Desde mi sofá

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No puedo, ni debo, ni quiero, empezar con ésto sin antes contar cómo fue y cuántos lo hicieron posible.
Y quisiera hacerlo sin caer en viejos y desgastados tópicos que siempre suenan a cumplido barato. Y aunque sé que tal vez no lo consiga, trataré de conformarme con haberlo escrito…aunque quizás eso tampoco sea capaz de hacerlo. En fin…

Buenas noches.
Me sentí como un perro callejero. Antes y ahora. Otra de las grandes injusticias de nuestro lenguaje y, sin embargo, una de las pocas que se emplea de forma despectiva tanto para hombres como para mujeres. Bueno, espera, no. El cerdo también se utiliza de modo ofensivo para ambos sexos, y el burro también. ¡Ah! y la serpiente. ¡Coño y la rata! Bueno, pues eso…que es una injusticia que el apelativo “perro” se emplee con intención de ofender, siendo éste el animal más noble de cuantos pueblan la Tierra. Lo justo sería emplearlo a la inversa. “Eres un pedazo de humano, tío” Suena fatal.
Y ahora empiezo de nuevo:
Me sentí como un perro callejero (otra vez). Me hicisteis sentir así. Y puede que ese fuese el motivo por el cual me acordé de Epi. Yo era muy pequeña. Nos lo encontramos en la puerta de un cobertizo abandonado y fue, probablemente, el perro más feo de cuantos hemos tenido y retiro lo de probablemente. A nosotras (por supuesto) su físico nos importaba un mísero comino. Actitud que nunca supe extrapolar a los hombres (es broma, algún que otro feo ha caído en mis redes).
Epi era pequeño, negro, patibreve, pecho inflado, pelo corto y tan chulo que un buen día, un mastín que por allí pasaba, tomó la (supongo) inevitable determinación de no aguantar más aquellos insoportables ladridos enredándose entre sus patas y lo transformó en foca temporalmente. A partir de entonces Epi siguió ladrando a todo can que asomase por allí, sólo que desde lejos, respetando las distancias. Porque, si algo aprendió del único(pero contundente) bocado de aquel mastín que tuvo a bien pasar un buen día por delante de casa, fue a respetar el espacio vital de cada uno.
Los animales se entienden la mar de bien…y se explican aún mejor. Porque Epi, como todo buen perro callejero que se precie, jamás dejó de agradecernos que un día no le abandonásemos en la puerta de aquel cobertizo. Siempre nos amó con todo lo que ama un perro, que debe de ser algo mucho más grande que ellos mismos, porque yo tanto amor no entiendo,ni de dónde les sale, ni cómo es posible. Y ahora a veces lo pienso y juego a tratar de entender qué fue lo que pudo sentir aquel animal cuando dos niñas lo cogieron y se lo llevaron de allí, resguardándole del frío y saciando su hambre para siempre. (Por cierto, un hambre verdaderamente atroz. Un día se bebió como dos litros de aceite de una sentada. Tales eran los pedos que después se tiraba, que él mismo salía corriendo en dirección contraria, cual pestilente torpedo).
Y así es como yo me siento. No hambrienta, ni rellena de estratosféricos gases. Si no agradecida.
Agradecida como un perro callejero cuando es recogido de la puerta de un cobertizo abandonado y llevado en volandas hasta un lugar seguro. Uno en donde la gente y de un modo que jamás hubiese esperado, me salvó de pasar frío y hambre.
Viejos amigos, nuevos amigos e incluso alguno que ni siquiera creía que lo fuese, aparecieron por todas partes y sin pedir nada a cambio, para echarme una mano con la construcción de mi sueño.
Yo sólo lo he escrito, el resto me ha caído literalmente del cielo. Las fotos, la publicidad, la web, la portada, la corrección y posterior maquetación…todo me ha salido completamente gratis. De no ser así no lo hubiese podido hacer, como pasa con miles de escritores en nuestro país. Escribir un libro no es difícil, aunque mucha gente pueda pensar que sí. Imaginación, constancia y mucha literatura. Lo difícil es que alguien quiera apostar por ti. Y si eso sucede, primero tendrás que tirar de cartera.
Pero a mí me rescataron entre todos de aquel rincón abandonado donde me encontraba, agazapada y abrazada a mi libro, como si aquello fuese todo cuanto tenía. Entre todos me alzaron y desde entonces y hasta ahora me han acompañado durante todo el proceso, inundándome de consejos, herramientas, ideas, apoyo y paciencia…mucha paciencia.
A todos os nombro en el libro. Pero como yo soy todo un señor perro callejero, se me antoja seguir agradecida desde ahora y hasta siempre, del mismo modo que lo hizo mi feo Epi. Pequeña, patibreve, pecho hinchado, pelo corto y tan chula que un buen día me sentaré en la puerta de vuestra casa, a ladrar a todo aquel se atreva a pasar por allí, incluso a riesgo de convertirme en foca.

¡Y una mierda lo hubiese hecho sin vosotros! Y una mierda sin mi hermana. Y una mierda sin Inma, sin Susana, Esther, Miguel, Marta, Raúl, Ana, David y una larga lista de gente que no dejaré de nombrar, aunque ni siquiera ellos lo sepan.
A todos vosotros mi «Dibujos en la Pared» y mucha, mucha, mucha mierda para siempre. Valéis más que las pesetas.
Hasta la próxima.

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