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Escribires-Entrada Diario 5 (La zarigüeya mutante)

Escribires. Entrada Diario 5

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Miércoles, 29 de julio. 22.45 de la noche.

Querido diario: hoy me lo he pasado de puta madre en el río. Y aunque no haya sido para tanto a mí me apetece ponerlo así, porque mientras volvíamos a casa alguien me ha dicho que a veces es bueno forzar el ánimo un poco, para que la mente no se enquiste en lo negativo. Yo no me lo trago. Pero me da la gana decir que me lo he pasado de puta madre en el río, porque yo en mi diario pongo lo que me sale del pototo (y ya está bien de tacos). El comentario ha surgido sin más. No ha tenido nada que ver con mi actual estado anímico de duelo sentimental, puesto que yo he venido a Culodemundo City porque me apetecía cogerme un verano sabático, no porque mi marido me haya dejado en plena flor de la vida para encontrar su punto de equilibrio emocional. Que yo aquí no estoy recién divorciada ni lo he estado nunca, ni pienso contárselo jamás a nadie, puesto que dentro de un par de meses me marcharé para siempre y sin volver la vista atrás por aquello de no convertirme en estatua de sal.

Esta gente es muy agradable. Me voy percatando de algunas cosas, de esas que pasan en todas partes por igual solo que con distintos decorados. En la ciudad las chicas también se ponen tontitas delante del macho alfa, pero allí lo hacen en tacones. Aquí andar en tacones supondría un grave riesgo para la salud debido al adoquinado de los ocurrentes romanos. Jose, la chica guapa que esta mañana me dijo lo de cetrina (por cierto, no pretendía hacerse la interesante. Es que es así, un poco pava), le va detrás al dios Aarón lo mismo que una cuerda atada a un pozal. Por el motivo que sea, el chico no parece hacerle ni el más mínimo caso (tal vez ya han pasado por la vicaría). Y en mi humilde opinión tanto interés solo sirve para espantar al macho alfa, pero la pobre Jose no parece opinar igual que yo, o no sabe interpretar las señales. Sospecho que en breve me pasará lo que jamás me había pasado antes. Que una mujer me coja celos por culpa de un hombre. Y es que creo que el tal Aarón ha puesto el ojo en mí, y pretende poner también la bala.

No estoy en el mercado. Una lástima, porque a ver cuándo me vuelvo a ver yo en una de estas. Entretanto un dulce no le hace daño a nadie y mi maltrecha autoestima no ha estado más agradecida en su vida. Me ha venido genial. Mucho mejor que mi repentina palidez que me ha impedido ponerme al sol más de cinco minutos seguidos, porque la piel me ardía cada vez que intentaba broncearme un rato. Empiezo a sospechar que la herida de mi muñeca —que no parece llevar trazas de querer secarse— no ha sido un picotazo de un bicho, sino el mordisco de un vampiro. Y empiezo a pensar que sería la hostia (si lo de transformarse en vampiro viene con superpoderes. Si no, no). Que si voy a quedarme así de blanquinosa para siempre, que al menos pueda volar o correr mucho, o no cansarme nunca, o tener una fuerza sobrehumana. Y aunque ahora mismo no encuentro en qué me beneficiaría lo de poder levantar un autobús con una mano, seguro que en breve se me ocurrirá algo.

Por cierto, he cambiado los nombres desde el principio. Como aún no había subido nada al blog, afortunadamente, hace un rato de repente se me ha colado una idea tan lógica que solo he podido sentirme un poco idiota (por expresarlo con suavidad). Si modifico mi nombre, el de mi ex y el de mi pueblo pero no hago lo propio con el resto, cabe la posibilidad (por remota que sea) de que alguien me descubra tarde o temprano. Así es que los he bautizado a todos de nuevo, salvo al guapo Aarón porque no he encontrado otro nombre que me recordase tanto al de un dios. Hay alguno. Sí. ¿Pero tú te imaginas que le pongo Zeus? Hubiese perdido todo el glamur, y por ahí no estoy dispuesta a pasar. Me arriesgaré. Y no es que sea demasiado valiente. Es que dudo mucho que nadie vaya a molestarse en leerme, salvo que en un futuro termine casada con algún príncipe, un actor famoso o un político corrupto. De estos últimos hay muchos. No sería una idea tan descabellada. Entonces todo el mundo se interesaría por mi pasado y el país en bloque se dedicaría a buscar información de la menda. Descubrían mi blog, mi vida y mi recién estrenado estado de vampiresa neófita, divorciada en plena flor de la vida y abandonada en un escupitajo de pueblo.

Acabo de escuchar un ruido proveniente de la cámara. Parece que la abuela de los pasos a veces acompasados y otras no —creo que lo puse así en el otro post— vuelve a las andadas (qué absurda redundancia). Estoy pensando que tal vez debería intentar poner la tele cuando esté en casa. Las teles son como las mascotas, con el añadido de que no se hacen caca ni se alimentan. Hacen compañía y no tienes que acariciarlas ni desparasitarlas. Y la verdad es que todo esto del silencio de la montaña está muy bien para desconectar de la eterna y estridente cantinela de la ciudad, pero puede terminar resultando atronador de un modo ciertamente irónico. El exceso de silencio trae consigo el sonido de la soledad.

Tal vez debería subir a la cámara, no para hacerme la heroína; nunca lo he sido y no tengo demasiadas ganas de fingir que de repente lo soy. El dichoso ruido sigue poniéndome los pelos de punta. Es probable que sea una rata, o alguna clase de bicho de esos que solo se crían en los pueblos. Una zarigüeya mutante o un felino penitente que se quedó encerrado la última vez que alguien estuvo aquí, y ahora vive allí arriba, nutriéndose de carne de araña y creyendo que el universo se reduce a las cuatro viejas paredes que le rodean. Lo del universo es muy relativo. Hasta hace poco el mío se limitaba al pequeño mundo que compartía con Pepito. Voy a subir.

 

23.15 horas.

No he sido capaz de hacerlo. La cosa es que solo he conseguido agarrar el candado con una mano y la herrumbrosa llave (que siempre está puesta) con la otra, pero no he logrado dar un paso más. Y no lo he hecho porque cuando he cogido el candado, el sonido que el roce del metal ha producido al rozar con la argolla a la que se sujeta, ha provocado algo en lo que sea que habita en la cámara. La zarigüeya mutante se ha quedado quieta, y al cabo de unos cuatro o cinco segundos ha vuelto a moverse, pero muy rápido y mucho más escandalosa. Como si acabase de ser consciente de que le han pillado y de repente se hubiese puesto a recoger trastos para salir de allí cuanto antes. Al poco, todo ha vuelto a quedarse en completo silencio, y ahora solo escucho el sonido de mi corazón, demasiado lento en mi opinión si tenemos en cuenta el susto que me he llevado. Si es una rata es muy grande, si es una zarigüeya mutante lo mismo, y si es una abuela… por la Virgen de los Desamparados, que camine hacia la luz.

No me gusta tener que escribir esto, porque al hacerlo creo que le doy más importancia de la que tal vez tenga. Creo que si cualquier vecino de Culodelmundo viniese a esta casa a investigar mis particulares psicofonías, probablemente me daría una charla instructiva acerca de su procedencia. Después pondría una trampa, y el domingo comeríamos arroz con zarigüeya en el río. Pero tengo la sensación de que, al hacerlo, lo único que consigo es convertir un cotidiano sonido campestre en una película de misterios paranormales.

Por lo pronto me voy a ir de aquí. Hace buena noche y mis nuevos amigos han quedado en el bar Manolo. Volveré cuando el sueño me haya poseído del todo y, si la cosa se pone fea, lo mismo me acuesto con los cascos.

Mañana te cuento. Au.


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