Escribires. Entrada Diario 2

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Martes, 28 de julio de 2015, 8.30 de la mañana.

No os he hablado del pueblo. Y pese a que no hay mucho que decir acerca de Culodelmundo City, injusto sería no contar, al menos, que esto es un escupitajo perdido de la mano de Dios, con apenas cuatro calles, la mayoría sin asfaltar —para que los niños puedan descalabrarse a gusto— y un único punto de reunión para todos los vecinos, con nombre de persona muy a la española. Bar Paco, o Pepe, o puede que José (luego os lo confirmo), sirve a los vecinos de panadería, restaurante, casal social y centro de día. A la hora señalada todo quisqui se reúne allí, para que el resto del pueblo adquiera esa especie de halo tenebroso a lo apocalipsis zombi que en cualquier otro momento de mi vida me hubiese resultado gracioso. Ahora no. El pueblo goza de un bonito asfaltado adoquinado de la época de los romanos, muy decorativo y justo lo contrario de práctico. Incómodo para circular en coche, en carro de la compra o en patines. Aquí los niños ni se los pedían a los reyes. No les hubiese servido de nada. Y los romanos de tontos no tenían un pelo, o eso dicen los libros de historia. Pero a mí me vais a disculpar si discrepo un pelín de tal afirmación, puesto que en Culodelmundo hay callejones por los que el romano que conducía el carro no podía permitirse el beber ni un solo chupito, o la carrocería se les rayaba fijo contra las paredes. Que digo yo, que con tanto espacio como tenían —pues el municipio está rodeado por océanos de bosque a los cuatro costados— no veo la necesidad de hacer las calles tan estrechas. En la mía cabe un coche con bastante holgura, pero la mayoría de los vecinos tienen que aparcar lejos de sus casas. Bueno, lejos. Tú ya me entiendes. Tenían poca visión de futuro. O yo poca del pasado.

No he pegado ojo en toda la noche.

Acabo de releer lo que escribí ayer y he comprobado que en mi más que minuciosa descripción de La posada de los horrores, omití (por puro descuido) incluir la cámara o tercera planta, según se mire (si como planta contamos la cuadra). Me quedé en la escalera porque me entró miedo y sueño. Procedo y seré breve porque quiero salir de aquí.

La cámara o tercera planta, según se mire, es la estancia más grande de la casa y el lugar donde antiguamente se almacenaba trigo, patatas, cebollas y sacos rellenos de algo que a nosotros nos parecía tierra, o al menos a mí porque no recuerdo haber hablado con nadie acerca de aquello jamás. A los niños solo nos interesaba que se pudiese saltar encima sin reventones ni salpicaduras. Bastante teníamos con esquivar arañas y algún que otro ratón.

Apenas lo recuerdo, pero sé que de pequeña subía a jugar con mis primos. Y sé que sólo lo hacíamos de día, porque de noche aquello se transformaba en guarida de monstruos, demonios y demás villanos infernales. Si sigue igual o no, juro que jamás lo sabremos, dado que no albergo la más mínima intención de cruzar el umbral con el bizarro propósito de averiguarlo. La puerta sigue cerrada con llave y con llave continuará, mientras esta servidora permanezca en esta casa.

Pues eso. Que no he dormido en toda la noche, porque los monstruos, demonios y otras hierbas que habitan en la cámara o tercera planta, según se mire, de la posada de los horrores no han dejado de molestar o de fornicar unos con otros, o de lo que sea que hagan durante su botellón nocturno. Total, que una mierda de noche. Y si son ratas o cualquiera de sus posibles derivados será siempre una incógnita.

Sea lo que sea, está muy vivo y duerme de día. Y no. No es uno de esos ruiditos que se escuchan durante la noche porque es entonces cuando todo está en calma. Olvídate. Esa clase de ruiditos solo tienen cabida en lugares donde otros sonidos cohabitan con ellos durante el resto del día, camuflándolos hasta que la silenciosa noche regresa de nuevo. No es el caso. Y lo sé porque el sonido más estridente que en estos momentos se escucha en la posada de los horrores es el de la cuchara de mi tazón de café con leche, golpeando contra la escandalosa porcelana en la que se sumerge. Que hasta me sabe mal por si molesto a lo que quiera que ahora descansa en la cámara o tercera planta. Estos son ruidos muy raros, que en este momento no se escuchan. Como de pasos de abuela, de esos que arrastran los pies por el polvoriento suelo, a veces acompasados y otras todo lo contrario. Pero como resulta que he decidido pasar aquí el verano, casi que prefiero no pensar en ello.

Y como prefiero no pensar en ello, acabo de acordarme. Por aquí contaban la historia de un par de abuelas que aparecieron muertas en sus mecedoras, una después de otra y con apenas una semana de diferencia. Seguramente sería mentira, pero nosotros pasábamos más miedo que en donde se fabrica. Decían que las dos se habían acostado en sus camas, y que ambas habían amanecido sentadas y vestidas en sus sillas. Que las sillas estaban en habitaciones distintas de donde se habían quedado durante la noche, y que las pobres ancianas tenían los ojos abiertos como platos, y llenos de terror. Se me están poniendo los pelos de punta, pero como soy una de esas mujeres fuertes que caminan siempre con paso firme, exhalando madurez y fortaleza por donde pisa, me voy a olvidar de la historia de las abuelas que aparecieron muertas en sus mecedoras, desde este justo instante y por toda la eternidad, amén.

En fin… voy a ducharme en la cosa esa que hace las veces de ducha y me daré una vuelta por el pueblo, a ver qué se cuece. Debe de haber alguien por aquí, aunque a juzgar por la información que me llega a través de la vieja y estrecha ventana de la cocina, lo más probable es que lo que os acabo de comentar acerca del apocalipsis zombi, resulte ser cierto. A decir verdad… sería emocionante. (Lo retiro, ¿Eh?)

11.15 h.

Como no tengo agua caliente, porque aquí funciona con butano y hasta que no baje a la gasolinera no dispondré de un recambio, he querido hacerme la valiente y casi me cojo el garrotillo. La parte positiva es que se me ha quitado el calor, yo creo que para el resto del verano. La negativa, que el dolor de pezones que se me ha instalado, tardará lo mismo el remitir.  Ahora sí que me voy. Debería haberme ido ya. Lo sé. Pero es que me da un poco de pereza salir al mundo, aunque este nuevo mundo sea un escupitajo perdido de la mano de Dios.

A lo mejor no debería haber escrito lo de mi ducha de agua fría. No quisiera tener la sensación de que me excedo dando explicaciones a nadie en concreto. Tal vez lo borre. Deja de amenazar, Petra.

Luego retomo.


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