Dibujos en la pared_capítulos

Una mujer sin pasado, un libro sin palabras, una niña, un destino…

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AUNQUE YO NO PUEDA SENTIRLO

Un día recordé a Elena. La joven del vestido triste. Recordé la primera vez que la vi. Andaba intentando recogerse las mangas, que le colgaban tres palmos por debajo de las manos, como las ramas de un sauce llorón. Al tiempo tropezaba sin cesar con el largo del vestido. Daba dos pasos y caía enredándose con aquel inmerecido y repentino amasijo de tela invisible.

Si no hubiese dado tanta pena verla, la escena habría resultado cómica. Pero aquella imagen daba de todo menos risa. Tal vez una ligera sonrisa compasiva, al estilo fraternal. Aunque yo no pueda sentirlo. Es un dato meramente aclaratorio. Una forma de describirlo.

Recordé la apariencia y el tejido de su vestido. Era asombrosamente feo. Elaborado con retales de una tela vieja que nunca fue nueva. Desgastado sin haber sido usado. Cosido con un hilo húmedo y florecido de puro llorar.

Y bolsillos. Muchos bolsillos. Algunos llenos y otros vacíos. Los vacíos estaban rotos, aunque no por el desgaste. Se diría más bien que alguien los había roto a conciencia.

Intenté en vano imaginar por qué los rompieron y cuál había sido su contenido. Quizás algo de magia. Puede que algún tipo de cariño. Como el que se le tiene a un perro. Compasión… tal vez. No conseguí hacer memoria.

Sí pude hacerlo en cambio, con el contenido de los otros. Los que estaban llenos. Recuerdo con cierto asombro lo fácil que me resultó revivirlo. Algo bastante inverosímil tratándose de un servidor, pues trabajo me cuesta ordenar las incontables memorias que, bajo mi guarda y custodia, descansan desordenadas en viejos cajones, y mucho menos identificarlas con aquellos a quienes pertenecen.

Por algún motivo que no logro entender, la historia de Elena me salpica pequeñas gotas de lo que interpreto pueda ser algo parecido a un sentimiento, tal vez de melancolía, desde hace un tiempo. Aunque yo no pueda sentirlo. No encuentro otra manera de describirlo.

Lo recuerdo todo con asombrosa claridad. El deplorable color gris rancio de su patético vestido. La cada vez más pronunciada curva que dibujaba su espalda, al volver a levantarse una y otra vez. Puedo ver su rostro como si la tuviese frente a mí. Sus ojos tristes, como los de un animalillo abandonado en cualquier lugar. Los bolsillos llenos de su viejo vestido triste, rebosantes unos de rabia, otros de pena y vergüenza.

En todos mis largos años de esmerado servicio jamás vi a nadie vestido con semejante desolación.

Y luego llegó el tiempo. Ese que dicen que todo lo cura. Un gran amigo del que no puedo sino disentir encarecidamente.

El tiempo no cura. El tiempo cubre con sal viejas heridas. Si la sal se hace costra, la herida permanece cobijada bajo la superficie. Pero debe cuidarse mucho de la lluvia, pues, si la sal se humedeciese, penetraría en la adormilada herida, provocando un dolor que agradezco sea indescriptible, ya que no sabría cómo hacerlo.

El tiempo crea lagunas y las coloca cuidadosamente sobre los recuerdos que más duelen. Y allí, sumergidos como un pueblo abandonado en el fondo de un pantano, permanecen latentes.

Pero en años de sequía, cuando el nivel del agua desciende, la torre del campanario asciende, buscando luz para ver y aire para respirar.

El tiempo disfraza la memoria, espolvoreando una densa niebla sobre la membrana de la retina. Así, cuando se mira hacia atrás, uno puede vestirse y vestirlo todo del color de la tranquilidad.

Pero el viento frío siempre soplará cuando le plazca. Jamás pedirá permiso ni anunciará su visita. Nadie sabrá de donde viene, pues el viento es tan libre como su propio nombre.

Y algún día soplará de cara con la fuerza de un ciclón. Ese día no habrá niebla, ni falsos ropajes. Sólo existirá la verdad. Esa que dicen que tanto duele. Y eso, me consta, sí es una gran verdad.

No. El tiempo no cura. Y cuando llegó hizo exactamente lo que se esperaba que hiciese. Cubrió sus heridas con sal, con lagunas inundó sus recuerdos y sus retinas se cobijaron tras la densa niebla.

Algún día vendría el viento a azotarle en los ojos. Algún día la lluvia mojaría la seca sal de sus heridas y se secarían sus lagunas algún día. Pero algún día…no era ese día.

Y fue así como el triste vestido fue poco a poco ciñéndose a su piel. Dejó el largo de ser tan largo en la falda y en las mangas.

Aprendió entonces a caminar con su feo vestido. Los bolsillos llenos de vergüenza se cosieron con un hilo hecho de costumbre y los vacíos de cariño comenzaron a llenarse cuando nació su estrella.

Y tanto se ciñó a su cuerpo la vieja tela, que un día dejó de sentirlo. Creyó borrar su recuerdo. Y entonces, pensó que quizás… ya no llevaba su triste vestido.

 

He rescatado la historia de Elena de entre mis archivos porque quiero hacerla libre. Como el viento.

Narraré todo cuanto está escrito, sin cambiar ni omitir una sola palabra.

A partir de ahora cada cual será libre de creer o no.

Yo, el humilde servidor que la relata, garantizo tanto su autenticidad, como la ausencia de agravio por mi parte, en caso de no creer.

Porque no puedo sentirlo.

 

ELENA

En la noche del veintiséis de noviembre de dos mil diez, sin motivo aparente ni razón alguna, un total de ocho personas desaparecen del viejo edificio que fue su hogar. Entre ellos seis mayores, una joven madre y su hija, se desvanecen, dejando atrás un vasto reguero colmado de mudos testimonios, clamando a gritos la huida, pero no la dirección de su fortuito destino.

Sin más testigos que las paredes recién pintadas de su antigua escalera, un par de solitarios contenedores de basura, que desde hace tiempo habitan frente a la puerta de la finca, y un sobre cerrado junto a la mesita, apoyado sobre la misma fea lámpara de siempre, en el que alguien ha garabateado algo de forma precipitada:

«Entregar al inspector Ayala»

Sentado en el mismo sofá donde una noche lo hiciese junto a ella y con los codos apoyados sobre sus rodillas, el inspector Ayala dobla por la mitad aquel trozo de papel, arrancado a correprisa de una vieja agenda del año dos mil, lo guarda de nuevo en el sobre y se frota los ojos con evidentes síntomas de cansancio. Al cabo agacha la cabeza y se rasca la nuca con ambas manos. No será uno de sus mejores días. Apenas ha dormido trabajando en el caso del siniestro cadáver del día anterior, y ahora esto.

«Gatos». Ha dictaminado el forense, sin ninguna clase de duda. Entre cuatro y seis mininos destrozan a un hombre a base de mordiscos y arañazos. Lo más grotesco e inaudito que ha presenciado en toda su corta pero intensa carrera en el cuerpo, y el motivo que le impidió quedar anoche con ella.

De haberla visto, tal vez esto no habría sucedido. O tal vez sí. O tal vez sí, pero no hoy. Ahora da igual. Porque Elena se ha marchado para siempre, arrastrando consigo al vecindario en pleno y convirtiendo lo que debería haber sido un simple suceso más de desaparición voluntaria, en el segundo caso más inaudito de toda su corta pero intensa carrera en el cuerpo.

Platos con los restos de una copiosa cena, probablemente para todos los vecinos, yacen desparramados sobre la mesa del comedor de Sofía, como si alguien hubiese recogido a puñados su contenido antes de marchar. Armarios abiertos y ropa desparramada por el suelo en las cuatro viviendas que, hasta la fecha, han permanecido ocupadas. Todo lo demás… perfecto y en su sitio.

Una finca desierta. Completamente abandonada de la noche a la mañana. Esfumados sus inquilinos deprisa y corriendo, cargando con lo justo y desapareciendo, como quien huye del mismísimo diablo.

El inspector Ayala respira profundamente, tratando de poner en orden el montón de absurdas ideas que corren sin cabeza por el interior de su mente, y se deja caer hacia atrás, apoyando la espalda contra el respaldo del sofá. Un agente entra en la estancia y le dice algo. Completamente abstraído asiente con la cabeza sin saber qué es.

Sólo puede pensar en ella y en la escueta nota de despedida que sujeta entre los dedos de su mano derecha. Un incómodo sentimiento de angustia comienza a perforar su estómago cuando descubre que aquello le quitará el sueño durante demasiado tiempo.

Agacha la cabeza y observa el sobre, medio arrugado y contagiado del sudor que brota de su mano. No encontrará nada nuevo entre esas líneas, ni es necesario desplegarlo para leerlo otra vez, ya que puede recitarlo de memoria, igual que lo haría el niño que reza arrodillado a los pies de su cama. Pero, por algo parecido a ese estúpido impulso que empuja a las personas a abrir perseverantemente la nevera sabiendo de antemano y a ciencia cierta lo que van a encontrar en su interior, lo despliega una última vez y, alzándolo delante de su abatido rostro, lee de nuevo.

 

«Alex:

 Quisiera decirte muchas cosas, pero, ni dispongo del tiempo necesario para poder hacerlo, ni creo que ninguna de mis razones te sirva de consuelo. Tengo que marcharme y necesito que no me encuentres. Y lo necesito para que todos estemos a salvo. Tú, yo, mi hija, Carmen…ya sabes.

 Quienes no están aquí, se han marchado por voluntad propia. Ha sido necesario. Siento mucho haber tenido que dejarte de esta manera. Intenta no buscarme. Lo siento. Lo siento. Lo siento. Hasta siempre.

 Elena.»

 

Alex deja caer la mano con la nota, cansinamente, sobre sus piernas. Cierra los ojos y se pellizca el puente de la nariz. Al abrirlos de nuevo, la imagen difusa de una joven se dibuja frente a él, mirándole fijamente y sonriendo apenas, de forma irónica. La mujer levanta el dedo índice y le apunta directamente a la cara.

—Te lo dije —susurra antes de desvanecerse, vestida con su insolente sonrisa.

 

1.LAS SÁBANAS

Barcelona, a 28 de septiembre de 2010.

Dos meses antes…

 

—Paula, cariño. Espero que esta sea la última vez que te lo digo. Tómate la leche. Tienes que irte a la cama enseguida. Se está haciendo tarde.

—¿Tú también?

—¿Yo también qué?

—¿Tú también vas a irte a la cama?

—Yo iré dentro de un ratito. ¿Quieres hacerle el favor a mamá y dejar de mirar por la ventana? Te pareces a Emilia. Todo el día olisqueando…

—¿Qué es olisecando?

—Olisqueando. Lo que hacen los perros.

—¿Mover el rabo?

—No, mico. Mover el rabo es mover el rabo. Olisquear es oler. Con la nariz. Como cuando te hago una comida que no has probado nunca y antes de comértela la hueles ¿Entiendes?

—Sí… porque si no me gusta como huele, no me la quiero comer.

—Exacto.

—¿Emilia está todo el día oliendo?

—Claro que no. Pobre mujer. Es una forma de hablar. Hay personas que a veces hacen cosas… ya te lo explicaré cuando seas un poquito más mayor. ¿Te parece?

—¿No me lo puedes explicar ahora, mamá?

—Ahora no puedo, vida. Aún me queda organizar todas estas facturas, antes de irme a la cama. Y tú me podrías ayudar, bajándote de la silla y bebiéndote la leche.

—La seño Raquel dice que hay personas que no tienen cama y que tienen que dormir en la calle porque no tienen dinero para comprarse una cama. Y que, cuando es en invierno, se tapan con cartones para no tener frío, porque no tienen dinero para comprar mantas y que no tienen sábanas. Dice que nosotros somos unos enfundados porque tenemos camas y mantas y sábanas. ¿Puedo dormir esta noche sin sábanas, mamá?

Mamá levantó levemente la ceja izquierda por encima de las gafas de leer facturas, sin dejar de mirar la que tenía entre las manos.

—Se dice afortunados… y no. No puedes dormir sin sábanas.

—¿Por qué no? A-fo-run-tados.

A-for-tu-na-dos. Porque tu cama ya está hecha. Porque dormirás mucho mejor con tus sábanas y porque tú no tienes la culpa de que haya gente que no tiene sábanas. ¿Vale, mico?

—Vale… lo siento —murmuró la niña—. A-for-tu-na-dos —. ¡¡Bien!!

—¡Muy bien! Y ahora, ¿vas a hacerme caso por fin, o no? ¿O es que piensas seguir haciendo preguntas toda la noche?

—Mamá… —Efectivamente. Pensaba hacerlo.

—Queee… —A Elena se le empezaba a escurrir la paciencia. Igual que cuando limpiaba boquerones en casa de doña Leonor. Malditos pececillos escurridizos… Levantó la mirada hacia el fluorescente que colgaba del techo, implorando un poquito de entereza. La que se le escapaba todas las noches a esas horas.

La pequeña dejó de mirar por la ventana, giró ciento ochenta grados y pegó un bote de campeonato, aterrizando con las piernas abiertas y apoyándose con las manitas en el suelo. Uno de esos saltos que las autoridades sanitarias recomiendan no hacer en ningún caso después de los treinta. Después corrió a situarse junto a su madre, dispuesta a prorrogar su interrogatorio tanto como le fuese posible.

—¿No te gusta Emilia? —continuó.

—Menuda pregunta. Adoro a nuestros vecinos y tú lo sabes. —Mamá movió la cabeza de derecha a izquierda con el fin de estirar los músculos del cuello y volvió a concentrarse en las facturas. Apartó a un lado la de la luz y desplegó la del móvil. Buscó al pie de página el total a pagar y sucedió entonces que se le escapó un «¡¡Mierda!!», igual que se escapa un pedo en el lugar y el momento más inoportuno.

Y, claro:

—¡Has dicho mierda!

—¡Joder, Paula! Podrías tener la misma rapidez para obedecer.

—¡Has dicho joder!

—¡Se me ha escapado!

—¡No se pueden decir palabrotas!

—¡TÚ no puedes decir palabrotas!… En mi caso no es aconsejable. Sólo eso.

—Las palabrotas ensucian la boca y salen caries —la niña atizó a su madre un buen gancho, parafraseándola.

—En realidad sólo ensucian las bocas que tienen dientes de leche —. Mamá trató de recuperar su posición de la manera más gansa que encontró: inventando sobre lo inventado. Cutre pero eficaz. Los niños, al igual que sus mayores, no acostumbran a discutir sobre aquello de lo que no están seguros.

—¡Mentira! —Bueno… casi todos los niños.

Cambio de estrategia. Plan B: hacerse la ofendida. Indignarse.

—¿Cómo puedes decir eso? ¡Mamá nunca miente! —y rematar con un «¿alguna vez te he mentido yo?»—. Olé.

—No. —Angelito…

—Pero eso no me lo habías dicho nunca.

—Cariño, se me habrá olvidado matizar. A lo mejor te has creído que tu madre puede acordarse de todo lo que tiene que enseñarte. Las mamás no tenemos libros como las seños.

La niña dudó un instante. ¿Qué significaría mazitar? Resolvió dejarlo para otro momento.

—¡Me tienes que dar un euro! —La buena maña del niño. Capítulo uno: si no puedes con el enemigo, cambia de tema.

Mamá se quedó con el siguiente gancho atascado, la boca abierta y las gafas de leer facturas sobre la punta de la nariz.

—¿Que te tengo que dar… qué? —contestó, cuando hubo recuperado el norte—. ¿A santo de qué, señorita?

—La seño Raquel dice que los mayores deberían pagar un euro cada vez que dicen un taco. Dice que así aprenderían a no decirlos y que así los niños no diríamos tacos nunca, porque dice que los niños invitamos todo lo que hacen los mayores.

Elena dejó, lentamente, las facturas sobre la mesa. El semblante de un miura a punto de embestir luchaba por hacerse con su rostro, pero ella lo empujó mentalmente, haciendo acopio de algún resto de paciencia que pudo conseguir rascando un poco de aquí y de allá. Se quitó las gafas y las depositó sobre la mesa. Cerró los ojos, alzó las cejas y giró la cabeza en dirección a su retoño. Durante el trayecto fue contando hasta diez. Se detuvo al llegar a su destino y los abrió de nuevo, enfrentando su mirada con la de la niña, que aguardaba con esa cara que pone Bruce Lee, mientras espera al enemigo. Esa que dice: «Inténtalo si quieres… total, no tengo otra cosa que hacer».

Inspiró todo el aire que pudo. Tenía que parar esto, antes de que fuese demasiado tarde… para ella misma. «No le nombres a la seño. Es uno de sus pilares más importantes», se aconsejó. «Acaba con esto lo antes posible. Sé más inteligente que ella. Y, sobre todo, no levantes la voz… ¡Me cago en la supernanny!».

—Se dice imitamos, cariño. No invitamos. —Levantó el dedo índice de la mano derecha para enfatizar sus palabras y habló despacio—. Prometo intentar no decir tacos a partir de ahora. Prometo no pagar un euro cada vez que se me escape alguno sin querer y, sobre todo, te prometo que ahora mismo, el trocito de paciencia que me queda, antes de castigarte sin pasear a Gigante, tiene el tamaño de una hormiga. Pero no de una hormiga mayor. De una hormiga bebé. ¡No! Recién nacida.

—Jolín mami. Que pacencia tan pequeñita tienes.

—Paciencia. Pues ya sabes. No juegues conmigo. Leche, dientes y cama.

La niña reculó. O eso le pareció a su madre, porque no contestó. Y Elena aprovechó su momento de gloria.

—Anda, mico. Tómate la leche. —Había vencido. Recogería su trofeo. Un rato de tele de mayores para ella sola. Nada de mochilas parlantes, ni mapas que cantan. Nada de esponjas que viven con caracoles que maúllan. Nada que alguien hubiese dibujado antes. Sólo cine del bueno. Del bueno de verdad. De ese que sale un vampiro vegetariano que se enamora de una chica cien años más joven que él.

—Pero mamá. —¡Horror! El enemigo embestía de nuevo—. Es que yo quiero comprarme un perro. Uno como Gigante.

A Elena se le abrieron de repente unos ojos como platos de loza. Adiós al vampiro vegetariano.

—¿Un perro? ¿Y eso a qué viene ahora, hija mía de mi vida? —Surrealista… desesperante.

—Tú me das un euro cada vez que digas un taco y yo lo guardo en un bote. Así, si dices muchos, pues compramos un perro.

Bonito detalle este de acabar todas las noches con su paciencia. ¿Sería un consejo de la seño? Nota: soñar esta noche con matar a la seño Raquel. Elena dejó a un lado las facturas malditas, suspiró de nuevo y se puso a lo que debería haber hecho desde el principio. Darle ella misma la leche a su hija. Sentó a la pequeña en el sofá y se colocó a su lado, sosteniéndole el vaso, mientras la niña bebía el líquido que, obviamente, se había quedado frío. Un minuto de microondas tirado a la basura.

—Está fría —protestó la pequeña.

Elena hizo caso omiso y le acercó de nuevo el vaso.

—Pasaré por alto el hecho de que quieras que diga tacos para poder comprar un perro, porque eres muy pequeña para soltarte una charla sobre moralidad. Pero sabes que no podemos tener un perro, cariño. Este piso es pequeño incluso para nosotras. ¿Te gustaría tener un animal que se sintiese como en una jaula? ¿Te imaginas metida en una jaula? Además, tenemos a Gigante. Puedes pasearlo cuando quieras. A Ismael le encanta que vayas a pasearlo con él. Dice que le ayudas mucho.

—¡Pero Gigante no es mío! —la pequeña gimoteó, al tiempo que empujaba el vaso. Un poco de leche cayó sobre su ropa—. Yo quiero uno para mí.

—Vale, Paula. Estás tirando la leche. Recuerda que mi paciencia es como una hormiguita. —Volvió a acercar el vaso a la boca de la niña. Terminó de bebérselo y después la ayudó a ponerse el pijama.

—Mete el pie. —La niña obedeció—. Además… ¿Me quieres decir cuándo estaríamos con él? Si no llegamos a casa hasta casi la hora de la cena. Estaría todo el día solo. —La incuestionable realidad era aplastante, incluso para una niña de cinco años. Sería mejor no seguir intentándolo. La batalla estaba perdida, pero ella al menos ella tenía sábanas. Se consoló.

—Ale, mico. Ya está. Ahora a lavarse los dientes, señorita. —Mamá terminó de ponerle a la niña el pijama y le dio un golpecito en el culo, empujándola hacia el lavabo.

—¡Pues un gato! —se le ocurrió de repente.

—Paula. ¡Vale ya, por favor! —¡Virgen del amor hermoso!

—¿Y un ratón? La mamá de Claudia le ha prometido un ratón para su cumple.

—¡Paula! No lo repito más. A lavarte los dientes. ¡Ya! ¡Ahora! ¡Ipso facto!

—¿Qué es ipo…?

—¡Pa! ¡U!… ¡¡¡La!!!

 

No eran las mejores sábanas del mundo, ni había que ser técnico especialista en ropa de hogar para darse cuenta de ello. Sin estampados vintage, ni calidad superior, aunque esto último algún cachondo sin sentido del ridículo se atreviese a estamparlo en la funda.

Las que de verdad eran de buena calidad, esas quedaban fuera de su alcance. Acaso la diferencia entre esas y otras más caras no sea para tanto. Tal vez, incluso son las mismas que compran los ricos, sólo que a estos les engañan como a los chinos. Son los pobres los que pagan el precio que merecen las sábanas, de acuerdo con la calidad que se brinda al consumidor. Mas es preciso que los pudientes, relamidos vanidosos, sientan que compran mejores productos que el resto. Y la diferencia la imponen a partes iguales el dinero y el glamur. Todos compran el mismo producto, pero uno se vende en una tienda donde la dependienta parece recién importada de Broadway, a precio de Broadway y el otro lo coge uno mismo de la estantería del Carrefour por menos de la mitad. Y todos contentos.

Elena sabía, no obstante, que las sábanas donde dormía con su hija todas las noches no eran las mismas que las que tenían los ricos. Y lo sabía de muy buena tinta porque era ella quien hacía la cama todos los días a uno de esos pobres incautos a quienes los menesterosos, cual zorros ladinos, escamotean incesantemente con el fin de sacarles los cuartos.

La pobre rica en cuestión se llamaba Leonor. Doña Leonor. La mujer que pagaba con su estreñido sueldo las sábanas de su pequeña. Exactamente dos juegos. De quita y pon. Las sábanas, el alquiler, las facturas y algo de comida. Y nada más. Desde luego no era Elena uno de esos astutos zorros que raposeaban a los ricos. O era Doña Leonor la excepción que confirma la regla.

Algo no le cuadraba en la teoría del complot contra el capitalismo.

Esa noche tocaba el juego de sábanas sin estampado, con ribete rosa palo, bajo una fina colcha de entretiempo azul claro sin definir. De raso… Eso sí. Obsequio del arrendador. Lo que de toda la vida venía siendo esa colcha que no te llevas el día en que te mudas porque ¿dónde vas con eso?

El caso es que a ellas les hacía su función. Ideal para el ni frío, ni calor de las noches de septiembre.

A las diez cero una, capicúa en el reloj de la habitación, mamá arropaba a Paula. La pequeña brujita que todas las noches la hacía sudar cual si hubiese corrido enterito y del tirón el Camino de Santiago.

Quedaba el último empujón. Cinco minutos más y su hechicera favorita entraría en modo hibernación.

—Mamá…

—Dime, cariño.

—¿Mañana hay cole?

—Sí.

—¿Y al otro?

—Sí.

—¿Y al otro?

—Sííí.

—¿Y al otro?

Elena se echó a reír

—Sí, mico. Al otro también. —Acarició el pelo de la niña y le dio un beso en la frente—. ¿Me vas a prometer que te vas a dormir a la primera, sin rechistar?

—Lo prometo. —La niña abrazó a su madre. Mamá era un poco más fría de lo que a ella le hubiese gustado. Pero a tu todo lo que tienes en la vida no se lo tienes en cuenta. Dentro de unos cuantos años, probablemente lo entendería. Ahora debía vivir su vida bella.

—Ale, mico. Pues a dormir.

—Buenas noches mamá.

Elena se incorporó y caminó hacia la puerta para apagar la luz cuando, al llegar a la altura del interruptor, giró en redondo y puso cara de interrogación.

—¿Por qué me has pedido antes perdón, cariño?

—¿Yo?

—Antes, cuando te he dicho que no podías dormir sin sábanas. Me has pedido perdón. ¿Por qué?

—No te lo he pedido a ti.

—¿A quién se lo has pedido entonces?

—Al señor de la calle.

Elena disimuló un respingo y levantó las cejas, arrugando la frente con expresión curiosa.

—¿Qué señor?

—El del jersié azul con la estrella que duerme en el cubo de la basura. Quería dejarle mis sábanas.

Mamá permaneció súbitamente quieta, con la mano apuntando hacia el interruptor de la luz. La niña caía lentamente en un profundo sueño y en cuestión de unos segundos se quedó dormida de esa manera tan dulce que tienen los niños de hacerlo. Dulce por los motivos que tantos padres alrededor del mundo conocen y por un detalle que les pertenece sólo a ellos. Y es que únicamente un niño posee la virtud de resultar arrebatadoramente tierno con esa cara de merluza que se les queda al dormir.

Elena apagó la luz de la habitación y salió a la claridad de la salita-cocina de su diminuto piso. Caminó despacio hacia la ventana y se detuvo a medio metro. Retrocedió un paso. Volvió a detenerse. Mejor apagar la luz antes de asomarse. Pensó.

Luz apagada y todo, se agachó cuando estuvo cerca de la ventana. Desde luego, si había alguien ahí afuera y teniendo en cuenta que su piso se encontraba en una segunda altura, ahora mismo estaría escuchando el sonido de las mil pulsaciones por minuto de su corazón, cabalgando a muchos decibelios por encima de lo permitido.

Agazapada bajo el marco de la ventana no podía sino verse a sí misma ofreciendo, para su tranquilidad a nadie, la penosa imagen de madre gallina. Se agarró a la moldura y lentamente se fue incorporando.

Desde fuera la vista era aterradora. De una ventana sin luz interior fueron apareciendo poco a poco, dos ojos y una nariz. Se detuvo. A esa altura sólo alcanzaba a ver el extremo del alféizar de la ventana. Tenía que arriesgar un poco más. Se atrevió, esta vez hasta la barbilla. Desde aquí podía ver la parte superior de los contenedores. No parecía que hubiese nadie. Aunque podría estar sentado en el suelo, y el suelo, si quería verlo, tenía su precio: debería levantarse.

—Uno… dos… —cerró los ojos—, dos y medio…

Se echó a reír en silencio mientras se imaginaba contándole su aventura nocturna a Carmen y la risa se convirtió en mudas carcajadas. Difícilmente superaría el estado de ridiculez en el que se encontraba en este momento, agarrada al marco de la ventana, a oscuras y con el culo en pompa. Claro que, todo era cuestión de proponérselo.

Así es que ahí estaba nuestra heroína. Dándolo todo. Arriesgando la vida en pro del bienestar de su vecindario. Y lo más triste de todo era que, si alguno de los inquilinos de la finca tuviese que proteger en algún caso la vida de sus vecinos, probablemente ese tendría que ser ella. El resto de la tropa debería conformarse con intentar alzar el bastón.

Tenía que hacerlo. Se incorporaría en ese mismo instante, rastrearía los contenedores y si allí había un señor con jersey azul… llamaría a Carmen.

Ahora sí. «Uno, dos y ¡tres!» …Elena se levantó.

Dos contenedores verdes descansaban en el mismo lugar de siempre, flanqueados por algunas cajas vacías que yacían inertes a su alrededor. Unas cuantas bolsas esparcidas por el suelo, regalitos habituales de algún atajo de incívicos, ofrecían un suculento menú a un par de gatos. Nada raro. Lo normal de cada noche. Las mismas estupendas vistas de siempre.

De vez en cuando variaba la posición de alguna bolsa o el número de gatos que aparecían en la escena. Por lo demás, todo en su sitio. Nada nuevo. Ningún jersey azul con una estrella. Probablemente la niña había visto a alguien tirando la basura y se había montado su película. Alguien que fumaba un cigarrillo, aprovechando el viaje a los contenedores. Incluso puede que la hubiese saludado al verla asomada a la ventana. Sólo eso.

Problema pues, solucionado. Había llegado su turno. Este trocito de noche que quedaba le pertenecía. Sólo para ella. Un buen vaso de leche con cereales y un rato de tele le sabrían a gloria. Se sentó un instante en el sofá. El primer momento de sofá del día. Se recostó hacia atrás y palpó bajo de los cojines, buscando el mando de la televisión. Lo localizó encima de unos papeles. Tiró de ellos para ver qué eran y sonrió. Unos dibujos de Paula bastante arrugados. Valeria, Rafa, los vecinos, mamá, un papá, Gigante, Carmen, incluso Ismael se había dejado caer por allí. Mañana mismo los pegaría en la pared de la habitación junto a las otras obras de arte de su niña. Los colocó sobre la superficie del sofá y los planchó suavemente con la mano, como si del pelo de su hija se tratase.

Y ya no hubo nada más. Lo siguiente fue que se despertó medio sentada a las dos de la madrugada, con el canal infantil de fondo y los riñones congelados. Tambaleándose como un borracho caminó hasta la cama donde dormía su hija y se metió con ella. La niña se acurrucó junto a su madre cuando sintió su presencia. Y así terminó aquel día. Uno más. Sin nada más… Como siempre.

 

Entretanto en la calle, al abrigo de la oscuridad de la noche, los contenedores de basura aguardaban impertérritos la visita del camión que vaciaría sus atestadas tripas. Para matar el tiempo se empleaban como mudos testigos del festín felino. La familia gatuna había aumentado desde que Elena mirase a través de su ventana.

Pero un ruido los espantó y haciendo honor a su reputación, los mininos desaparecieron en cuestión de medio segundo.

Alguien salió de detrás de los contenedores. Alguien con una pequeña estrella negra pintada sobre un jersey azul. Se sentó encima de unos cartones y cruzó los brazos delante del pecho. Echó una última ojeada hacia el segundo piso… y cerró los ojos.

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