Dibujos en la pared: Elena (capítulo 1)

En la noche del veintiséis de noviembre de dos mil diez, sin motivo aparente ni razón alguna, un total de ocho personas desaparecen del viejo edificio que fue su hogar. Entre ellos seis mayores, una joven madre y su hija, se desvanecen, dejando atrás un vasto reguero colmado de mudos testimonios, clamando a gritos la huida, pero no la dirección de su fortuito destino.

Sin más testigos que las paredes recién pintadas de su antigua escalera, un par de solitarios contenedores de basura, que desde hace tiempo habitan frente a la puerta de la finca, y un sobre cerrado junto a la mesita, apoyado sobre la misma fea lámpara de siempre, en el que alguien ha garabateado algo de forma precipitada:

“Entregar al inspector Ayala”

Sentado en el mismo sofá donde una noche lo hiciese junto a ella y con los codos apoyados sobre sus rodillas, el inspector Ayala dobla por la mitad aquel trozo de papel, arrancado a corre prisa de una vieja agenda del año dos mil, lo guarda de nuevo en el sobre y se frota los ojos con evidentes síntomas de cansancio. Al cabo agacha la cabeza y se rasca la nuca con ambas manos. No será uno de sus mejores días. Apenas ha dormido trabajando en el caso del siniestro cadáver del día anterior, y ahora esto.

“Gatos”. Ha dictaminado el forense, sin ninguna clase de duda. Entre cuatro y seis mininos destrozan a un hombre a base de mordiscos y arañazos. Lo más grotesco e inaudito que ha presenciado en toda su corta pero intensa carrera en el cuerpo, y el motivo que le impidió quedar anoche con ella.

De haberla visto, tal vez esto no habría sucedido. O tal vez sí. O tal vez sí, pero no hoy. Ahora da igual. Porque Elena se ha marchado para siempre, arrastrando consigo al vecindario en pleno y convirtiendo lo que debería haber sido un simple suceso más de desaparición voluntaria, en el segundo caso más inaudito de toda su corta pero intensa carrera en el cuerpo.

Platos con los restos de una copiosa cena, probablemente para todos los vecinos, yacen desparramados sobre la mesa del comedor de Sofía, como si alguien hubiese recogido a puñados su contenido antes de marchar. Armarios abiertos y ropa desparramada por el suelo en las cuatro viviendas que, hasta la fecha, han permanecido ocupadas. Todo lo demás…perfecto y en su sitio.

Una finca desierta. Completamente abandonada de la noche a la mañana. Esfumados sus inquilinos deprisa y corriendo, cargando con lo justo y desapareciendo, como quien huye del mismísimo diablo.

El inspector Ayala respira profundamente, tratando de poner en orden el montón de absurdas ideas que corren sin cabeza por el interior de su mente, y se deja caer hacia atrás, apoyando la espalda contra el respaldo del sofá. Un agente entra en la estancia y le dice algo. Completamente abstraído asiente con la cabeza sin saber qué es.

Sólo puede pensar en ella y en la escueta nota de despedida que sujeta entre los dedos de su mano derecha. Un incómodo sentimiento de angustia comienza a perforar su estómago cuando descubre que aquello le quitará el sueño durante demasiado tiempo.

Agacha la cabeza y observa el sobre, medio arrugado y contagiado del sudor que brota de su mano. No encontrará nada nuevo entre esas líneas, ni es necesario desplegarlo para leerlo otra vez, ya que puede recitarlo de memoria, igual que lo haría el niño que reza arrodillado a los pies de su cama. Pero, por algo parecido a ese estúpido impulso que empuja a las personas a abrir perseverantemente la nevera sabiendo de antemano y a ciencia cierta lo que van a encontrar en su interior, lo despliega una última vez y, alzándolo delante de su abatido rostro, lee de nuevo.

“Alex:

Quisiera decirte muchas cosas pero, ni dispongo del tiempo necesario para poder hacerlo, ni creo que ninguna de mis razones te sirva de consuelo. Tengo que marcharme y necesito que no me encuentres. Y lo necesito para que todos estemos a salvo. Tú, yo, mi hija, Carmen…ya sabes.

Quienes que no están aquí, se han marchado por voluntad propia. Ha sido necesario. Siento mucho haber tenido que dejarte de esta manera. Intenta no buscarme. Lo siento. Lo siento. Lo siento. Hasta siempre.

Elena.”

Alex deja caer la mano con la nota, cansinamente, sobre sus piernas. Cierra los ojos y se pellizca el puente de la nariz. Al abrirlos de nuevo, la imagen difusa de una joven se dibuja frente a él, mirándole fijamente y sonriendo apenas, de forma irónica. La mujer levanta el dedo índice y le apunta directamente a la cara.

– Te lo dije. – susurra antes de desvanecerse, vestida con su insolente sonrisa.

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