Escribires. Entrada Diario 4

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Miércoles, 29 de julio, 14.20 del mediodía.

Me está pasando algo raro y no quiero parecer fatalista. No lo he sido nunca y no me apetece ponerme ahora. No ahora en este momento de mi vida. Me refiero a hoy. A este verano. A estos días al menos. Porque necesito de forma imperiosa salir del bajón emocional que mi nueva situación de duelo me está provocando, y lo último que quiero es veneno radiactivo campando a sus anchas por mi riego sanguíneo.

Voy a tener que ir al médico y eso son cincuenta y tantos kilómetros de carretera comarcal jugando al Twister consigo misma. Y lo gracioso es que no me encuentro mal, aparte de mi monumental bajón emocional, que aunque tú no lo notes —porque cuando empecé este diario lo hice con la condición de no emplearlo como palangana vomita-penas, y porque sí, a veces cuando escribo no es precisamente seriedad y refinamiento lo que desprendo— está muy presente. Pero es que me estoy poniendo pálida y de repente me han salido ojeras (lo que jamás he tenido y justo lo que me faltaba). Ha sido en cuestión de horas y he sido la última en saberlo, cuando todo el mundo en la terraza del bar Manolo ha empezado a preguntarme si me encontraba bien. Y como yo me encontraba bien y todos me miraban (incluido el dios Aarón), he pasado un momento de vergüenza absoluta, pero no me he puesto colorada porque se ve que no me llegaba la sangre al cuello. «Cetrina» ha dicho una tal Jose, que es muy guapa pero sospecho tiene celos de la borrega nueva y ha querido hacerse la culta para compensar su súbita pérdida de atenciones. «Chiiiiica que mal rollo das», ha añadido Marina (no vuelvo a olvidarme de su nombre) y el resto se han limitado a asentir con la cabeza. Y entonces he ido al baño y me he visto. Ahí, delante de mí, blanca como la tiza y fresca como una rosa roja con gotitas de rocío.

Me he venido a casa. He preferido tumbarme un rato, pero resulta que no tengo ni pizca de sueño. Sólo pienso en Pepito (vaya mierda de nombre le puse) y en las ganas que tengo de estar con él, en por qué no me ha llamado todavía para decirme que se arrepiente de haberme echado de su vida, o en rebanarle el cuello y sentarme a ver cómo se desangra, mientras me fumo un cigarro, aunque no haya fumado en mi vida, salvo alguna calada a algún que otro porro de mi amiga Almudena.

Mi amiga Almudena. Con el permiso de nadie haré un pequeño inciso para describirla, solo porque alguien tan singular como ella sin duda se merece un par de líneas en mi diario. Prometí que si algún día escribía uno, hablaría de mi amiga Almudena. Es una trola. Jamás me he prometido nada a mí misma, supongo que por miedo a defraudarme.

Pues Almudena (Alma, Almu o Almizcle para las amigas) es un ser bastante despreciable para casi todo el mundo, salvo para sus tres afortunadas amigas, Raquel, Bea y una servidora. No es que sea especialmente simpática con nosotras, pero nos quiere y no puede evitar que se le note. Al resto de los seres humanos apenas les mira y mejor para ellos. Porque de hacerlo casi nunca salen bien parados. Almizcle se aprovecha de la poca valentía que las personas suelen llevar consigo, y de la cara de susto que se les queda cuando contesta con su particular estilo. Porque no le agrada hablar con nadie que no seamos nosotras y pone todo su empeño en no tener que explicarlo dos veces. De modo que si alguien le dice «Hola» o «Qué tal», o «¿Tú eres Almudena, la amiga de Bea?», ella les suelta un «¿Te pregunto yo cuando cagas?». O un escueto «NO», acompañado de una mirada de esas que dicen «¿Algo más?» o «¿Ya te puedes ir a tomar por culo?». O simplemente se limita a lo de la mirada, que es muy fuerte porque la gente reacciona de mil maneras distintas. A veces preguntan de nuevo, pero un poco más alto porque han deducido que la chica es sorda; otras intentan aguantar su mirada, batalla que jamás ha perdido Almudena, y la mayoría se ponen nerviosos y como pueden cambian de conversación. Luego la gente se dedica a ponerla a parir por detrás y a jurarse a sí mismos que la próxima vez se lo van a explicar pero bien. Aún no he visto a nadie hacerlo. En realidad no se mete con nadie. Solo quiere que la dejen en paz. Almizcle solo se junta con nosotras cuando estamos las cuatro solas y nunca nos pide explicaciones si pasa mucho tiempo sin vernos, porque Raquel, Bea y yo solemos juntarnos con un grupo mucho más amplio. Estar con ella nos gusta, tal vez porque no podemos evitar sentirnos extrañamente privilegiadas.  

Y yo me había puesto a contarte lo de mi repentina palidez y me he extraviado por los inescrutables caminos de mis extravagantes desvaríos. Dos equis en la misma frase resulta cargante, ¿no? 

Bueno. Pues resulta que ahora no sé qué hacer, porque yo sigo estando blanca como la tiza pero fresca como una rosa roja con gotitas de rocío, y esta tarde han quedado todos para ir a bañarse al río y yo quiero ir.

Así es que he decidido (justo en este preciso momento) que voy a desahuciar a unas cuantas arañas de la posada de los horrores y mientras tanto me lo pienso bien. Mi cuerpo expulsará el veneno y si no lo hace, mañana me acerco a casa de Sinforosa, que es la tía de Reme, prima política de la cuñada de Teresa y Marina (o algo así) y curandera oficial de Culodelmundo City. (El druida. Te dije que habría uno. Lo sé porque en los pueblos es obligatorio, al nivel del alcalde, el médico o el practicante. En mi opinión deberían darles su plaza de funcionarios.)

Cuelgo y tiro este boli a la basura. Escribe a trompicones y yo pienso demasiado rápido. Hasta luego.

17.15 horas.

La casa está como los chorros del oro y yo como una gota de rocío sobre la tersa superficie de un pétalo de rosa. Las arañas me odian tanto, que de no haberlas matado a casi todas en breve me hubiesen organizado un escrache en la puerta de casa. Y aunque yo sigo pálida al punto de nieve, pienso aprovechar al máximo mi condición de borrega nueva, mientas me dure, o hasta que la sangre se me congele y detenga para siempre. De modo que cojo mi mejor biquini (el único que tengo) y me voy a lucir mi fofucho palmito frente a mis nuevos colegas culodelmundenses.

¡Au! (Aquí la gente se despide así).

P.D: Aarón no es de aquí (lo sabía). Veranea en Culodelmundo City desde hace siete años, cuando sus padres, que son de un pueblo mucho más grande y cercano a la capi (Ombligo de al Lado Ville), se compraron una casa porque conocieron a Luis (fontanero del pueblo y putero profesional) y María Jesús (esposa del fontanero y cornuda empedernida) en un viaje a Santiago, y cuando vinieron a visitarles se quedaron prendados del pueblo (la verdad es que el escupitajo es bonito). Desde entonces no se ha saltado un verano. Imagino el revuelo cuando las mozas de aquí se encontraron de frente con semejante ejemplar de recental. El dios Aarón tiene 26 años y ha estudiado Historia del Arte (qué romántico, por favor).

Y con esto, y un bizcocho, hasta mañana a la hora que me salga del… (aquí va un emoji con la lengua fuera y un ojo guiñado).

P.D 2: Sigo estando pálida, pero mi pulso sigue funcionando. Esto va a ser producto de una severa falta de bronceado. Hoy mismo lo soluciono.

¡Au!


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