Escribires. Entrada Diario 10



Viernes, 31 de julio. 9:15h.

Buenos días, por decir algo. Hoy vengo cargada de novedades, y ninguna es buena para la salud. De modo que mi vida se ha convertido oficialmente en un enorme paquete de tabaco, en donde todos los ingredientes que la componen son nocivos.

Anoche subí a la tercera planta de La Posada de los Horrores, con cierta reticencia, pero prudente y cargada de la valentía que jamás creí tener. No había nadie, ni vivo ni muerto. Y mira que el sitio es ideal como residencia para almas en pena, y de no ser porque soy una Uttuku de tomo y lomo, tal cual subí habría salido zumbando en estampida.

El lugar es tétrico de narices. Una vieja cámara, vacía de paredes y colmada de telarañas de esas que cuelgan a la altura de la cara, para que uno se las trague sin tiempo de reacción. Con una chimenea negra como el humo, valga la evidencia, y cajas apiladas cubiertas de polvo en el fondo. No las he abierto ni tengo la más mínima intención de hacerlo, salvo que en algún momento de esta marciana historia descubra que el antídoto a mi mal se encuentra en alguna de ellas. De lo contrario, así permanecerán por mucho tiempo, o para siempre.

La cosa es que subí y me quedé plantada en la entrada, observando desde la distancia cómo la luz de la tosca bombilla que colgaba sin garbo alguno en el centro del techo, alumbraba el macabro lugar. Al principio dudé un pelín, no voy a engañarte, pero respiré profundo y se ve que me inflé de valor, porque un par de segundos más tarde me vi caminando por allí como Pedro por su casa. Aparté unas cuantas telarañas de mi cara y creo que alguna me la tragué. Comida. Algo es algo.

No vi huellas en el suelo, y eso era precisamente lo que buscaba. Por el contrario, la capa de polvo lo cubría al completo y yo misma fui quien dejó pruebas de haber estado allí. Era todo gris, como una foto de esas antiguas en blanco y negro. Y luego estaba el silencio. Que tú dirás: pues normal, en una sala donde no hay nada más que un decrépito vacío… Pues era un silencio extraño. Como si algo se me hubiese metido en las orejas o alguien me las tapase con las manos. La sensación me invadió nada más entrar, y se marchó nada más salir.

Pero lo curioso fue la silla, la de la izquierda de la chimenea. Porque había dos, una a cada lado. La de la derecha estaba sucia, lógicamente y como todo lo demás, pero la otra estaba limpia. Ni una mota de polvo, ni siquiera en esos barrotitos de las patas que sirven para unir unas con otras, y en donde uno siempre acaba apoyando los talones. Nada de nada. Impoluta como los chorros del oro. No solo es que ahí se ha sentado alguien, sino que ese alguien se emplea a fondo en mantenerla libre de ácaros.

De modo que me quedé un rato allí clavada, mirándola con cara de no haber visto nada igual en mi vida, y cansada de esperar a que el alma de una abuela penitente viniese a sentarse, cogí las dos sillas y me las bajé a la cocina. Que tú dirás: ¿y para qué? Pues muy sencillo, querido diario. Porque quien sea que ha plantado allí su culo, ya sea de este o del otro mundo, va a tener que venir a buscarla si quiere volver a descansar mientras la menda esté en esta casa. Y de paso responderá a unas cuantas preguntas, por ejemplo: qué le empujó a morderme a mí, con la cantidad de gente fresca y lozana que hay en el pueblo. Además me dirá cómo curarme esta mierda de siniestro envenenamiento o te juro que las sillas irán directas a la chimenea. Y para ponérselo fácil no he cerrado con llave la puerta que sube, aunque desde el punto de vista de un espíritu sea una gilipollez. Ahora solo espero que cuando se decida a venir a por sus enseres mi recientemente adquirida bravura siga estando conmigo o me cagaré encima, tal vez de manera literal.

Para entonces ya eran las tres de la madrugada. Me lavé los dientes, no sé por qué, pues ni mi propia saliva me da para ensuciarlos, y me metí en la cama a la espera de volver a escuchar los pasos de mi demonio particular. A las cinco y cuarto me harté de dar vueltas en la cama y volví a la cocina, tampoco sé por qué, pues allí solo había lo de siempre, más las dos sillas que deberían haber estado pero que no estaban. Me quedé muerta.

Subí corriendo y con las prisas no encendí ni la luz. Ahí estaban, una a cada lado de la chimenea, la sucia a la derecha y la limpia a la izquierda, tal como las había encontrado unas horas antes. Pero para huevos los míos. Las bajé de nuevo, esta vez gritando algo así como «si las quieres vas a tener que hablar conmigo», y cerré la puerta con llave, chorrada mayúscula.

Con los nervios no reparé en que puedo ver en la oscuridad. Me he dado cuenta esta mañana y he pensado que si la señora Sinforosa no termina enterrándome viva y cubierta de ajos, a partir de ahora ahorraré mucho en luz. Hay que ser positivo.

Total, que a las cinco y media pasadas salí de casa y caminé durante un buen rato por las calles desiertas de Culodelmundo. Descubrí que me encanta la oscuridad, la tenue luz de la luna y la quietud del silencio tenebroso de la noche. Además no tenía frío ni tampoco miedo. Me sentía poderosa y con la sensación de que nada podía pasarme, o más bien de que podría enfrentarme sin pestañear a cualquier persona o monstruo que se cruzase en mi camino.

Me adentré en el bosque y paseé entre los árboles como si esa fuese mi casa. Como si todo lo anterior hubiese sucedido dentro de una enorme prisión. Mi vida entre rejas se había disuelto y ahora era libre. Me tumbé junto al río y cerré los ojos durante un rato, saboreando mi nuevo estado de ánimo. Y estaba tan relajada que durante un instante dudé si tenía pulso. No tenía. Te juro que estuve como cinco minutos sin sentir mi pulso y sé buscarlo perfectamente. Luego volvió y cada cierto tiempo lo compruebo de nuevo. Late muy despacio y sospecho que en algún momento se detendrá para siempre. Pero continúo siendo persona, no sé por cuánto tiempo.

Son las once y cuarenta de la mañana y necesito visitar a Sinforosa, antes de que mi corazón deje de latir o acabaré en la Cueva de los Simitos. No sé con quién ha hablado o si está preparando un arsenal de paté de ajo con el fin de darme caza para cuando mi transformación sea oficial. Debo intentar curarme, aunque me sienta mejor que nunca. Porque el hambre sigue apretando y estoy empezando a plantearme que tal vez lo de la sangre no esté tan mal.

Por cierto… las sillas siguen abajo.

13:15 Horas.

La señora Sinforosa no fue a hablar con el cura, dato que me mosquea profundamente si me pongo a recordar su comportamiento de anoche. Parece ser que le buscó, pero con el mismo éxito que yo. El hombre no estuvo en misa ni tampoco en su casa.

Está muy preocupada porque los signos de la metamorfosis son cada vez más evidentes. Ya no puedo salir a la calle sin gafas de sol, y camino buscando la sombra como un sediento el agua. Además mi piel está adoptando el color de la porcelana y mi pulso continúa decelerando. Y para rematar, en un momento en que la mujer hablaba de las improbables formas de revertir el puñetero hechizo, me ha pillado mirando fijamente a su yugular. Y cuando he reparado en que ella había reparado, me he puesto nerviosa y eso también lo ha notado.   

Me tiene cariño y eso es muy bueno para mí. Supongo que porque de lo contrario, ya habría dado la voz de alarma a quienes sea que deba llamar, si la cosa acaba mal: los Cazafantantasmas.

He pensado en darle uno o dos días para que recopile toda la información que pueda, y si no veo color, saldré de aquí pitando. Soy muy joven para morir enterrada viva y entre ajos. No quiero ni imaginarme la tortura, si una pizca de paté me hizo rabiar de dolor.

Me ha tomado la temperatura. Estoy en 36 y medio y bajando. Pero de momento la cosa no parece ser muy grave. No sabe cuánto tiempo me queda, ni lo que tardaré en matar cuando suceda. De lo que está segura es de que lo haré, porque llegará un momento en que no soportaré el hambre. Le he preguntado que si podría alimentarme de sangre animal y ha respondido que eso son tonterías de las películas de Hollywood, a lo que he respondido que tal vez no haga falta matar. Puedo buscar bancos de sangre, o sencillamente chupar un poco sin llegar hasta el final. Dice que eso estaría bien, si no fuese porque llegado el momento poco me importará la vida de lo que, para mí, solo serán trozos de carne.  

Estoy jodida. Mi novio me ha dejado, el tío bueno del pueblo quiere temita conmigo pero yo voy a tener que comérmelo, el espíritu penitente de alguien me roba las sillas y en breve me convertiré en un monstruo despiadado que matará personas para sobrevivir. Y yo solo quería disfrutar de un verano sabático. Desconectar un poco de mi patética realidad, no apagarla para siempre.  

Sinforosa da vueltas a algunas ideas que teme no darán ningún resultado, pero no quiere descartarlas porque no se intentaron con mi predecesora. Por ejemplo, un exorcismo. Duda que funcione ya que esta clase de rituales solo sirven cuando el sujeto ha sido poseído por un espíritu, y lo mío es un bocado de un chupasangre babilónico. Manda cojones.

Otra opción sería mandarme directamente al hospital y exponer mi caso ante la comunidad médica, que sería lo más lógico si tenemos en cuenta que lo que me está sucediendo no es ni más ni menos que un envenenamiento. Tal vez con una transfusión de sangre el problema quedaría resuelto, si no fuese porque correría el riesgo de convertirme en una rata de esas de laboratorio o en insecto de manicomio.

Casi prefiero morirme y luego ya iré viendo. Estoy pensando que las cárceles están llenas de asesinos y violadores de niños, que viven bastante mejor de lo que se merecen con el dinero de nuestros impuestos. Podría ahorrarles unos cuantos euros a las arcas públicas limpiando el país de esta porquería. Y algún que otro político de esos que tanto han robado. Seguro que estos tienen la sangre deliciosa de comer bogavantes y caviar del bueno.

En fin… voy a tumbarme un rato en la cama, a mirar musarañas o a contar los segundos que me quedan. Hoy no saldré hasta que el sol no se haya escondido un poco, no vaya a ser que me fría como un San Jacobo. Luego he quedado otra vez con Sinforosa, que volverá a pasarse por casa del cura y después me acercaré al bar Manolo, a ver qué se cuenta esta gente.

Si sigo viva te escribo. Y si no también.


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