabeza a una mujer con cara de llevar aguantándose las arcadas desde hacía un buen rato, era más de lo mismo, pero con el añadido extra del tufo matador.  

Pequeña y antigua como de museo de los horrores. Con una mesa muy oscura y grande en el centro, rodeada de sillas que solo había gastado el tiempo y poco espacio para el resto. Tres sillas más en la pared donde me encontraba y un sofá orejero y viejo en el otro lado, demasiado cerca de la mesa por falta de espacio. Junto a él la puerta por donde se ha marchado el hombre muerto. En el pequeño hueco que quedaba, dos sillas más de enea y un pequeño espacio para la chimenea. Frente a mí, una reducida ventana que para nada se habría fabricado y una tupida cortina cubriéndola casi al completo. Estaba todo muy oscuro.

Tal vez era así como tenían que estar las cosas para que la medicina mágica de la anciana surtiese su efecto. Pero a mí me daba la sensación de que en cualquier momento aparecería un niño muy quieto en algún rincón, para mirarme con esa cara inexpresiva de las películas de miedo. Y las paredes más de lo mismo. Si algún santo faltaba en la tremenda colección del pasillo, allí estaba, junto a fotos enmarcadas de tres niños en plena pose de primera comunión, un par más de dos parejas de novios y un cuadro en blanco y negro de un hombre y una mujer mirando al frente, con la expresión de la posguerra enmarcada en sus rostros. Y nada más porque más no cabía. Si alguna vez se había utilizado aquella antigua mesa, en ella no había rastro alguno, como no lo había en las sillas que la flanqueaban ni tampoco en el sofá solitario del fondo. Solo las mismas donde me encontraba parecían servir para algo, y las dos de enea.

La señora Sinforosa y la mujer que se aguantaba las arcadas se sentaban en estas últimas, una frente a la otra, muy calladas ambas y aparentemente concentradas en su tarea de sanar y ser sanada.

Me ha tocado esperar algo más de un cuarto de hora, muy callada y con la incómoda sensación de que el hedor que me rodeaba me servía de alimento, de manera forzada porque ya sabes que el hambre ha abandonado este estómago. Al cabo la anciana ha terminado de hacer lo que fuese que estaba haciendo con la cabeza de la mujer y, después de escenificar un montón de cruces delante de su cara, le ha dicho que se tomase agua con limón durante siete días y le ha cobrado diez euros. He deducido que aquello era la voluntad, pues la doña ha pagado sin preguntar y sin pedir factura ni ticket de compra. Después se ha despedido con mucho cariño y, antes de irse, Sinforosa me ha echado el ojo encima para darme las buenas tardes, con una entrañable sonrisa que un par de segundos le ha durado. Y mientras la mujer sanada se marchaba, la otra no me quitaba la vista de encima, no sé si evaluando mi dolencia o intentado averiguar quién era, o tal vez es lo que hace siempre y punto.

El caso es que con mucha amabilidad me ha pedido que me sentase en la silla de enea que había quedado vacía frente a ella, sin dejar de mirarme como barajando alguna clase de sospecha. He obedecido, tengo que decir que con cierta reticencia.

La mujer era una abuelita de manual, de las que toda la vida se han visto por estos pueblos: pequeña, muy arrugada, muy de negro y con su delantal negro también. El pelo gris, fruto del combinado de canas y restos de su antiguo castaño oscuro y recogido en un moño bajo sin gracia. Y poco más, salvo tal vez los pies, bastante grandes en mi opinión para su tamaño.

Me ha mirado fijamente a los ojos y me ha preguntado mi nombre. Después me ha preguntado que qué me pasaba, pero poniendo cara de que ella ya lo sabía. Así como el inspector Colombo. Le he dicho que llevo unos días encontrándome mal, que no tengo hambre y que cuando como las cosas me sientan mal. Ha dejado pasar un par de minutos en silencio, que a mí se me han hecho interminables, y muy prudente ha colocado sus manos sobre las mías con los ojos cerrados y la barbilla gacha. Lo siguiente ha ocurrido muy rápido y todo a la vez. Porque un segundo después de haberme tocado ha dejado de hacerlo, ha abierto los ojos y ha levantado la barbilla, para mirarme con cara de disimulado susto. Se ha recompuesto en seguida y me ha preguntado que si me había picado algún bicho en los últimos días. Imagínate. Me he quedado de pasta de boniato.

Durante un momento he dudado entre decirle la verdad, mentirle o salir corriendo de allí en estampida. Pero entonces he pensado que lo mejor iba a ser acojonarse como dios manda, y averiguar qué mierda me está pasando. De repente todo ha dejado de tener gracia.

Lentamente he girado la mano derecha, exhibiendo mi extraño picotazo. La mujer ha estirado con cuidado mis dedos hacia ella y lo ha observado, con cara de dermatólogo sobradamente preocupado. Entrecerraba sus diminutos ojos y fruncía el ceño.

—¿Desde cuándo lo tienes? —me ha preguntado sin dejar de mirarlo.

—Desde el martes —he respondido sin dejar de mirarla.

—¿Este martes?

—Sí.

Después me ha dicho que esperase un momento y ha desaparecido por la misma puerta que su hijo. Ha vuelto menos de un minuto más tarde, con un pequeño bote de cristal, de esos de paté, con algo que parecía paté y que probablemente no lo era. Se ha vuelto a sentar frente a mí y lo ha abierto. Ha sido asqueroso. Si el olor que hasta el momento se respiraba en aquel peculiar zulo resultaba desagradable, aquello lo convertía en agua fresca de rosas. Un hedor nauseabundo como jamás en toda mi vida he olido. Recuerdo una vez que mi prima Raquel tuvo infección de ombligo y nos preguntó si queríamos olerlo. Yo dije que sí, porque me pareció curioso y casi vomito. Hasta hoy, aquello había sido lo peor que había olido en mi vida, pero nada que ver ni de lejos.

Lo asombroso ha sido que la mujer ni se ha inmutado y yo he deducido que era porque seguramente llevaría toda la vida oliéndolo, y ya debía estar más que acostumbrada. Para mi sorpresa, la sorprendida parecía ser ella ante mi reacción, ya que instintivamente me he tapado la nariz y me he puesto azul de querer morirme. Y me ha preguntado que si no me gustaba el olor, y yo he puesto entonces cara de ¿Acaso no se me nota?, pero mi respuesta automática ha sido: «¿Es que a usted le gusta?», acojonada por si me decía que sí.

Y va la abuela y me dice que sí, la mar de seria mientras introducía un dedo dentro de aquel putrefacto emplaste y cogía un poco. Yo la he mirado aterrorizada y con cara de asco infinito, sin dejar de taparme la nariz. Entonces me ha cogido la mano y de nuevo la ha estirado hacia ella, me ha mirado circunspecta y ha rozado la piel de mi herida con aquella pasta infernal.

He vuelto a querer morirme. Ha sido como el impacto de una gota de ácido sulfúrico sobre la carne fresca de mi herida. Me he retorcido y he saltado de la silla como un gato del fuego, soltando un grito que hasta yo me he asustado. En mi vida había sentido algo así. La he mirado con cara de terror, porque en ese momento he creído que quería matarme. Enseguida me ha dicho que me acercase y con la punta del delantal me ha limpiado el ungüento. No ha dejado de quemarme, pero el dolor ha remitido bastante. Tenía ganas de llorar, no estoy muy segura de si por el dolor o porque los gestos de la curandera traían consigo un mal augurio.

Entonces me ha hecho un montón de preguntas. Que si dormía bien, que si sentía cosas que antes no sentía, que si había visto lo que me picó, que si había intentado curarlo de alguna manera, que si me había cruzado con algún perro o gato desde el martes, que si me molestaba el sol, que si recordaba lo que había soñado las últimas noches…

He recordado mi sueño raro, pero recordé que no lo recordaba. Le he dicho que el sol me incomodó cuando fui al río con los amigos, que no vi al bicho que me hizo aquello, que la falta de alimentos me estaba dejando pálida y que por favor, me dijese qué me estaba pasando.

Ella me ha mirado con expresión compasiva mientras tapaba de nuevo el frasco del potingue asesino, y de inmediato me he sentido ligeramente relajada. Después ha permanecido callada durante un buen rato, sospecho que ordenando en su mente las palabras que me ha soltado a continuación:

—Lo que te ha pasado es que te ha mordido un Utukku. Y lo que te he puesto en la herida no es más que un paté riquísimo que lleva una chispa de ajo para darle sabor. Es muy típico de la zona y seguro que tu familia y tú lo habéis comido más de una vez. El olor a ajo te repugnará cada vez más y puede quemarte la piel casi tanto como el sol. No sé si puedo curarte, porque no sé si tiene cura. Los Utukkus son vampiros babilónicos de difuntos que regresan de sus sepulcros por alguna razón. Es posible que durante un tiempo todos los animales, menos los gatos, huyan de ti cuando te vean, o cuando simplemente te sientan cerca. También es posible que el espíritu que te ha mordido ande cerca. Deberías averiguar por qué ha vuelto y qué quiere de ti. ¿Has entrado en la iglesia? —aterradoramente despacio he respondido que sí con la cabeza—. ¿Has podido permanecer dentro? —aterradoramente despacio he respondido que no con la cabeza—. Iré yo por ti. Don Francisco me dejará buscar información entre los libros. Debo averiguar cuánto tiempo tenemos antes de que te transformes del todo, y si podemos evitarlo. 

Y luego se ha levantado de la silla tan campante, y con cara de estar pensado se ha dirigido hacia la pared, y de un pequeño compartimento que había detrás de un cuadro ha sacado un montón de papeles viejos. Los ha extendido sobre la mesa y se ha puesto a rebuscar algo. Durante más de dos minutos solo he podido mirarla con los ojos muy abiertos y un cague entre las tripas que no me aguantaba. Al cabo del rato he logrado decir algo así como:

 —Pero ¿qué me está usted contando?

La mujer ha asentido con la cabeza, como haciéndome saber que comprendía mi estado de abotargamiento, pero sin mirarme porque estaba muy concentrada en su tarea. Le ha llevado bastante tiempo encontrar lo que buscaba, y yo no me he atrevido a pronunciar palabra. Y cuando lo ha encontrado ha dicho: «Aquí está», alzando una fotografía vieja delante de su cara. Ha vuelto a su sitio y me ha tendido la foto para que la viese.

Una imagen más desgastada que el tiempo de cuatro personas vestidas de negro, con sus ropas de pueblo y sus boinas y todo. Tres hombres y una mujer, que miraban al objetivo tan serios como cualquiera de los santos que adornaban aquellas paredes. No he visto nada raro, y ella lo ha notado por mi cara de tremenda confusión.

—Mira bien a la mujer —me ha dicho.

Y eso he hecho. La mujer era distinta, solo había que fijarse un poco para apreciarlo. Su mirada era fría y su piel demasiado blanca en contraste con las del resto. A través de la comisura de sus labios se apreciaba una ligera sonrisa que desprendía cierto toque de sadismo. Además, sus manos quedaban por detrás de la espalda y por la cadera asomaba una gruesa cadena que colgaba de su espalda. Los hombres llevaban escopetas colgadas de los hombros y dos de ellos apretaban algo entre sus manos.

—Ajos —ha dicho como si me estuviese leyendo el pensamiento—. La foto es de 1880.

—Hace más de ciento treinta años —he murmurado casi sin darme cuenta.

—Ciento treinta y cinco, querida. Los dos hombres son mi bisabuelo y sus dos hermanos. Tardaron casi un año en darle caza. —Se ha detenido un instante para persignarse y ha suspirado profundo y apretando los labios—.  Cuando yo era mocita mi abuela me lo contó y me dio esta foto para que no lo olvidase nunca.

Después ha vuelto a quedarse callada y se ha puesto a mirar al suelo, como si los recuerdos se la hubiesen llevado de allí. Yo la he mirado muy atenta y ansiosa para que continuase hablando, y un buen rato más tarde he tenido que hablarle para hacerla volver de donde quiera que estuviese.

—Señora… —he musitado con prudencia.

La mujer ha levantado la cabeza y me ha mirado como si acabase de verme por primera vez. Y ha dicho:

—¿Sí, cariño?

—Me estaba usted contando la historia de su abuela.

El gesto me ha resultado raro, como el de las personas mayores cuando empiezan a perder la cabeza.

—Ah sí, claro… —ha dicho—, estaba atando cabos, discúlpame. —Se ha vuelto a persignar y ha continuado—. La mujer era una joven del pueblo que durante un tiempo estuvo desaparecida, y todos la buscaron hasta que la dieron por muerta. Me contó que a su regreso murieron degolladas una docena de personas. Que les mordía y les chupaba la sangre, como las garrapatas hacen con el ganado. Dijo que nadie la vio matar, pero la gente dejó de morir cuando por fin la prendieron. Era muy fuerte y mala como los pedriscos de agosto.

En ese momento me he visualizado como Brad Pitt en Entrevista con el vampiro, y he pensado que en las películas estas cosas siempre resultan más elegantes. Supongo que lo he hecho porque mi mente ha intentado pensar que aquella mujer podría estar como un cencerro, y mientras seguía muy atenta a todo cuanto decía he tomado una decisión que luego te cuento.   

—Al tiempo de haberla cazado, descubrieron que había matado a más gente en otros pueblos. Hubo mucho miedo.

—¿Cómo la cazaron?

—Como se caza a los vampiros, querida. Arrastrándola al sol, con muchos ajos y cadenas de plata, que tuvieron que fabricar con abalorios que la gente donó.

—¿Murió?

—No lo sé —ha confesado con cierta preocupación—. Nadie sabe si esas cosas mueren del todo.

—Pero le clavarían una estaca en el corazón o algo de eso.

—Y la enterraron con ella, porque la bestia seguía pataleando con aquello pichado en medio del pecho.

Se me han puesto todos los pelos del cuerpo de punta y he querido salir de allí como una rata por cualquier recoveco, pero estaba tan metida en el tema que no he podido parar.

—¿Dónde la enterraron?

—En la cueva de los Simitos —He arrugado el gesto. No me sonaba de nada —. Ya no existe —se ha apresurado a explicarme—. Era muy profunda, metieron el ataúd en el fondo, lleno de ajos y la cubrieron de tierra hasta hacerla desaparecer. Ahora no hay nada.

He pensado que me cagaba en la puta, pero no he dicho nada porque a lo mejor no le hubiese parecido bien que emplease tal lenguaje en aquella casa repleta de santos por doquier. Después, mi cabeza ha recapacitado como buenamente ha podido, y he decidido no tragarme nada de toda aquella patraña asustachiquillos de las que adornan las hogueras en las noches de San Juan. Los vampiros no existen, como no existe el Bigfoot, ni el chupacabras ni tampoco el Capitán Garfio. Y en el mundo hay cosas que son inexplicables, porque el mundo es muy grande y en él cabe de todo un poco. Pero de ahí a pensar que un vampiro babilónico se ha escapado hasta Culodelmundo City para pegarme un bocado y convertirme en murciélago va un mundo, valga la redundancia. De modo que me he reiterado en mi decisión de lo que ahora te cuento, y me he levantado de la silla de enea para despedirme de aquella buena pero un pelín destartalada mujer, con toda la educación que en mi casa me enseñaron.

Y entonces ella me ha cogido de la mano y me ha hablado, como si supiese exactamente lo que estaba pensando.

—No mires para otro lado, muchacha. Vuelve mañana y veré qué podemos hacer.

No he respondido. Me he limitado a meter la mano en mi bolsillo, para sacar un par de billetes de diez euros que había cogido de casa. No me ha dejado pagarle. He insistido, pero ha sido imposible. A lo mejor al final me saca la cuenta. Después me he despedido sin decir nada más que un buenas tardes, y me he largado de allí sintiendo su desasosiego clavado en mi espalda.

Y ahora son las 18:30, porque llevo escribiendo cuarenta minutos, y quiero creer que a la señora Sinforosa su juicio la abandonó a la deriva un buen día mientras comía paté de ajo, pero la realidad es que no puedo.

Así es que voy a hacer tres cosas ahora mismo y por este orden: dejar de escribir porque creo que ya está bien, buscar un lugar en el pueblo —resguardado del sol y en donde haya buena cobertura para buscar información en Google sobre los Utukkus—, y acercarme a la misa de la tarde. Esto último es la decisión que te dije que había tomado. Si consigo entrar, me compraré un buen bote de Afterbite, de esos de te pique lo que te pique, y santas pascuas.

Si no lo consigo… si no lo consigo, te juro que no lo sé.


Próxima entrega: Entrada Diario 9

Ver todas las entradas

0 Comentarios

Contesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

CONTACTO

Escríbeme un correo

Enviando

©2018 Desarrollado por YN

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

o    

¿Olvidó sus datos?

Create Account

Ir a la barra de herramientas