Autobiografía desencorsetada

De pequeña hubiese podido ser un pez globo (de haber sido un animal, claro). Como no lo fui, pues comí. Y se ve que mucho, porque en todas las fotos salgo engullendo y con pinta de estar a esto de reventar. Piel y ropa. Que las miro y me pregunto dos cosas: cómo lograba mi madre embutirme ahí dentro y por qué no pensó en un par de tallas más. Sería lo que había…

Más tarde crecí (lo normal en las personas), lo que pasa es que yo lo hice sin añadir kilos a mi orondo cuerpecito. En lugar de eso, estiré los que ya tenía y para la comunión ya hubiese podido ser un bicho palo (de haber sido un bicho, claro). Como no lo fui, pues me puse de mala leche.

Lo de la mala leche se me pegó y juro que sigo intentando quitármelo cada día que pasa. Y cada día entro al Facebook y miro las fotos de Bob Marley con mensaje que cuelgan mis amigos y pienso “¡¡Seee!! Yo también voy a ser una con el universo. Encontraré la paz en este maravilloso día que la vida me ha regalado y no me enfadaré con nadie, porque hoy-podría-ser-el-último” (pero así, estirando cada palabra). Y luego cierro el Facebook y me voy al lavabo. Y allí debe ser que lo suelto todo. Porque no vuelvo a recordar la fotito del tío Bob hasta el día siguiente, cuando vuelvo a entrar. Y entonces pienso “¡Seee! (apretando los puños y cerrando los ojos con frenesí) ¡hoy sí! Voy a ser una con el universo”. Y así sucesivamente desde que existe Facebook y a la gente le dio por inventar frases que Bob Marley nunca dijo. Es un bucle.

¿Por dónde íbamos?

Ah, sí. Estiré los kilos y crecí enfadada. Pero no crecí mucho, ¿eh? Me quedé en pequeñita pero delgada. Mi eterna coletilla voluntariosa. Como ser gordito pero simpático, o tonto pero buena gente, o calvo pero viril. Se llama Feedback positivo y para todo aquel mundano que no haya trabajado en una multinacional de las que ofrecen a sus empleados cursos gratis de allende los mares, se trata de acompañar al insulto con un apellido en positivo. Lo hemos hecho toda la vida, pero nadie sabía cómo se llamaba. Apunta, taponcito gracioso: Feedback positivo. Y el Word me lo subraya como falta de ortografía porque aquí somos unos ignorantes. Con lo bonito que es el inglés…

Pues eso. Que crecí, pero poco. Y luego, pues no sé… supongo que me enamoré. Después me desenamoré y me volví a enamorar. Y fui a discotecas y contraje el mal de amores porque a mi santa madre no se le pasó por la cabeza (alucino) vacunarme contra el virus del desamor. En su lugar sólo se le ocurrió marcarme en el brazo con el mechero de un coche (le llamaban vacuna). Y se ve que lo puso de moda, porque medio país hizo lo propio con su progenie. Pero como en esta vida de todo se sale, me curé y continué enamorándome. Y ya después me desenamoré, me enamoré, me desenamoré, me enamoré y al final me desenamoré. Y de eso hace ya siete años. O siete mil… no estoy segura. Vivir sin amor hace que todo vaya mucho más lento. Pero esto es lo que hay. Y yo sé porqué sucede, pero me han pedido una autobiografía, no un análisis psico-social-amoroso-existencial en primera persona. Por lo tanto, y créeme que por el bien general, sigo.

Entre amor y amor tuvo que suceder algo, pero es improbable que pueda incluirlo en mi biografía, al menos hoy, debido a la casi quimérica posibilidad de que vaya a recordarlo en este breve espacio de tiempo en el que me siento a contar mi vida. En cualquier otro momento, cualquier recuerdo puede asaltarme de repente, pero tendría que ser capaz de situarlo cronológicamente y certificar que realmente sea mío (debido a mi peculiar tendencia por apropiarme de los recuerdos de mi hermana).

Entonces así, a bote pronto, me viene alguna cosilla.

Como que una vez conduje sin carné por una autovía durante unos diez kilómetros (en mi vida he sudado tanto). Pero eso fue culpa de un amigo que me dejó hacerlo. Jamás lo hubiese hecho de no habérseme ocurrido antes y sin su posterior consentimiento.

En otra ocasión me fui a Madrid a conocer a un tío con el que sólo había chateado dos días, por SMS (menudo plomazo, me lo tuve merecido, podría haber sido mucho peor).

Y trabajé en muchos sitios. En uno de ellos conocí a un chaval que se llamaba Servando (se me ocurre que tiene rima) y que llevaba un mechero del bar de mis tíos, a más de quinientos kilómetros de distancia de allí. Servando nunca había estado en el bar de mis tíos, pero aquello me sirvió para confirmar una teoría que llevaba desarrollando desde hacía tiempo: los mecheros son los objetos que más vueltas dan del mundo. No recuerdo si conseguí que me lo diese, pero sí recuerdo que Servando me caía bien. Y creo que era guapo… aunque no estoy segura.

Qué más, qué más…

A los catorce me mudé de provincia (con la familia) y cerca de los treinta regresé de nuevo (por amor). De un pueblecito de Valencia (Sinarcas) a otro de Barcelona (La Llagosta), donde conocí a mi amor platónico. Bueno… el mío y el de media comarca, porque el muchacho era guapo de los de verdad. Jamás crucé palabra con él. Miento. Una noche lo hice, pero estaba un poco pedo y tremendamente fea porque me había planchado el pelo y con la humedad… no quiero ni acordarme. Creo que hablé sólo yo y nunca más volvimos a hacerlo. Hace un tiempo se me ocurrió buscarlo por Facebook para decírselo (una de esas cosas que sólo a mí se me pasan por la cabeza y que sospecho son fruto de, digo yo, un exceso de películas para adolescentes en pleno crecimiento que me desestabilizó emocionalmente). Resultó que ni siquiera sabía quién soy. Y aunque chateamos durante un rato y terminó confesando que yo a él también le había gustado, sospecho con bastante rotundidad que aquello sólo fue un arrebato de bondad que tuvo la amabilidad de regalarme (más majo…). Un episodio lamentable del que yo, afortunadamente, saqué algunas risas con mis amigas. En fin, mi amor sigue siendo guapísimo. O seré yo que lo miro con buenos ojos.

Y el resto es una compilación de “de todo un poco´s”.  Algunas cosas serán distintas de las de los demás, no digo yo que no, pero en lo esencial he sido bastante común (aunque no todos coincidan conmigo).

Ahora vuelvo a vivir en Sinarcas (creo que ya lo he dicho), desde hace siete años (año arriba, año abajo). Y francamente, de haber podido elegir, jamás hubiese regresado. Porque soy de las que adora mi pueblo, pero preferiría venir en vacaciones y esas cosas. Aquí los inviernos se hacen muy largos (como en Leyendas de pasión, que una se pasa la película esperando a que acaben los inviernos para volver a ver a Brad Pitt). Bastante a menudo la distancia con respecto al resto del mundo, su reducido tamaño y la soledad de sus calles durante la estación fría, hacen que me sienta como atrapada en una diminuta jaula. Muy bonita y rodeada de las mejores vistas del mundo, pero jaula al fin y al cabo.

Pero la vida me trajo aquí, bajo aquellas circunstancias y en aquel momento. Así es que esto es lo que hay. Lo otro sería ponerse a discutir con ella, craso error desde mi punto de vista, pues a la vida no hay un dios que le quite la razón. Aquí nací. Y supongo que, como casi todo el mundo y cada uno en su lugar, me siento orgullosa de que así fuese. Porque al final uno es un poquito de todos los lugares donde ha vivido, pero el primero es el primero. El primer beso, la primera borrachera, el primer corazón roto, el primer amanecer en la playa… y en mi caso, el primer pueblo.

Y es desde aquí y bajo la soledad de mi reducido municipio, desde donde me siento a escribir tonterías acerca de mi vida, porque resulta que la web debe hablar un poquito de mí. Y no es que me importe demasiado. Es sólo que nunca se me ha dado bien hablar de mí. Porque suelo ser bastante cruel conmigo misma, cuando de hacerlo se trata. Por lo tanto, y como esta vez he preferido no serlo (no sé si lo he conseguido), tal vez el resultado haya sido una estupidez autobiográfica. En cualquier caso, hasta aquí es hasta donde, por lo que sea, me ha apetecido hablar esta noche. A saber, mañana.

Y si lo que queríais era que os hablase a cerca de mi obra, pues lamento deciros que es aquí donde empieza y, a día de hoy, donde acaba. Dibujos en la pared ha sido mi primer trabajo. Por rellenar podría haber incluido algunos premios en pequeños concursos literarios, pero se me antoja que sería algo así como pretender rellenar un pollo con pieles de fruta sacadas de la basura.

Y aunque puede que lo de ser sincera no vaya muy a juego con vender un producto… yo es que no sé hacerlo de otra manera (…creo…).

Un saludo y hasta pronto.

P.D: Me llamo Mayte, nací el 30 de septiembre de 1974 en el seno de una humilde… bla, bla, bla…

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