Escribires. Entrada Diario 3

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Miércoles, 29 de julio. 10.45 de la mañana. 

Ayer no retomé porque me pasaron tres cosas. Dos buenas y una rara/creo que mala. 

Lo cierto es que me fui a dar una vuelta de reconocimiento por Culodelmundo City, el pueblo aparentemente dejado de la mano de Dios, y volví pasadas las tres de la tarde, con un extraño picotazo en la muñeca derecha. Y lo raro no es el picotazo, sino el hecho de no recordar el momento en que el mismo tuvo lugar. A veces pasa que te pica un bicho y no te enteras. A mí me ha pasado y al resto de la humanidad también. El problema es que mi picotazo es demasiado grande como para pasar desapercibido. Y creo que se me ha infectado.

Una bonita manera de empezar mis vacaciones. Sobre todo si tengo que conducir cuarenta minutos para llegar al centro médico más cercano, y si mis sospechas son ciertas, y lo que sea que me ha picado, me ha inyectado veneno zombi.

Por lo pronto no pienso quejarme, salvo que la piel se me enfríe más de la cuenta y mi pulso decelere hasta detenerse pero yo siga escribiendo. Además anoche dormí como un bendito tronco, ajena a cualquier sonido procedente de la cámara o tercera planta según se mire de la posada de los horrores. Sea lo que sea que me picase, traía el aguijón cargado de valeriana porque no conseguí hacerme viva en lo que quedó de día y además, creo que he soñado cosas raras pero ya se han difuminado. Si en algún momento vuelven, las anotaré.

Y eso fue lo raro/creo que malo del día de ayer.

Lo bueno fue que me encontré con dos amigas de la infancia, que me reconocieron enseguida, pero yo a ellas no. Como lógica consecuencia de mi vergonzosa falta de memoria, pasé un buen rato disimulando, sonriendo y asistiendo a cuanto decían, hasta que una de ellas, muy amable y lo mismo de prudente, bromeó acerca de la evidencia. Después nos sentamos a tomar algo en la terraza del bar Ma-No-Lo y a base de anécdotas logré recordarlas. Eran dos hermanas, antiguas vecinas de mi primo Tomás, el primer emigrante de la familia de la tía Dorita. (El resto le siguió en cascada y aquí no quedó más que una bonita casa que con sumo gusto y pasta reformaron, para no venir jamás. Y es que Dios da pan a quien no tiene dientes).

Muy majas. De la mayor recuerdo que con ocho años tuvo problemas de extrema delgadez y pasó mucho tiempo peregrinando de hospital en hospital, hasta que descubrieron que tenía la tenia. Claro que perfectamente podría ser mentira. Escucharíamos algo y nos inventaríamos el resto. No sé. No lo recuerdo muy bien. Fue algo como muy fugaz y lejano que me pasó por la cabeza cuando recordé quiénes eran.

Se llama Teresa y si no tiene mi misma edad, allá andará. Es castaña y creo apropiado apuntar, como dato curioso, que tiene bastantes canas para sus años. Pero bastantes, bastantes, y no parece que le preocupe el tema, ni vi rastros de tintes pasados en ningún rincón de su media melena, medio rizada por no decir la hostia de despeinada. No le queda mal. Me pareció muy cuca. Seguramente camina tranquila por la calle, sabiendo que nadie la va a seguir con la mirada, pero con esa poderosa aura de importarle un cojón. Esa gente siempre me ha dado envidia. Yo soy insegura y temerosa de miradas ajenas, de las que se tocan la nariz en busca de un moco cuando me siento observada.

Del nombre de la hermana no me acuerdo, y sospecho que podría tratarse de algo habitual en su vida. La peque es como Teresa, pero aparentemente insulsa y de personalidad escasa. Una buena persona, de esas que pasan desapercibidas para casi todo el mundo. Me recuerda un poco a mí, salvo por lo de buena persona.

A la mesa de la terraza del bar se fueron agregando poco a poco… pues yo diría que todo el pueblo. Porque, salvo un par de mesas más alejadas, compuestas por seguramente los bordes del municipio, el resto yo creo que estaban todos con nosotras. Y todos muy majos. Algunos tal vez pasados de revoluciones, pero de esos también tenemos en la capi. Y el tío bueno. Que está como un queso tierno de cabra y que además se llama Aarón, que a mí me suena a dios egipcio. Claro que de no estar bueno, a lo mejor me sonaba a marca de cantimploras. No voy a describirlo, porque está bueno y punto. Que cada cual lo imagine como le plazca. Y luego había uno igualito a Chuck Norris, al que todos llaman Chuc (por si alguien creía que exagero) acompañado de una mujer que no me preguntes por qué, pero a mí me recordaba al cangrejo de La Sirenita, ese que tiene cuerpo de crustáceo y labios de negro. Y a ella nadie la mencionó, pero si al final va y se llama Sebastiana, me caigo de culo.

El tío bueno me miró bastante (y esta es la segunda cosa buena que me pasó). Pero supongo que lo hizo porque aquí soy lo que ellos consideran una borrega nueva, pues nunca he sido especialmente agraciada físicamente, y no es falsa modestia (ya quisiera yo). En cualquier caso, tampoco tengo muchas ganas de andarme con ligoteos, porque resulta que fui «la dejada» de la relación. Fue Pepito (no se llama así, por supuesto) quien se desenamoró. Que no fue por mí, ¿eh? Fue por él que tenía que encontrar un nuevo punto de equilibrio para no sé qué de su estabilidad emocional, o a lo mejor me lo estoy inventando porque no quiero pensar en ello.

Las once y diez. Nombrar a Pepito me ha recordado que tengo ganas de salir de la posada de los horrores, porque he quedado con mis nuevas/viejas amigas, Teresa y ¡joder!, no me acuerdo del nombre de la otra. Da igual. Luego vuelvo.

P.D: No pienso coger el coche por un poco de veneno zombi. Buscaré al druida de la aldea. Debe de haber uno escondido en alguna parte.

¡Marina! Se llama Marina.

 

23:30h.

Venga va. Voy a describirlo y me voy. El dios Aarón es alto, pues yo qué sé… ¿Metro ochenta?, quizá un poco más. Moreno con el pelo un pelín largo a lo afro, pero sin pasarse. A ver si me explico. La medida justa para que se le formen un par de rizos en cada mechón. Tiene unos ojazos verdes, de esos grandes con enormes pestañas que para mí las quisiera en mis mejores tiempos (incluso derramando sobre ellas una docena de botes de rímel de ese que es tan compacto que una vez puesto, lo mejor es no pestañear). Además de guapo es atractivo. Y es atractivo porque sabe que es guapo. Desprende esa clase de seguridad que desprenden los guapos de nacimiento en cada gesto. Mira sabiendo que el objeto a observar va a sentirse privilegiado. Pero todo esto con sencillez, ¿eh? No vayas a pensar que es un chulo de esos que dejan de ser guapos antes de acabar de decir «Hola». No, no. Este ha sido así siempre y lo tiene asumido. Es atlético, bien formado y con un culo de esos de… es perfecto, titi. Y lo raro de cojones no es mi extraño picotazo (que por cierto, ni me duele, ni me pica, ni me molesta lo más mínimo), ni tampoco los macabros sonidos de pasos de abuela que tanta murga me dieron hace dos noches (Diosito, por favor… que no sean las abuelas de las mecedoras…). Lo raro, raro, raro de verdad, es que yo no me acuerde de este tío. Averiguaré si es de aquí. Será mi misión de esta noche.

Ale. Ahora sí. Me voy.



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