Escribires. Entrada Diario 1

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Empujada por mí misma al pretender parecer lo que nunca fui, la vida me trajo a patadas hasta aquí.

«Aquí» es el pueblo de mis padres, y supongo que un poco mío también, por lo de la sangre y todo eso. Que uno tiene que ser o considerarse de un lugar en cuestión para poder presumir de gentilicio. Eh, chaval. Que soy culodelmundense, a ver qué va a pasar. De verdad que me resulta muy curioso. Hace poco leí que alardear de ser de un determinado lugar es el equivalente a sentirse orgulloso de haber vivido en un tercero. Teniendo en cuenta que uno nace donde nace, por puro azar y nada más, no puedo estar más de acuerdo con esta reflexión.

No me llamo Petra, pero este será mi nombre tapadera. ¿Se dice así? Suena misterioso. Ridículo hasta decir basta, pero misterioso.  Esta, junto con el nombre del pueblo de mis padres —Culodelmundo City— y alguna que otra cosilla sin demasiada importancia, serán mis únicas mentiras (creo), salvo las posibles resultantes de mi peculiar percepción de la realidad. Véase: Aquella no me saludó porque le caigo mal, o el panadero me mira el culo cuando me giro. Las apreciaciones de cada cual. Tú ya me entiendes.

Hoy es quince de julio del 2015 y en el Culodelmundo City hace un calor apocalíptico, vaticinado cual presagio nostradámico, por el simpático (en exceso, desde mi humilde apreciación de hastiada telespectadora) hombre del tiempo, mucho antes del verano. Que me vais a perdonar mi rústico lenguaje, pero yo flipo con esta gente del tiempo, que te dicen si va a llover y dónde, con varios lustros de antelación y una precisión milimétrica. Tiene que ser algo rollo médium, no me jodas.

He llegado esta mañana y pienso quedarme a pasar el verano, porque tengo veinticinco años y acabo de separarme. No debí haber dicho mi edad. Debe haber pocas mujeres que puedan presumir de haberse divorciado a los veinticinco en este país. De modo que, atando cabos, alguien podría descubrirme. Claro que también podría borrar este párrafo, o cambiar lo de la edad. Tal vez lo haga. Lo decidiré cuando lo repase, antes de subirlo. Que no sé si voy a subirlo, porque las centenarias paredes de mi residencia veraniega no dejan pasar la cobertura más que a trompicones y sin horario fijo. Pero eso yo ya lo sabía (o lo suponía) cuando decidí largarme a cualquier sitio en donde poder desconectar de mi penosa realidad. Y aunque me pese, voy a tener que reconocer que cuando tomé la decisión de alejarme temporalmente de mi mundo, incluí también la parte tecnológica. Sea como sea, trataré en todo momento de hacer lo que me plazca. Con estos dos meses que tengo por delante, con mi vida, con lo que escriba, y con cómo lo escriba.

Entonces…

La casa es de mis padres y yo la llamo, acabo de decidirlo, La posada de los horrores. Echando cuentas, y a ojo de buen cubero, creo que hace unos diez años que no vengo por aquí. Ni yo ni nadie de la familia. Y ahora que la miro desde la perspectiva de un adulto (menuda patraña, y ya van tres) entiendo el motivo. Es terrorífica, maquiavélica, vieja, carcomida por el lento arrastrar del tiempo y preñada de los horrores que tantos años de silencio han sembrado en su vientre. Suena shakesperiano, ¿verdad? Pues no es cierto. Me refiero a los motivos por los que no hemos venido durante tanto tiempo. La descripción de su chasis es rotunda y lamentablemente cierta. El resto son rencillas —¿rencillas? Qué delicada me he vuelto— familiares sin importancia (me meo) que no pienso relatar, por falta de ganas de matar de asco y/o aburrimiento al lector.

Entonces tú entras por la cuadra, que es una especie de corral interior con suelo de cemento centenario desconchado y una lacónica bombilla colgando de un techo bajo, oscuro y lleno de telarañas, donde antiguamente dormía el macho, mula o burro de la familia, para acceder a la vivienda. Yo lo he cruzado corriendo y sin mirar a los lados porque estoy casi segura que ahí vive alguien más y he preferido no verlo. Con mi maleta de dos por dos en una mano y el macroneceser en la otra, la imagen no ha sido ni elegante, ni tampoco sexi.  Al fondo hay una taza de váter y una pila, pero yo apenas lo recuerdo porque la escalera está antes y como he corrido tanto, no he tenido ocasión —ni falta que me ha hecho— de verlo con claridad. Así es que de momento y hasta nueva orden, nos valdremos de mis recuerdos, porque ojos que no ven, espíritu maligno que no sienten. En la cuadra no hay ventanas, porque se ve que los burros veían en la oscuridad.

Sobre la cuadra se asienta la vivienda. En la primera planta y nada más subir, una cocina pequeña, con horno de butano, una estufa de leña incrustada bajo la chimenea más fea del mundo que no me apetece describir porque para qué,  y una estrecha mesa con las patas de aluminio, de esas plegables con un cajón en medio que sólo le caben tres cucharas y tres tenedores, un poco de lado, porque antiguamente los fabricantes de cajones para cubiertos, y los de los cubiertos, no se ponían de acuerdo con el tema del tamaño. Pero antaño también había una solución para todos los problemas, cosida a medida para cada época y su corte social. Por eso en las casas viejas del pueblo, lo de la falta de espacio para los cubiertos se solucionaba con unos armarios con cajones, casi siempre de un verde muy claro al punto celeste, que costaba más abrirlos que comprarlos, transportarlos y montarlos. Que tú metías allí los utensilios de cocina y ya no volvías a verlos, salvo que tuvieses a mano una motosierra. Pero en la cocina de la posada de los horrores nunca tuvimos que sufrir la presencia del armario verde de cajones infranqueables, por la sencilla razón de que no cabía. Así es que la abuela María, mujer lista donde las hubo, solucionaba el problema con un bote vacío de garbanzos, de esos de aluminio de principios de la segunda guerra mundial, que muy inteligentemente colocaba cerca del fuego para que todo aquel que osara pretender hacerse con una cuchara, gozase las mieles de una buena quemadura de segundo grado. Ella nunca se quemó, porque los callos de sus manos fueron forjados en el fuego del monte del destino, dotándola de extremidades ignífugas. Era un superpoder muy práctico.  Y el abuelo Pacucho tampoco se quemó, pero nunca supimos si fue por el mismo motivo que la abuela, dado que nadie le vio jamás acercarse a la zona en cuestión, ni siquiera por mera curiosidad. Al abuelo se la traía al fresco si las migas que comía tres o cuatro veces por semana, se cocinaban en una sartén, o las vomitaba la abuela y las aderezaba con sal.

El lavabo está justo enfrente y fue construido por alguna raza de duendes enanos, o algún pariente de David el Gnomo. Sin ducha porque aquí la gente sólo se bañaba en el río cuando llegaba el verano, pero con una manguera que mi padre instaló sobre un agujero en forma de embudo junto a la taza, y una cortina azul de plástico con delfines sonrientes saltando de alegría, quisiera yo saber por qué. La cortina de los delfines felices pega con la taza para que en las frías noches de invierno uno pueda taparse con ella, mientras hace pipí. Y mucho cuidado con bajarte la ropa interior sin antes calcular bien la jugada, o correrás el riesgo de partirte la crisma con la mini pila de enfrente, como la tía Julita que del trastazo perdió el conocimiento y durante casi un cuarto de hora no supo ni quién era ni dónde estaba. Yo era muy pequeña y solo recuerdo a mi madre descojonándose. Seguro que fueron los nervios. Mamá es borde, pero justo hasta donde las ganas de darle con una sartén antiadherente no duren más de cinco o diez minutos. En el lavabo no caben dos personas, porque allí no hay oxígeno para alimentar a más de un par de pulmones.

Y después las habitaciones, dos en el lado de la cocina y una en el del lavabo de los delfines felices y la pila asesina, con camas de esas que rechinan como un camión circulando sin ruedas sobre un asfalto de hierro oxidado,  y al final de un largo y tenebroso pasillo, el comedor. La cocina en una punta y el comedor en la otra. Como Dios manda. El comedor es lo más normal de la vivienda, si pasas por alto el desnivel del suelo y no se te pasa por la cabeza la insensata idea de salir al balcón, lo cual ya de por sí sería absurdo, puesto que en su superficie no cabe ni un macetero de esos que son largos y estrechos. Esa clase de balcones siempre me han parecido una imbecilidad, y no es cosa de tiempos pasados, puesto que aún se construyen. Los abuelos nunca nos dejaron salir, porque decían que no soportaría ni el peso de un niño. Le teníamos tanto miedo, que evitábamos ponernos debajo cuando jugábamos en la calle.

Y por último y para remate del terror, la escalera que asciende a la segunda planta, o tercera, según se mire. Que no es otra que la que sube desde un rincón de la misma cocina, lugar donde en este momento me encuentro, a través de una vieja y tétrica puerta de madera, cerrada con llave y comprobada por mí misma tres veces. Me siento frente a ella y no pienso darle la espalda.

Puesto que nunca había venido sola al pueblo, no tenía normas con respecto a mi estancia en la posada de los horrores. Pero desde ya, declaro que no pienso acercarme al comedor hasta que no se haga de día. He cenado un trozo de pan con salchichón de pavo y de aquí no me muevo, más que para saltar al lavabo y de allí a la habitación más cercana.

La una menos cuarto. Estoy acojonada y la noche promete. Promete no dejarme dormir empleando para ello un sinfín de variados crujidos inidentificables, desde hace un buen rato y hasta el amanecer. Pero el miedo no me vendrá mal. Y parece que escribir tampoco. Durante un rato he dejado de pensar en él. Tal vez me sirva de desahogo. Y oye… tampoco lo hago tan mal.

Me voy a dormir… o a cagarme de miedo.


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