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La patinadora - Mayte Aranda

La patinadora

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Al principio iba a ser una especie de comienzo después del final. Un amigo me mandó un enlace que, pese a no tener nada que ver con aquello, me sirvió como punto de partida para desarrollar la idea. Se llamaba “Mi vida después del final” y era algo así como la historia por capítulos de lo que ocurría con “ellos”, una vez terminado el libro. Daba mucho juego. Ciertamente, no era mala idea.
Y lo empecé. Escribí tres posts y a mi hermana le gustaron. Lo que a ella le gusta se vuelve de color, pasa a través de un constreñido agujero que tiene exactamente en no sé donde y sigue su camino. El resto desaparece. Punto.
El problema fue que, escribir acerca del después del final de mi historia, de repente se me atragantó. Primero un poco y poco después de un modo agobiante. Porque me condicionaba. Y a mí no me gusta que nada me condicione (nada más allá de todo aquello que nos condiciona a diario, claro). Que viene a ser…ya sabes, casi todo.
La trama ya estaba diseñada, esquematizada y numerada. Primero en mis sueños. Porque todo empezó hace tres años, al despertar de una siesta. La idea me gustó y los siguientes días los pasé emborronando trozos de papel que esparcía por bolsos, cajones y bueno…por donde pasaba. Al tiempo logré (no sé ni cómo) componer el puzle y pasarlo a limpio. Todo un logro. Lo demás es bla, bla, bla…hasta que lo empecé. Y si no fuese tan malísima para recordar fechas, incluso podría deciros cuándo. Pero no puedo. Y la verdad es que ni siquiera estoy segura de que fuese hace tres años. Podrían ser cuatro. Pero la gente me pregunta y eso es lo que digo. Tres. Yo que sé…
En fin…que dejé de escribir “Mi vida después del final”, a pesar del esfuerzo que empleó mi hermana en reprimirse de poner el grito en el cielo (qué malo es conocerse tanto). Porque a ella la idea le había gustado mucho. Y a mí también, ¿eh? Vaya por delante. Pero entonces pensé en qué sucedería si en otra de mis extravagantes y caprichosas siestas, mi mente decidía removerlo todo. Pensé que si lo modificaba, corría el riesgo de cambiar el final. Y si cambiaba el final previo a “Mi vida después del final”, éste se convertiría de sopetón y por defecto en un caldo insípido y sin sustancia que habría nacido para no servir de nada en absoluto. Tal vez para regar las plantas…por aquello de no tirarlo. ¿Y Elena? Si continuaba, la gente sabría qué pasó con ella. Pues vaya mierda de misterio, perdón por la expresión.
Por lo tanto lo dejé. Guardé los post en una carpeta y allí se quedaron, quizá para convertirse algún día en el punto de partida de una nueva idea. Porque créeme que, si la vida da muchas vueltas, la imaginación es el epicentro de un huracán de categoría cinco.De esos que levantan camiones por los aires y los ponen a bailar como una patinadora en el momento del número en que parece estar centrifugando. Y uno va un día caminando por la calle y de repente ve…yo que sé…un pájaro picoteando un trozo de pan duro (por ejemplo) y va y te saca un Quijote. A saber lo que inspiró a Cervantes. Quizás una siesta…
Total, que entonces decidí que la idea debía cambiar. Que el blog tenía que existir, pero que la cosa ésta del después del final, definitivamente no servía y que otra idea tenía que ocupar su lugar. Entonces un día, al volver de trabajar, me tumbé en el sofá y cerré los ojos. Y la patinadora se puso a centrifugar, suspendida en el mismo centro de mi mente. Y centrifugó tanto, que al terminar se calló de morros y se rompió el tabique nasal. Y al día siguiente allí estaba otra vez, con una venda que le tapaba media cara, pero cumplida y en su sitio. Muy trabajadora. Debería ponerle un nombre. Porque, aunque la muchacha cumplió fielmente con su labor durante no sé ni cuántos días seguidos, lo cierto es que no le sirvió de nada.
Finalmente lo dejé pasar. La mandé a descansar y le insistí en que visitase a un psicólogo. Porque creo que trabajar conmigo debilita la mente. Y aún no me ha escrito…la muy rencorosa.
Pero la vida sigue y la imaginación camina con ella. Y como las cosas suelen pasar cuando ellas quieren (por aquello de que la gente planea y el destino se ríe), la idea se me ha presentado esta mañana, fuera de su horario habitual de la siesta. Yo…muy educada, la he dejado pasar. Hemos estado hablando corto y tendido, acerca de su propuesta. Y, tras dejarla creer que era ella quién mandaba, hemos cerrado el pacto y ya luego yo haré lo que me plazca. Que para algo me sirva la porquería esa que tenemos por políticos.
Y la idea ha sido…redoble de tambores, más o menos de treinta segundos, seguido de un silencio de otros cinco…y un tatata chan…
Que voy a escribir lo que me dé la gana. (Si mi hermana me deja, claro)
Con ciertos matices…o eso creo. Porque mi intención es que, de alguna manera, vaya siempre relacionado con el libro. Al fin y al cabo, ésta no es mi web. Es de Elena Luna. Y sí. Yo soy algo así como su madre. Pero ella es real, de un modo que no puedo explicar.
He pensado que me apetece dejarme llevar. Dejar de estar condicionada por todo, aunque sólo sea durante este ratito en el que me creo que hablo con alguien.
Por lo tanto mi primer post sólo ha servido para anunciar lo que vendrá a continuación. O puede que haya sido una amenaza. Tú sabrás cómo te lo has tomado.
Yo por mi parte, abandono las siestas durante al menos dos o tres interminables días y emprendo la búsqueda de un merecido nombre para mi maravillosa y enojada patinadora lisiada. Entre tanto (y porque me da la gana) hoy me marcho con un mensaje para Leo.
“A veces creo entender lo que pudiste sentir”.
Hasta la próxima.
P.D: Mi hermana siempre me deja.

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