Escribires. Entrada Diario 7

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Jueves, 30 de julio. 13:30 del mediodía.

Fuera bromas. Esto ya no me hace gracia y voy a intentar escribirlo sin que parezca que vivo en un estado de permanente cachondeo. Que tú reléete el diario este desde el principio y luego me cuentas si no tengo razón.

He tenido que salir de la iglesia. Acojonante. Te juro por lo más sagrado (véase: el culo de Ricky Martin o las patillas de Lobezno) que he tratado de aguantar hasta el final, pero no he tenido narices de permanecer ni cinco minutos. Ha sido entrar y se me ha puesto el cuerpo del revés, pero literalmente. Malestar general a lo bestia, sudores fríos y un dolor de cabeza de esos que amenazan con estallarme el cráneo como una sandía chafada por el neumático de un camión.

Y no es que haya sido nunca muy aficionada a las misas y sus señores sotaneros, que hablan desde lo más alto de su vanidoso púlpito, en tono de rey pastor a sus obedientes borreguitas. Pero si había que hacerlo se hacía, aunque siempre me pregunté, por ejemplo, qué falta le hacía a la familia de un difunto que alguien que tal vez jamás había cruzado jamás una sola palabra con él, expusiera con ferviente entusiasmo a los feligreses lo buena persona que siempre fue. Las extravagancias del ser humano (con todos mis respetos) y sus infinitas variantes. Hay de todo tipo. Por ejemplo, que la gente se gaste ingentes cantidades de dinero en vino del caro, cuando con los ojos cerrados escogería otro más barato, seguriiiísimo. Pero, claro, a ver cómo te presentas a una cita importante con algo de 2,99 (que los hay y bien buenos). Que un vino de calidad sólo lo distingue un enólogo, señores. El resto son… pues eso: extravagancias. ¡Ah! Pero cuidado que ahora se hace también con el agua. Que tú vas a un restaurante y te estampan (con desmedida elegancia) una carta con tu lista de las más variopintas botellas de agua y sus distintos sabores. A mí me ponga usted la versión clásica, por favor. Transparente y con gusto a nada. Porque si el agua viene con sabor, no es agua oiga. Es limonada, naranjada, leche o yo qué sé. Pero agua no.

Válgame el cielo, qué manera de liarme. Volvamos al tajo.

Me he puesto malísima y he tenido que salir. Y ha sido cruzar el umbral y alcanzar la calle (asfaltada, esta sí, digo yo para que las marujas no tropiecen en su carrera por llegar a tiempo a la homilía diaria), y mi cuerpo ha vuelto al sitio de manera preocupantemente automática. Y entonces me he quedado clavada y algo petrificada en la puerta, dudando en si volver a entrar para ver qué pasaba, cuando le he visto a lo lejos, fumando un cigarro (tope sexi) apoyado contra la pared de enfrente. Como me miraba de medio lado y con cara de querer comerme, me he puesto nerviosa y me he olvidado por completo de que a lo mejor me estoy convirtiendo en un vampiro. Al poco me he dado cuenta de que es imposible, porque un vampiro no haría tanto el ridículo como yo lo he hecho en los siguientes diez segundos.

Porque cuando uno intenta caminar con un paso que no es el suyo, de frente y en dirección al tío bueno del pueblo, que te mira desde la pared de enfrente con cara de querer comerte, las cosas nunca salen bien. Y ahora en mi mente recuerdo la escena como en una película. Que viene todo en cámara lenta, hasta el momento del tropezón. Entonces suena un ruido como de disco rayado que se detiene de golpe. Sabes lo que te digo, ¿verdad? No he llegado a caerme, pero creo que ha sido peor. Porque, de haberme caído, seguro que habría venido corriendo a rescatarme del suelo, después de lanzar el cigarro a lo James Dean, que si te da en un ojo te deja tuerto. No, no. La cosa ha sido de tropiezo fortuito sucedido por varias zancadas al más puro estilo cigüeña zancuda tratando de emprender el vuelo, con final vergonzoso. Que tú dirás: ¿y aún más? Y tanto que sí, baby. Porque mi chusco intento de despegue a lo ave palmípeda ha terminado sobre la panza de un pobre hombre que charlaba tan campante junto a no sé quién ni cuántos.

Vergonzoso, bochornoso, embarazoso, y todo lo que acabe en -oso. Tanto (y esto es muy curioso… por acabar en -oso también) que solo me han dado ganas de arrancarle la cabeza al hombre panzudo, cuyo único error cometido ha sido el de salvarme de un más que inminente cabezazo contra el suelo.

A partir de entonces la cosa se ha enfriado bastante entre Aarón y yo (normal). El chico no se ha acercado a preguntarme cómo estaba y yo, por supuesto, de inmediato he descartado lo de tomar la iniciativa. Me he limitado a pedir disculpas al barrigudo y he tratado de irme de allí con algo de dignidad. Eso tampoco me ha salido (claro) porque, aunque sí he conseguido caminar con la cabeza bien erguida, la humanidad al completo sabía que mi orgullo era más falso que el bótox.

Y ahora estoy aquí, y no sé si suicidarme directamente, o continuar preocupada por lo de mi nuevo estado de principio vampírico, o cortarme el pelo y decir que no soy Petra, sino su hermana gemela.

Las dos y cuarto y debería comer algo porque llevo desde ayer sin echarme nada al buche, pero la vergüenza me ha cerrado el garganchón y por allí no pasa ni el aire. Pero es que resulta que no tengo hambre y yo creo que debería tener, independientemente del tamaño de este infame bochorno que se me ha agarrado a las tripas con uñas y dientes, sospecho que para siempre. Y si encima va y resulta que me estoy transformando en vampiresa y ahora voy a vivir eternamente, tendré que encontrar la forma de suicidarme, porque con esta vergüenza que llevo en todo lo alto no quiero seguir viviendo. No sé qué hacer. Voy a echarme un rato y cuando me levante ya se me habrá pasado. No pienso quedarme todo el día encerrada en la posada de los horrores, hasta que el macabro sonido de los pasos de la abuela errante me saque de aquí a patadas. Estoy pensando en ir a visitar a la curandera. ¿Cómo se llamaba? ¿Sifilosa? Espera. Voy a mirar. Un segundo.

Sinforosa. Pobre mujer. Le he cambiado el nombre por el de una enfermedad venérea.

Alguien golpea la puerta de abajo. Vuelvo enseguida.

 

15:12 horas

No te lo vas a creer. Era el dios Aarón y estaba más guapo que hoy en la puerta de la iglesia, pero menos que mañana a la misma hora.

O a lo mejor soy yo, que empiezo a estar un pelín salida, debido a mi condición de vampiresa cachonda. Porque los vampiros fornican más que el humano común, ¿no?, o al menos así nos lo han vendido. Hasta donde yo sé, el mortal tras ser mordido se vuelve más fuerte y atractivo (deduzco que de ahí lo del incremento del deseo por copular). Yo, de momento solo he sufrido el síntoma de la piel pálida. Ni estoy más guapa (ya quisiera) ni me han salido alas de murciélago. Como rareza, y esto sí que va en serio, mi herida sigue sin secarse ni cicatrizar, y el hambre no parece querer volver pese a que, si no recuerdo mal, lo último que ingerí fue medio sándwich de Nocilla ayer en el río (y no me supo a exquisitez culinaria). Pero eso ahora me da igual, porque el guapo Aarón ha venido a verme para saber si me encontraba bien, después de mi accidente mortal contra la panza del señor de la iglesia. Me ha dicho que le hubiese gustado acercarse a ver cómo me encontraba, pero ha pensado que me habría resultado embarazoso. Chico listo. Además me ha dicho que como he salido de allí volando, tampoco le he dado mucha opción a ello. Sonreía un poco pero sin ofender.

Ha sido divertido y debo decir que un pelín excitante, tanto el momento de risas que, medio en serio, medio en plan coqueteo, nos hemos pegado recordando el bochornoso momento del porrazo, como su constante y me atrevería a afirmar pícara mirada.

Le he recibido en la calle, y en un momento determinado me ha parecido que intentaba colarse en casa. Yo me he hecho la dura, por supuesto. No vaya a pensar que el que esté como un millón de veces más bueno que cualquier ser vivo en un radio de tres millas a la redonda, le concede el derecho a decidir sobre nuestro estado de flirteo circunstancial. Además, no pienso besarle, por ahora, y esto también va en serio. Que lo de tontear está genial, pero yo aún estoy de luto y eso es algo que no puedo ni quiero evitar, al menos de momento.

Total, que entre risas y pavoneos, se me ha acercado un pelín más de lo que suele acercarse un «solo amigo y nada más», y me ha acariciado la mejilla con el dedo índice de la mano izquierda, porque con la derecha se apoyaba contra la pared, así como quien no quiere la cosa. De verdad que estaba muy atractivo y de verdad que se me han puesto los pelos de punta, de media espalda para abajo. Pero yo solo he podido alejarme de él, intentando no parecer muy tonta. Después él me ha seguido mirando, sonriendo muy simpático, y como a mí estas cosas me ponen muy nerviosa (no como en las películas que se miran y no les entra la risa tonta ni nada), pues se ve que se me ha subido la sangre a la cabeza y parece ser que me ha atrofiado algún cable. Porque lo único que se me ha ocurrido ha sido preguntarle por la curandera del pueblo. Y entonces él ha abierto mucho los ojos, durante un segundo, y luego ha arrugado el ceño, todo ello al tiempo que desplazaba ligeramente la barbilla hacia atrás. Muy sincronizado. Cosas de guapos.

Después ha soltado una pequeña carcajada, que no me ha molestado ni nada, y me ha contestado que si me habían echado un mal de ojo. Yo me he reído también pero un poco falsa, porque a lo mejor el bicho/vampiro que me ha picado/mordido resulta que me lo ha echado. Le he dicho que no, que es solo que llevo bastantes días con un dolor muy fuerte de cabeza, y que me habían dicho que era muy buena quitando males. Era una mentira podrida, claro. Pero como tú comprenderás, no puedo decirle que en breve dormiré en un ataúd, o colgada boca abajo como un murciélago cualquiera, y que a lo mejor tengo que beberme su sangre porque los vampiros es lo que comen. He preferido que viva en la ignorancia, y si tengo que comérmelo lo mataré rápido y por detrás, para que no sufra ni se lo vea venir.

Así es que son las 15:35,  y como sigo sin tener hambre y la gente mayor antes de las dos del mediodía ya han hecho la digestión, me voy a casa de Sinforosa, a ver qué me dice. Y si es una bruja de verdad y yo la novia de Drácula, nada más verme lo sabrá, y en un santiamén me exorcizará, o me hará tragar un asqueroso emplaste hecho con raíces y meado de unicornio, o me clavará una estaca en el corazón. Por cierto, muy curioso esto de las estacas en el corazón. No conozco ser viviente que tenga la capacidad de sobrevivir a una estaca en el corazón, con independencia de su condición de humano o chupasangre. En fin. Espero que antes de hacerlo, se asegure de que lo soy de verdad. No quisiera morir por error.

En fin… deséame suerte. Luego te cuento.

Y si no vuelvo… sálvate tú.


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